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38
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Julie había llegado a Nueva York hacía unos meses para trabajar en un despacho. Casi desde el primer día había adquirido la costumbre de desayunar antes de entrar al trabajo en la cafetería de Ketty, que estaba justo al lado del portal.

Ketty era una chica soñadora, con ganas de agradar a sus clientes. Hacía un par de años que había abierto la cafetería. Su nombre, "El Sueño de Ketty".

No tardó mucho en tener una clientela fija. Oficinistas de la zona, secretarias, abogadas, agentes inmobiliarios, comerciantes del barrio,… Todos pasaban por El Sueño de Ketty y todos volvían un día tras otro, pues Ketty había logrado crear un ambiente cálido y agradable y sus tartas tenían una merecida fama.

Por su parte, Julie era una joven tímida y se sentía un poco abrumada en la ciudad, pues ella se había criado en una pequeña localidad de Pennsylvania y Nueva York le resultaba hostil, con tanto tráfico, tanta gente desconocida y tantas prisas. Por eso, cuando entró el primer día en El Sueño de Ketty y esta le había recibido como si la estuviera esperando desde hacía tiempo, Julie se sintió a gusto, como en su casa.

Aún recordaba su primer encuentro con Ketty.

–Buenos días –le había dicho Ketty nada más entrar al local–. Hoy tenemos una tarta especial de manzana. La he hecho yo misma. ¿Te apetece probar un trozo? Invita la casa.

Julie miró a Ketty y sonrió con dulzura. Ketty le devolvió la sonrisa y ambas se quedaron mirándose unos segundos, hasta que Julie, algo azorada, contestó que sí, que le encantaría probar la tarta.

Aquel día Julie probó la tarta de manzana más sabrosa que había comido hasta entonces, y se encontró con la mirada más profunda e íntima que jamás había tenido con nadie.

Desde entonces, todos los días seguían el mismo ritual. Julie llegaba como unos veinte minutos antes de entrar a trabajar; Ketty la recibía con una sonrisa y una mirada; Julie la miraba un instante, bajaba la vista y se sentaba en una mesa junto a la ventana; Ketty le servía un café y le dejaba un trozo de la tarta especial del día; Julie permanecía en silencio mientras saboreaba la tarta; se bebía el café; dejaba el dinero en el plato de la cuenta; buscaba la mirada de Ketty; ambas se sonreían con dulzura y se miraban otro instante; Julie salía y se iba a trabajar. Y así un día tras otro, de lunes a viernes.

Julie pasaba los fines de semana deseando que llegara el lunes para retomar una y otra vez su extraña relación con Ketty. Sí. Podía haber ido a "El Sueño de Ketty" a otras horas, incluso los sábados y domingos por la tarde, pues Ketty solo cerraba los fines de semana por la mañana. Pero Julie nunca se atrevería a dar ese paso. Ella simplemente era así, y no hacía nada para cambiar.

Pero hacía unos pocos días, una mañana de un viernes, ocurrió algo inesperado para Julie. Ketty, después de dejarle la tarta y el café, se sentó con ella en la mesa.

–¿Cómo estás? –le preguntó–. ¿Qué tal tu vida en la ciudad? ¿Eres feliz aquí?

Julie casi se muere de la vergüenza. Se podía decir que desde que había llegado a la ciudad, era la primera vez que alguien le preguntaba por sus sentimientos. Además de con la gente del despacho, con los que solo comentaba cosas del trabajo, Julie no hablaba con nadie. Y ahora Ketty, ¡la mismísima Ketty!, se sentaba a su lado y le preguntaba si era feliz.

Julie hubiese querido responder que en ese instante le había llegado la felicidad; que la felicidad era estar allí, mirando el rostro de Ketty y que Ketty le preguntara si era feliz; que desde que entró por primera vez en "El Sueño de Ketty" solo vivía para llegar por las mañanas y disfrutar ese breve instante de la mirada de Ketty, de sus ojos sonrientes, dulces, que la hacían sentir viva, que la hacían sentirse amada.

Pero Julie por nada del mundo podría responderle eso a Ketty, antes se moriría que dejar que Ketty supiera lo que ella pensaba. Así que se limitó a sonreír, a mirar un instante a los ojos de Ketty y a contestarle que bien, que todo le iba bien, esperando que Ketty volviera a sus quehaceres dejándola a ella allí, comiendo su trozo de tarta, bebiendo su taza de café y pensando en que ojalá Ketty se volviera a sentar junto a ella.

Pero Ketty no se iba. Permanecía allí sentada, mirándola.

–Mañana dicen que va a hacer un día muy hermoso. Voy a salir por la mañana a caminar por la ciudad. Igual cruzo el puente de Brooklyn y me acercó hasta una floristería que conozco. Me apetece comprar unas plantas para ponerlas en la cafetería. ¿No crees que quedarían bien unas plantas por aquí, cerca de la ventana? He pensado que igual te apetece acompañarme. Sería un sábado diferente. ¿Quieres venir conmigo?

Julie tardó una eternidad en contestar a Ketty. ¿Que si quería acompañarla a salir y a comprar unas plantas? Deseaba hacerlo. Se moría por hacerlo.

–De acuerdo –se limitó a contestar con voz trémula.

–Perfecto entonces –dijo Ketty levantándose–. Nos vemos aquí mismo a las nueve.

Julie no pudo apenas dormir esa noche, claro está. A las nueve menos cinco ya estaba en la puerta de El Sueño de Ketty lista para hacer su excursión por la ciudad con Ketty.

–Me alegro de verte –dijo Ketty en cuanto llegó–. ¿Lista? Pues andando, que hoy será un gran día.

Tras atravesar algunas calles, Julie y Ketty comenzaron a atravesar el puente de Brooklyn. La mañana era espléndida. El sol brillaba y la temperatura era agradable. Por el puente no había demasiada gente y Julie disfrutaba de ir con Ketty, quien no había hablado apenas desde que empezaron el paseo.

Ketty caminaba junto a Julie, y de repente, sin decir nada, se acercó un poco más y tomó de forma suave y cálida la mano de Julie, quien, temblando, asió con fuerza la de Ketty.

Publicado la semana 38. 17/09/2018
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