Semana
31
Javier Sánchez-Beaskoetxea

De lo único que me arrepiento

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Relato
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Me queda poco tiempo ya. La vida se me escapa tan rápido como me llegó hace ya muchos años. Muchos, pero no demasiados. Nunca son demasiados.

Aquí, en mi lecho final, mientras veo el tiempo huir de mí, no puedo más que pensar en si ha merecido la pena cada instante que he vivido. Y creo que sí. Apenas me arrepiento de nada de lo que he hecho. Ni siquiera me arrepiento de las cosas que ahora, viéndolas con la perspectiva y la sabiduría que dan los años, seguramente quisiera haberlas hecho de otra manera. Porque, al fin y al cabo, de esos errores he aprendido y sin ellos tal vez no vería mi vida con la benevolencia que la juzgo ahora que ya toca a su fin.

Viví la Gran Guerra y allí, perdido todo rastro de humanidad, maté a gente que tal vez su único pecado fue el de toparse conmigo en un mal momento. Sí. Hice, como casi todos, cosas terribles, pero estoy casi convencido de que si volviera a vivir aquellos instantes volvería a hacerlas. No se puede juzgar nuestros actos de una época y unas circunstancias desde el punto de vista de otros tiempos. Si lo hiciéramos, nunca seríamos justos con nosotros mismos.

Milagrosamente regresé entero a casa. Llegamos humillados y derrotados tras haber perdido nuestra juventud en los frentes de Europa. Así que hice lo único que se podía hacer: olvidar.

Sí. Olvidamos la pesadilla y la vida siguió. Me enamoré, me casé, tuve hijos y luego nietos. Podría decirse que he sido feliz. Así que no, no me arrepiento de casi nada.

Pero hay un día de mi vida del que me he arrepentido siempre. Por muchos años que haya vivido, raro ha sido el día en el que no haya pensado en qué habría pasado si hubiera actuado de otra forma.

Yo tenía tan solo diez años. Era una tarde de agosto en un tiempo en el que los mayores nos dejaban a los niños deambular por el pueblo asilvestrados. Nuestra vida era plácida. No había colegio y salvo algunas tareas del campo en las que teníamos que ayudar, casi toda nuestra vida era realmente nuestra.

Aquel día yo estaba solo en la plaza. Había estado casi toda la tarde con otros niños en el río y estaba cansado, por lo que me había sentado en el suelo en una esquina apoyado contra la pared de la iglesia para descansar.

La niña se me acercó sin que me diera cuenta. Era muy guapa. Tendría más o menos mi edad. Vestía una blusa rosa y una falda roja, a juego con los zapatos, y llevaba una pequeña rosa roja en su pelo rubio. No la había visto nunca. Debía ser pariente de alguien del pueblo y estaría de visita.

–Hola, me llamo Laura –me dijo con una sonrisa mientras se sentaba a mi lado–. Si me das la mano podríamos jugar a que somos novios.

Yo me quedé paralizado. Nunca había estado a solas con una niña. A ella no pareció importarle mi actitud indiferente y siguió hablando.

–Mira –me dijo señalando a un grupo de muchachas más mayores que nosotros–. La del vestido azul es mi hermana. Tiene un novio de otra ciudad que la viene a visitar de vez en cuando y se pasan el día cogidos de la mano. ¿A que es divertido ser novios? Cuando quieras levantarte, podemos darnos la mano y pasear hasta la otra parte de la plaza. Luego nos sentamos y al de un rato volvemos de nuevo paseando hasta aquí de la mano. Eso es ser novios. A mí me gustaría jugar a eso contigo.

Yo seguía sin mover un músculo. No me atrevía ni a mirarla. Nunca una niña tan guapa me había dirigido la palabra así. Ella seguía hablando y yo solo podía escucharla extasiado con el tono de su voz y con lo que me contaba.

De pronto se calló. Se puso en pie y mirándome me preguntó: “¿Entonces, me vas a dar la mano, sí o no?”.

Yo no sabía qué hacer. Deseaba con toda mi alma levantar mi mano, tomar la suya y caminar junto a ella hasta la otra parte de la plaza. Mi corazón quería obligar a mi cuerpo a moverse y a responderle que sí, que lo único que deseaba en el mundo era darle la mano, era ser su novio en un juego apasionante.

Pero mi cuerpo seguía allí, quieto, sin parpadear siquiera.

Y ella al final se marchó. Se despidió de mí con una voz cargada de lástima y de decepción. Nunca la volví a ver.

Sí. Desde aquel día de lo único que me he arrepentido siempre es de no haberle tomado su pequeña mano con la mía. ¿Por qué tuve que ser tan idiota?

Publicado la semana 31. 30/07/2018
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