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02
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Juan está a punto de llorar. Tiene que salir de allí, no puede dejar que Paco y los demás le vean así, a punto de derrumbarse. Hace como que lee el periódico, pero sus ojos no miran las páginas, ni los anuncios de empleo, ni nada. Tan sólo están dirigidos hacia el periódico, pero Juan no ve nada, nada le interesa, solamente quiere estar solo, solo con su pena, solo con su problema que no quisiera que fuese de nadie más, ni de Paco, ni de Sara, y menos de sus hijos. Juan piensa que no vale para nada. Qué va a hacer él sin trabajo, sin preparación, si sólo sirve para hacer chapuzas en un taller, y para eso hay mucha gente, muchos chavales dispuestos a hacerlo por cuatro duros y con más acomodo que él, que no tuvo estudios, que lo poco que sabe lo ha aprendido chapuceando, y no en una academia de formación profesional como los chicos de ahora, que encima no protestan, ni hacen huelgas, ni pertenecen a ningún sindicato. Cuando Antonio le despida, piensa Juan, se quedará sin trabajo para siempre, y cómo le va a querer Sara así, fracasado, sin futuro. Seguro que ella le abandonará y se llevará a los niños. Lógico. Cómo les va a mantener así, sin nada que ofrecerles, salvo su cariño, porque eso sí, él es cariñoso con ella y con los niños, sobre todo con los niños, sin los cuales no sabría vivir. Juan recuerda cuando nacieron los gemelos, tan pequeños, tan desvalidos, tan necesitados. Fue duro no dormir, pero ya no lo recuerda, los ha querido tanto que todo lo que le hicieron sufrir está ya olvidado. Lo que no está olvidado es lo de su trabajo. Ya quisiera olvidarlo, ya, pero...

Juan paga el desayuno y sale del bar de Paco. Le gustaría ir a casa, con los niños, pero, qué diría Sara si le ve llegar ahora, a la hora del trabajo. Cómo se lo explicará, cuándo se lo explicará, es difícil explicar a tu mujer que te van a despedir, que vas a ser pobre, más pobre de lo que ya eres, que no vales para nada, ni para trabajar ni para mantener a tu familia, que ya no eres nadie, pues en este mundo cabrón si no trabajas no eres nadie, si no tienes dinero, más bien, no eres nadie.

Juan piensa una vez más en el accidente de tráfico que vio la semana pasada, alguien que se estrelló contra el único árbol que había en una buena carretera. ¡El único árbol! El conductor perdió el control por causas desconocidas, decía el periódico. Pero Juan conoce las causas, las conoce de sobra. Un hombre solo, en una buena carretera solitaria, sólo piensa en su fracaso, en su mujer, en sus hijos, en sus compañeros, en sus excompañeros. Ve el árbol solitario, sabe que tiene un seguro de vida, un acelerón, un volantazo y todo se acaba. Así de fácil, así se soluciona, así se explica.

Pero no es tan fácil, piensa Juan. No vería más a sus hijos, ni a su mujer, y él sabe que es un buen padre, y los niños necesitan un buen padre, alguien que les enseñe que cuando a uno le despiden del trabajo debe pensar en sus hijos, y no en escapar del mundo, que del mundo no se escapa, que uno se enfrenta al mundo y lo capea como puede, haciendo lo que se debe hacer, lo que un padre debe hacer, agacharse y soportar, soportar que te echen, soportar que te humillen, soportar lo insoportable. Así debe ser un buen padre, anteponiendo sus hijos a él mismo, que él no es sino el soporte que sus hijos tienen para medrar, para llegar a la edad en la que se deban agachar y humillar por sus hijos, hasta que crezcan y se humillen a su vez.

Al salir casi se da de bruces con un policía que entra al bar mirando para otro lado y que ni le dirige una mirada de disculpa. Juan no tiene ganas ni tiempo para decir nada, se humilla una vez más y se va.

Adiós Juan. Suerte.

Publicado la semana 2. 08/01/2018
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