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35
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–Buenas tardes –me saludó amablemente la azafata al entrar al avión. Le devolví el saludo y me dirigí a mi asiento en la fila 6. Por delante tenía un largo vuelo nocturno. Un vuelo que solía tomar tres o cuatro veces al año por trabajo y que nunca me terminaba de gustar. Aunque en esta ocasión parecía que la cosa prometía ser algo mejor, pues nada más llegar a mi fila descubrí al que sería mi vecino de asiento esa noche.
Era un hombre algo mayor que yo, pero no mucho más. Tendría unos cincuenta años, pero la verdad es que se conservaba muy bien. Tan solo el blanqueo de su abundante pelo y algunas arrugas de experiencia en su rostro eran testigos de su edad. Era delgado, más bien atlético, e incluso sentado se notaba que era alto.
Mientras yo luchaba por colocar bien mi maleta en el maletero de la cabina, me percaté de que él me dirigía alguna furtiva mirada. Yo vestía con una falda ajustada que llegaba un poco más arriba de las rodillas y una blusa blanca con chaquetilla. Sí. Ya sé que a mí también se me empieza a notar que hace ya tiempo que dejé atrás los treinta y tantos años, pero mi rutina de gimnasio y mis kilómetros por el parque se reflejan bien a las claras en mi cuerpo. Y él se percataba de ello, estaba claro, pese a que intentaba disimular sus miradas mientras leía un periódico.
Por fin me senté en mi asiento, junto a él. Me acomodé y nos saludamos educadamente con un “Hola” por su parte y un “Buenas tardes” por la mía y al hacerlo no pude evitar mantener un poco más de la cuenta mi mirada en sus profundos ojos azules.
Poco después la puerta del avión se cerró y el comandante nos dio la bienvenida y nos informó de que no tardaríamos en despegar. El vuelo iba medio lleno, y por suerte, pensé, mi vecino y yo estábamos bastante alejados del resto de los pasajeros.
La primera hora del vuelo transcurrió sin novedad. Yo trataba de leer una revista y él había terminado ya los dos periódicos que tenía, uno económico de papel salmón y otro local. Yo, mientras leía, o hacía que leía, me fijaba en sus manos, unas manos recias, de dedos largos, venas marcadas y uñas perfectamente cuidadas. Llevaba un bonito, y caro, reloj Mont Blanc y no usaba anillo, por lo que deduje que no estaba casado. Eran unas manos bonitas y para mis adentros me sorprendí pensando en esas manos acariciando mi cuerpo.
Poco después llegó la azafata para ofrecernos la cena, y ese cambio propició que empezáramos a hablar, con la tonta excusa de que ambos pedimos pollo en lugar de lasaña y ambos también coincidimos en tomar vino tinto para beber.
–No es que sea una cena en el Ritz, pero si se puede disfrutar un poco es mejor que no hacerlo –me dijo con una bonita sonrisa.
Le devolví la sonrisa y asentí su comentario. Luego me presenté.
–Me llamó Verónica –dije.
Y cuando él me iba a decir su nombre le interrumpí.
–No, no me lo digas –dije poniendo los dedos en mis labios como indicándole que se callara–. Por ahora te llamaré Sr. X.
Él mostró su extrañeza con el rostro.
–Es un juego que suelo hacer con la gente con la que coincido en estos vuelos tan largos –le expliqué–. Si al terminar el vuelo hemos congeniado entonces te pediré que me digas cómo te llamas.
–Pues brindo por eso –me dijo levantando su vaso de vino.
Y así, mientras cenábamos fuimos hablando de esto y de aquello. Su conversación era amena y divertida. Era un hombre inteligente y sabía cómo mantener mi interés sobre cualquier tema del que habláramos a la vez que se mostraba atento a mis comentarios. Estaba segura de que al final le pediría su nombre.
Al acabar de cenar ambos rechazamos el café que nos ofrecían.
–Por favor –dijo el Sr. X dirigiéndose a la azafata–. Café no tomaremos pero la noche es joven. Traiga por favor una botella de champán y dos copas.
Yo le comenté que no era necesario, pero él insistió.
–Qué mejor forma de celebrar un agradable encuentro a 9.000 metros sobre el mar –dijo. –Estas cosas no pasan todos los días. Y además, el champán nos ayudará a dormir un poco. Pero, eso sí, dentro de un rato. Todavía no.
Seguimos charlando hasta que casi nos habíamos terminado la botella. Yo creo que entre el champán y el vino de la cena empecé a perder algo la cabeza, porque me mostré muy insinuante con él, cosa que él notó, aunque no parecía captar la indirecta. Así que tomé la iniciativa y girándome hacia él le susurré al oído.
–Creo que se me está subiendo el champán a la cabeza, y me parece que voy a cometer una locura –le dije con la voz más insinuante que supe poner.
El Sr. X se giró también y me contestó al oído: “Espero que sea la misma locura que estoy pensando yo”.
Y entonces nos besamos. Al principio fue un beso suave, pero enseguida pasamos a un beso más profundo, lleno de pasión y de deseo. Las luces de la cabina ya estaban apagadas y el resto del pasaje parecía estar dormido, por lo que nos sentíamos con más intimidad que la que las circunstancias nos ofrecían.
Nos tapamos con las mantas del avión y él empezó a acariciarme el cuello suavemente, luego los hombros y finalmente los pechos. Yo no dejaba de besarle y me desabroché un poco la blusa bajo la manta. Sus manos, esas manos que tanto me habían atraído antes, me acariciaban de forma delicada y mis pezones se endurecieron al roce de sus dedos.
Yo ya estaba perdiendo el control y empecé a tocarle su miembro por encima del pantalón. Entonces él bajo su mano también hacia mis piernas, que se separaron un poco para dejarle hacer. Levantó la falda y casi no pude evitar un gemido mientras su mano me rozaba los muslos de camino hacia mi entrepierna. Cuando llegó allí me acarició mi sexo por encima de mis bragas. Yo ya no podía más y le agarré fuerte su pene por el pantalón, tanto que se quejó un poco. Se desabrochó el cinturón y se bajó la cremallera del pantalón, dejando libre mi objetivo. Enseguida mi mano se movía al mismo ritmo que la suya en mi vulva, que se deshacía por momentos. Fue una batalla intensa que duró varios minutos hasta que al final él no pudo evitarlo y se corrió mientras yo ya no aguantaba más tanto placer.
Al terminar eché un vistazo por si alguien nos había visto. Parecía que no, así que recompusimos un poco nuestras ropas y apoyados el uno junto al otro nos dormimos.
 

–Buenos días –me dijo el Sr. X cuando el aviso del comandante de que estábamos llegando al destino me despertó.
–Buenos días –le dije, mientras comprobaba que aún me notaba excitada.
–Sí que has dormido bien –dijo–. Nada más beberte el primer sorbo de champán te quedaste dormida como un tronco. Me tuve que beber yo solo la botella.
–Pero… –balbuceé–. ¿De veras que me dormí tan pronto? No lo recuerdo. Recuerdo que…
–Sí. Fue una verdadera pena. La conversación contigo estaba siendo muy agradable y yo apenas duermo en los aviones. Me hubiese gustado más compañía en un vuelo tan largo. Pero no he querido despertarte.
Con disimulo aproveché que aún tenía la manta tapándome y comprobé que mi entrepierna estaba todavía húmeda. ¿Habría sido un sueño, una fantasía sexual tan real?
–Espero que ahora ya te pueda decir mi nombre –añadió–. No sé si anoche al final llegaste a congeniar lo suficiente conmigo.
–Sí, creo que lo suficiente –le contesté sonriendo.
Él sacó una tarjeta de su cartera y me la ofreció. Su nombre empezaba por X.
–Estaré en la ciudad cinco días –dijo mirándome a los ojos–. Me alojo en el Hilton. Si tienes un hueco en tu agenda para el resto de tu vida, no dejes de llamarme.

Publicado la semana 35. 27/08/2018
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