Semana
10
Javier Sánchez-Beaskoetxea

Vidas cruzadas (10)

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Relato
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–Sí, mañana regaré las plantas del balcón grande, mujer. Siempre toca los lunes, ya lo sé, pero como el sábado llovió tanto, pues no las quiero anegar, que luego se estropean. Las plantas son como el amor, hay que regarlas pero no ahogarlas. Ya te he llevado el vestido azul a limpiar, como te gusta, a la lavandería de abajo, donde trabaja la hija de Miguel, la pequeña, la que se casó el año pasado. No. No tiene hijos todavía, mujer, que ahora no es como antes, ahora se casan ya conocidos y prefieren no tener hijos para disfrutar del matrimonio, no como antes, que si no os quedabais embarazadas a la primera ya creíais que no valíais para ser madre.

>>Por cierto, ayer vi a tu prima Felisa. Sigue tan guapa como siempre. Pero no tengas celos, mujer, que la más guapa siempre fuiste tú, ya lo sabes. Cuando nos hicimos novios fui la envidia de todos mis amigos. “Te llevas lo mejor. Te llevas lo mejor”, te acuerdas como me decía el Anselmo el día de nuestra boda, je, je. Y era normal, con lo guapa que estabas con el vestido de tu madre, tan lozana, tan joven, con aquellas flores en el pelo, que olían tan bien. Sí, me acuerdo como si fuera hoy. Y la envidia que pasó Puri, tu vecina, que se creía la reina del mambo y se quedó soltera. Tenía que haberle dicho que sí a aquel novio que tuvo, ¿cómo se llamaba…? Vaya, no me acuerdo, debo de estar haciéndome viejo. Bueno es igual, tenía que haberse casado con aquel, pero como ella creía que no era suficiente para ella, pues, ya ves, nunca llegó ese suficiente, y sola toda la vida. ¿Ya te dije que se murió hace un par de años? Sí, me lo dijo Antón, el párroco. Se murió en la residencia, pero desde hacía unos cinco años que ni se acordaba de quién era. Pobrecita, que Dios la perdone por ser tan envidiosa.

>>¡Ah! Mañana vendrá a verme por fin tu nieta. Qué ilusión me hace que ya esté en la universidad. Tan guapa y tan lista. Su padre está que no se lo cree. ¡Su hija estudiando Derecho! Él, que siempre tuvo complejo de ser solo un bedel del palacio de justicia, y ahora, ya ves, para cuando se dé cuenta allí estará su hija hecha toda una abogada, la abogada más guapa de todas, que en eso se parece a ti, con tus ojos y tu sonrisa. Ahora viene menos por aquí, está muy ocupada con sus estudios y eso. La última vez que estuvo se probó uno de tus vestidos y cuando salió de la habitación casi me da un pasmo al verte a ti con veinte años. Me dijo que ahora se vuelven a llevar, pero no le dejé que se lo llevara, me dio no sé qué, sin tu permiso. Aunque la verdad es que le sentaba divinamente. Igual se lo regalo para su cumpleaños, si no te parece mal.

Don Andrés vuelve al libro. Son quince años ya desde que enviudó, pero todos los días habla con su mujer y eso le mantiene feliz, le mantiene joven, pese a sus casi noventa años. Siempre pensó que sería él el primero en irse, y siempre creyó que no podría vivir sin Elena, sin su Elena del alma a la que quiso tanto. Pero la vida sigue, y Don Andrés supo sobrellevar su soledad viviendo como si aún estuviera ella. Y sí que lo está, pues Don Andrés mantiene su presencia en todo lo que le rodea en su casa, y existiendo presencia es como si ella estuviera allí, con él, a su lado, juntos hasta el final.

Don Andrés sigue leyendo. Es una historia un poco boba, pero le resulta interesante y le mantiene ocupado unas horas. Pero el timbre del portero automático le sobresalta cuando la novela se empieza a poner interesante.

–¡Ya va, ya va! Dichosos cacharros, no sirven más que para molestar. Cualquier día lo quito y... Bueno, espero que sea algo importante, aunque seguro que es alguien que se ha equivocado o alguien echando propaganda y que nos molesta a todos los vecinos para que le abramos la puerta. ¡Ya va, ya va!...

–Sí, ¿quién es?

Publicado la semana 10. 05/03/2018
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