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German NM

La fiesta (44)

El madrileño estaba lo suficientemente ocupado con su nueva amiga, como para no escuchar las insistentes llamadas de su compañera, aparte del hecho de que había silenciado el volumen de su teléfono.

Ya habían terminado los jueguecitos sexuales, pero habían pasado a trazar el plan para introducir la droga, que, se supone, el madrileño iba a traer por toneladas de Sudamérica.

El chico estaba extrañado, ya que creía que la mujer era más experta en todos esos asuntos, pero se encontró con que lo único que dominaba del tema era lo que había escuchado hablar a su marido con Giacomo.

Ignorante la mujer de la connivencia del madrileño con el italiano, planeaba dirigir la mayoría de esfuerzos a esquivar a éste y su organización, buscando puntos de venta tan inverosímiles que el chico pensó que estaba realmente desesperada por iniciar su propio negocio, lejos de su marido y su socio, y algo chiflada.

Estaba completamente convencida de que la inspectora Rodríguez le iba a ser leal; es más, estaba segura de que Rodri, como la llamaba, estaba locamente enamorada de ella.

Y sobre esa suposición se sostenía todo el plan de negocio. Rodri le allanaría el camino, Rodri callaría bocas, Rodri controlaría a su jefe y a Giacomo, en definitiva, Rodri era una “superwoman” que, por un pequeño porcentaje, iba a hacer todo el trabajo sucio.

Hizo un esfuerzo por no reírse. Menos mal que todo aquello era una fabulación, porque había que estar verdaderamente loco para iniciar cualquier tipo de negocio con una persona tan evidentemente despegada de la realidad.

Cuando ya llevaban un rato conversando, alguien tocó a la puerta.

La mujer dio el permiso para que pasara quien quiera que fuese.

Era una de las chicas del club, a la que el madrileño no conocía.

Dijo que tenía algo importante que decir, pero que prefería hacerlo en privado.

“Puedes decirlo aquí, delante de mi nuevo socio. No tengo secretos para él”.

El madrileño pensó : “Lo dicho, una pirada”.

La chica habló : “Giacomo ha muerto. Al parecer, ha sufrido un ataque al corazón. Su club, ahora mismo, está lleno de policías”.

“¿Estás segura de lo que dices? ¿Cómo te has enterado de eso?” preguntó la mujer.

“Lo sabe casi todo el mundo ya en Marbella. Han venido al menos veinte personas al club contando lo mismo”.

El madrileño consiguió mantener el tipo y poner cara de póker, a pesar del tremendo impacto que, lógicamente, la noticia le había causado.

Incluso dijo, con la máxima frialdad de la que fue capaz : “Bueno, un obstáculo menos en el camino”.

Aunque, por dentro, solo pensaba en que debía de salir de ese lugar lo antes posible.

La mujer, en principio, se quedó muy callada, lo que extrañó al chico.

Pero, de pronto, como si un resorte se hubiera soltado dentro de ella, se levantó y empezó a bailar y a palmotear por algún palo flamenco que el chico, que no entendía del tema, no supo adivinar.

“Ole, ole y ole. Se ha muerto el italiano. Ole, ole y ole”.

La empleada y el madrileño se miraron estupefactos.

Se sabía que no eran amigos la mujer y Giacomo, pero la celebración de la muerte de este último estaba resultando algo excesiva.

“Ay, cuando se lo diga a mi Rodri, que alegría le voy a dar. Ole, ole y ole”.

Cogió el teléfono con la intención de llamar a la inspectora.

“No deberías hacerlo. Ella ya lo sabrá. Seguro que está con Torres, en el club de Giacomo y no podrá atenderte. ¿No has oído a la chica? El club está lleno de policías”, le dijo el madrileño.

“Tienes razón. Seguro que ella ha sido de las primeras personas en enterarse”.

Se acercó al mueble bar del despacho, y sacó un botella de Dom Pérignon.

“La guardaba para una gran ocasión, y ésta lo es”.

Sacó tres copas, descorchó la botella, y las llenó.

Con una de las copas en la mano, dijo : “Niña, cierra bien la puerta, y ven a por una copa”, y, dirigiéndose al madrileño, le ofreció la otra copa y le preguntó : “¿A que te apetece un trío?”.

Publicado la semana 89. 10/09/2019
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El nacimiento de la primavera de Vivaldi , Novela negra , En cualquier momento
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