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Las 7:00.

Juan apaga el despertador, se da la vuelta e intenta dormir a la vez que procura que no sean más de cinco minutos. Otra noche que ha sido un duermevela. Poco dormir, muchas vueltas, algún vaso de agua. En fin, otra noche más sin descansar. Desde que se mete en la cama, sólo da vueltas en su cabeza una única idea, una idea aterradora, una idea paralizante, una idea agobiante, una idea terrible, una idea abrumadora, una idea ante la cual Juan sólo puede llorar. Está a punto de quedarse en paro. Su jefe le va a echar, y ¿qué va a hacer él sin trabajo y con tres hijos pequeños?

La noche ha sido más larga que una noche larga, más larga que una vida larga, más larga que la más larga noche entre las noches largas que puede pasar alguien que no puede dormir. Una noche en la que Juan ha tenido tiempo para pensar más de la cuenta, para pensar en el árbol de nuevo, para martirizarse, para desesperarse, para darse cuenta de que no tiene salida, de que la única salida es la única que no puede tomar, por su mujer y, sobre todo, por sus hijos, que le necesitan, aun sin trabajo le necesitan.

Más de cinco minutos han pasado en el reloj de la mesilla de Juan y éste sigue tumbado, inmóvil. Su mujer duerme todavía. Duerme en la ignorancia de lo que desborda la cabeza de Juan durante todas las horas del día desde hace unas semanas, largas semanas.

Por fin Juan se levanta. Un pie, otro pie y un día más a enfrentarse a un mundo sin piedad. Juan enciende el calentador. Una ducha le sentará bien para estimular un cuerpo machacado y deseoso de repararse. Juan odia levantarse así. Él era, había sido, un hombre activo y ágil. Pero estos días está apático y con el cuerpo amodorrado. El agua caliente le resbala por la nuca para seguir por la espalda, lentamente, suavemente, agradablemente, y es una sensación que le da placer, uno de los pocos placeres del día, tal vez el único, porque del otro, del que Sara y él compartían, ya ni se acuerda.

Pero el grato momento ya es añorable pasado tan sólo un segundo después de haber sido presente y Juan se está vistiendo sin apenas recuerdo de los breves segundos de deleite bajo la ducha. Su cuerpo está un poco más estimulado que antes. Algo es algo, por lo menos está despierto. Un poco más tarde, tras el café, estará un poquito mejor aún, listo para enfrentarse al mundo una vez más, un día más, o un día menos, según se mire.

Juan sale de casa. Sara sigue dormida. ¡Feliz ella! Sale del portal y dobla la esquina en dirección al bar de Paco, su amigo que le cuida todas las mañanas desde hace veinte años, que le cuida sin saber lo que le está pasando, que le cuida sin cuidar, pero cuidando, que es lo que importa al fin y al cabo, pues Juan en el bar de Paco se siente a gusto, y con eso basta. “Quién sabe -piensa Juan-, tal vez el mes que viene no pueda permitirme desayunar fuera de casa todas las mañanas”.

Junto a la puerta del bar, Juan casi pisa a un vagabundo dormido en un escaparate –¡que no sabe que hoy va a morir!– y entra en el bar sin hacerle caso, sin pensar (que bien pudiera hacerlo) que tal vez él sea el siguiente en dormir en la calle.

Paco al verle prepara la taza, el azucarillo y pone en marcha la cafetera. A Paco, Juan le parece hoy un hombre viejo, mucho más viejo de lo que sus cuarenta y tantos años le deberían hacer parecer. Juan da los “buenos días” sin mucha convicción. ¿Cómo alguien puede pensar que va a tener un buen día si no ha tenido una buena noche?

Tras el primer sorbo y el primer bocado del bollo, Juan empieza a recuperar, parece, los buenos modales y le dice a Paco que el café está muy bueno. Paco se alegra, aunque no dice nada, nunca dice nada, aunque Juan sabe que le gusta oírlo.

–¿Ha pasado ya Antonio? –pregunta Juan.

–No. Hoy no ha venido todavía.

–Vale. –Y Juan sigue con su café pensando dónde se habrá metido Antonio, su jefe, ese malnacido que le quiere tan mal, ése que le quiere echar, ése al que desea lo peor, ése al que ha dedicado tantas horas de su vida, ése al que ha hecho tantos favores, por el que se ha quedado horas y horas quitando tiempo al amor de su mujer y de sus hijos, a su salud y a sí mismo, y que ahora, por cuatro duros, es capaz de mandarle al paro y de arruinarle la vida.

–Me dijo Antonio que andáis con problemas en el taller –dice un Paco deseoso de saber qué le preocupa a su amigo.

–¿Cómo que andamos? –Juan levanta la cabeza mirando a Paco a los ojos sin pestañear–. Más bien será que ando, pues él no creo que los tenga, por algo es el jefe. El muy cabrón me quiere echar, después de tantos años, y ahora que Sara quiere que cambiemos de casa.

–No creo que te haga eso, hombre. Además, si te echa, seguro que encuentras algo mejor antes de que se te acabe el paro, no te preocupes hombre.

Hombre. Juan ya no sabe si es hombre o si lo fue alguna vez. A un hombre no se le trata así. Juan coge el periódico y lo abre por la página de ofertas de trabajo. Paco le mira, y no dice nada más. Lo ha visto tantas veces con otros clientes, con otros amigos. Antes era peor. Todas las semanas algún amigo se quedaba en la calle. Últimamente es más raro, pero no por ello se siente uno mejor al verlo. Piensa que hizo bien al poner un bar, por lo menos si algún día le va mal no tendrá que echar a nadie, sólo se hundirá él mismo, como un navegante solitario al que le zozobra la nave y que se va al fondo. Se hunde pero no arrastra a nadie consigo.

Juan mira el periódico, pero no lee ni una sola palabra. Sólo piensa en dónde coño se habrá metido Antonio. ¿Y si está tramitando el despido? Juan se echa a temblar. No, esa semana no, que espere un poco más. Es el cumpleaños de los gemelos y quiere disfrutarlo como Dios manda. Será cabrón el Antonio. Seguro que lo está haciendo. Por eso ayer estaba tan raro. Apenas le habló en todo el día, y cuando Antonio no habla, malo. Y lo poco que le dijo fue algo sobre cómo estaba Sara, y cuando Antonio le pregunta por Sara, peor.

Publicado la semana 1. 04/01/2018
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