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37
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Nunca más volveré a aquel lugar. Ya es suficiente con las visitas hechas hasta ahora, unas diez o doce, no recuerdo bien, pero suficientes de todos modos. Suficientes para saber si me ha gustado. Suficientes para saber si me ha impactado. Y sí que lo ha hecho, impactarme digo, no el gustarme.

La primera vez tendría yo unos cinco años, y me llevó mi padre, sin pedirme permiso, sin preguntarme si yo quería ir. Claro, ahora sé que con cinco años te llevan a los sitios sin consultar contigo, pero cuando tienes cinco años ya empiezas a sentirte mayor, y empiezas a tener claro lo que quieres y lo que no. Y si entonces me llega a preguntar mi padre si quería ir allí o no, pues seguramente hubiese dicho que no. Como se lo dije la siguiente vez, y la siguiente, aunque no me hizo mucho caso.
Pero el caso es que, unos años después, a la cuarta vez fui yo solo, sin que nadie me obligara, sin que nadie me insistiera, sin que nadie lo supiera.
Era un lugar extraño, y supongo que sigue siéndolo.
La puerta de acceso estaba escoltada por dos filas de columnas inmensas, gruesas, altas y lisas como el cielo raso al que casi alcanzaban. Tras ellas, una gran losa pétrea daba acceso al patio interior. Esa puerta era fantástica. Tan pesada parecía a la vista, que sorprendía lo fácilmente que se desplazaba con un leve toque con un único dedo. Sin apenas una vibración, en completo silencio, suavemente, como si fuera etérea, la puerta gigantesca se abría de par en par para mostrar al visitante aquel patio vacío, lúgubre, sepulcral que no contenía nada. Bueno, nada salvo el pozo.
Siempre asustaba, por muchas veces que hubieras estado allí, el portazo con el que se cerraba la losa tras de ti una vez dentro del patio. La primera vez llegabas a pensar que no se abriría más y que aquel lugar sería tu última morada. Pero al correr espantado hacia ella siempre se volvía a abrir con la misma suavidad de siempre. Así que volvías a dirigir tus pasos hacia el único punto posible: el pozo.

El pozo.

Un agujero insondable, negro, estrecho, que se abría en el centro del patio vacío como si hubiese sido el lugar donde se asentaba el eje de las agujas de un gigantesco reloj. Al asomarte a él por primera vez era inevitable sentir un vértigo espantoso, aunque, simultáneamente, sentías una irrefrenable tentación de arrojarte al vacío. Por suerte, o eso creo, yo pude reprimir ese instinto y sustituirlo por el ansia de descender la escalera estrecha que, en una espiral interminable, nunca se estaba seguro de que llegaría alguna vez al fondo. Y todo el que allí iba lo hacía con la intención de bajar cada vez un poco más, un peldaño más, e intentar culminar un descenso que nadie había logrado jamás. Nadie sabía dónde se detenía la escalera, pues nadie había tenido el valor y la paciencia de pisar todos los escalones.
La primera vez que me adentré en el pozo yo solo, aún siendo un niño, bajé sin detenerme durante una hora. Sabía que estaba siendo muy valiente al hacerlo, pues incluso en la compañía de mi padre no había estado más de veinte minutos descendiendo antes de decidir dejarlo. No sé si mi padre bajó alguna vez más abajo. Puede que cuando fue conmigo se detuviera pensando en que yo tendría miedo o estaría cansado. El caso es que nunca habíamos bajado tanto juntos. Y allí estaba yo, por cuarta vez, solo, sin nadie en quien amortiguar mis temores. Durante una hora bajé sin detenerme aquella escalera en infinita espiral que no se interrumpía por nada, salvo en la puerta negra que dejabas a un lado al de unos cincuenta y pico minutos de iniciado el descenso.
Ahora que lo recuerdo, es curioso que esa primera vez que vi la puerta negra no me llamara la atención demasiado. Mi objetivo entonces era alcanzar el final de la escalera, el mismo que tuve las siguientes ocasiones en las que me interné en el pozo. Y era normal. Aún no sabía que era inútil intentar alcanzar el fondo. Eso lo aprendería años más tarde, cuando la caída. Pero, ya de joven, una vez entré en el pozo con la sola idea de abrir la puerta negra. Y fue todo un descubrimiento.
En aquella ocasión descendí los escalones a todo correr. Tenía prisa por saber. Alcancé la puerta, posé mi mano sobre ella y empujé. No pasó nada. Empujé de nuevo con más fuerza y tampoco se movió. No había ninguna manilla a la vista. Puede que antaño la hubiera, pero ahora ya no estaba. Decidido a entrar como fuera, empujé con todas mis fuerzas y finalmente logré que se moviera un poco. Seguí empujando con el hombro y conseguí que se abriera lo suficiente como para poder atravesarla.
Al principio no vi nada. Estaba demasiado oscuro. Pero en cuanto se cerró la puerta negra mis ojos se adaptaron a la poca claridad que había y para mi tranquilidad comprobé que podía ver lo suficiente.
No parecía haber nada, salvo un largo pasillo por el que caminé durante media hora hasta alcanzar una nueva puerta que no me costó mucho abrirla. Tras la puerta, para mi sorpresa, un pozo como el anterior se abría a mis pies. No puedo ocultar que entonces fue una pequeña decepción y un contratiempo encontrarme otra vez en la misma situación de siempre. Ante la certeza de que si seguía la escalera hacia el fondo del pozo no llegaría a ningún lado, decidí subir la espiral.
Tardé casi una hora en llegar arriba. Cansado, pero aliviado de salir de allí, mi decepción fue aún mayor al ver que estaba en el mismo patio de siempre. De alguna forma el pasillo conducía de nuevo a la misma puerta negra y al mismo pozo por el que había descendido. Tanto esfuerzo para nada, pensé entonces, y me lamenté de no haber despreciado la puerta y de no haber seguido descendiendo más y más. Pero cuando ya iba a salir del patio por la gran puerta para dirigirme a mi casa, algo llamó poderosamente mi atención.
No estaba en el mismo patio de siempre, ni el pozo era el mismo por el que había descendido. Algo muy extraño pasaba. Yo sabía con certeza que entre el descenso, el paso del pasillo y subir de nuevo, como mucho había empleado unas tres horas escasas, y cuando había empezado a bajar las escaleras eran las diez de la mañana de un día de verano en el que brillaba el sol en un cielo azul y despejado. Pero ahora, sobre mí, tan sólo había una gran luna llena entre grandes nubarrones en medio de una noche fría y amenazadora.
Consternado, dirigí mis pasos hacia el pozo de nuevo para volver por donde había venido. Pero la curiosidad, ¡ay! la curiosidad que nos conduce a aprender, me obligó a salir del patio por la gran puerta, dejar atrás las altivas columnas, y empezar a caminar por la senda que se dirigía a la ciudad, por lo menos en mi mundo.
Y tal y como lo podía esperar, donde yo había dejado mi ciudad, allí se levantaban los aparentemente mismos edificios y mismas calles de siempre, aunque ahora, de noche, tenían un aspecto algo diferente, algo más lúgubre.
Me interné, pues, en la ciudad y seguí la ruta de calles que me llevaban hasta mi casa. No vi a nadie en el trayecto, y todo estaba cerrado y tranquilo, como era de esperar. Alcancé la puerta de mi casa y me dispuse a abrirla. Antes de introducir la llave en el bombillo de la cerradura dudé un instante. Me resultaba extraño estar allí, de noche, como un ladrón, abriendo la puerta en silencio para no despertar a nadie y con la mente aún en el misterio de esta noche repentina y de este pozo del que no sabía si era el mismo por el que había entrado o no. Pero finalmente giré la llave y la puerta se abrió.
Desde luego era mi casa. Los muebles y los cuadros eran los mismos, pero no estaban igual que a la mañana. Ninguna de las fotos recientes que mi madre había puesto en el salón se hallaban ahora allí. Y la televisión y otros aparatos modernos tampoco estaban en su lugar. Pero lo más extraño, lo más impactante para mí, ocurrió al entrar en mi cuarto. Mi cama estaba ocupada.
Sí, estaba ocupada, pero ocupada por mí. Efectivamente el niño que estaba plácidamente durmiendo en mi cama era yo de pequeño, con unos nueve años. Tenía mi pijama de ositos y sobre la mesilla mis libros de cuentos favoritos. Al parecer, el pozo me había conducido al pasado. Me senté allí, viéndome dormir, y me quedé dormido.
Cuando desperté, mi madre, mi madre de joven, hacía mi cama mientras yo, yo de niño, me vestía para salir. A ninguno de los dos parecía llamar la atención mi presencia, lógico, pues enseguida me di cuenta de que no podían verme. Así que les seguí en sus quehaceres diarios. Mi madre, tras acabar de limpiar y recoger, me acompañó a mí de niño al colegio y se fue a trabajar. Decidí quedarme en el colegio y observarme, observarme con la perspectiva que dan los años.
Es extraño, pero los recuerdos que tenemos de nuestra infancia se diluyen rápidamente en el tiempo, y aunque recordamos escenas y situaciones, no sabemos en realidad cómo éramos de niños. Yo siempre he creído que mi infancia fue feliz. Y así fue en general. Mis padres me querían y me trataban muy bien. Pero el ser un niño introvertido siempre te hace sufrir más de la cuenta con los demás niños.
Aquel día, mientras me observaba a mí mismo, ocurrió algo en el recreo.
Ahí estaba yo, un niño solitario en una esquina del patio, entreteniéndome con un hormiguero mientras los demás niños jugaban al fútbol o a otros juegos. Las hormigas seguían su vida inconscientes de mi presencia y del peligro que yo podía suponer para ellas, lo mismo que yo las observaba ajeno a los demás, ajeno a lo que los demás podían hacerme. Y así, mientras con un palo iba destrozando distraídamente las paredes de la cubierta del hormiguero, un grupo de niños se acercó furtivamente por mi espalda y antes de que me diera cuenta me encontraba con la cara dentro del hormiguero casi si poder respirar y con la asquerosa sensación de tener docenas de hormigas correteando por mi rostro y metiéndose por mi nariz.
Al ver aquello, yo, yo de mayor, intenté ayudarme empujando a los niños para que me soltaran. Pero de la misma forma que no podían verme, tampoco podía yo tocarles, y la frustración que sentí durante los minutos que duró la lucha fue tal que lloré, lloré de niño y lloré de joven, lloré al sentir la injusticia, la impotencia y la soledad del débil, la soledad del frágil, la soledad del niño -del hombre- solo ante el abuso de los demás. Después volví a mi tiempo. Bajé el pozo, atravesé el pasillo y subí a mi casa.
Como he dicho antes, varias veces más realicé ese viaje al pasado. Pero nunca a nadie, ni siquiera a mi padre, revelé lo que había detrás de la puerta negra. Desde luego, no en todas las ocasiones me supuso desasosiego el observar mi infancia. A veces coincidí en días felices para mí. Pero también coincidí con días tristes, días aciagos, días negros.

La última vez que entré en el pozo, al llegar a la altura de la puerta negra y girarme para empujar, tropecé y caí en el abismo. No sé cuánto tiempo estuve cayendo, y ni siquiera sé si he terminado de caer o si terminaré alguna vez. Sólo sé que mientras caigo, mientras atravieso este pozo sin fin, veo mi vida pasar, veo mi vida alejándose, como lo hace el débil punto de luz que se empequeñece tras de mí, hasta desaparecer totalmente.

Publicado la semana 37. 10/09/2018
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