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32
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Relato
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–¿Eres Lucas? –me preguntó ella mientras se sentaba a mi lado en la barra del bar.

La miré con disimulo. Estaba muy buena y era bastante guapa.

–Sí, soy Lucas –le contesté un poco nervioso. Era la primera vez que una tía buena me entraba así, de sopetón, y casi no supe ni qué decirle.

–Estupendo –dijo-. Yo soy Ann.

Eché un trago del gin-tonic y le pregunté si quería tomar algo. Me pareció algo lógico en aquella situación.

–Vale. Me tomaré un gin-tonic yo también –contestó mientras me ponía la mano en mi muslo.

Yo me quedé paralizado, sin reaccionar hasta que vino el camarero y le pedí el gin-tonic. Los segundos que pasaron hasta que lo trajo se me hicieron eternos a la vez que excitantes. Ann no dejó de acariciarme el muslo, e incluso me pareció que de vez en cuando llevaba la mano hasta un punto demasiado cercano a mi paquete, que, lógicamente, cada vez abultaba más.

Cuando le sirvieron el gin-tonic lo levantó y me invitó a brindar con ella.

–Por nosotros –dijo levantando la copa. Yo hice lo mismo y el leve choque del vidrio sonó como una invitación a comer, porque tras echar un largo sorbo me besó con deseo. Yo en un primer instante no respondí a su embestida, pero enseguida nuestras lenguas saboreaban a dúo el amargo sabor del gin-tonic mezclado con el dulzor de su boca.

–Me alegro de haberte encontrado –dijo Ann cuando terminamos de besarnos. –Tenía muchas ganas de conocerte en persona.

En los minutos siguientes apuramos con rapidez las bebidas mientras nos besábamos de vez en cuando y su mano pasaba el umbral de lo permisible entre mis piernas.

–Vivo aquí cerca, en un piso con una amiga que está de viaje –me susurró al oído mientras me lamía suavemente la oreja.

Un instante después cerrábamos la puerta de su piso mientras los abrazos se desataban y las manos se relevaban en acariciar, magrear y arrojar prendas por el suelo.

Cuando por fin llegamos a su cama su mano ya me acariciaba mi pene y mis labios saboreaban sus generosas tetas. La batalla fue épica y duradera. Nuestros cuerpos se frotaban con fricción y sus piernas se abrían para facilitar una y otra vez la penetración en diferentes posturas mientras las lenguas degustaban todos los rincones que se ponían a su alcance.

Fue, sin duda, el mejor polvo que recuerdo de aquellos años. Largo, intenso, bien hecho. Con la pasión y la lujuria que requiere el buen sexo.

Al fin, ya saciados, nos quedamos tumbados en la cama mientras aún yo seguía penetrado en su cuerpo. Apenas podíamos hablar, pues el ritmo de los jadeos tardó un rato en disminuir.

–Me encantan tus canciones –dijo cuando ya la calma regresó a nuestros desnudos cuerpos.

–¿Qué canciones? –le respondí.

–Las de tu grupo. Tengo todos vuestros discos.

Mi rostro no pudo disimular mi desconcierto, y entonces Ann se irguió en la cama tapándose los pechos con la sábana.

–¿Tú eres Lucas, no? –preguntó confundida.

–Sí, ya te lo he dicho antes. Yo soy Lucas –le contesté.

–Pero…, Lucas, ¿el cantante de los Passion lovers?

–No, yo soy Lucas, un chico del barrio. No canto en ningún grupo, trabajo en un taller de motos.

Y así, la noche más excitante de mi juventud llegó de golpe a su final.

Gracias Lucas. Siempre te idolatraré. Prometo comprar todos tus discos.

Publicado la semana 32. 08/08/2018
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