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German NM

La fiesta (33)

La madrileña oyó que sonaba su móvil, pero no cogió la llamada.

Estaba demasiado ocupada intentando deshacerse del cadáver de la rusa.

Después de arrastrarlo por el pasillo, y sacarlo a cubierta, por fin había conseguido arrojarlo por la borda.

Una vez que hubo terminado, cogió el teléfono y miró la pantalla.

La llamada era de Giacomo, y, aunque no le apetecía en absoluto, se dispuso a devolverla.

“¿Que tripa se te ha roto ahora, stronzo?” le espetó al italiano.

“Pero, ¿que modales son esos, señorita? ¿Acaso no me estás agradecida por haberte salvado la vida?”.

“No sé si ha merecido la pena contar con tu ayuda. Nosotros no éramos dos delincuentes, ni mi compañero ni yo”.

“Vosotros erais un par de, come si fa a decidere qui?, ¡ah! ¡si!, un par de panolis, que se creían que se iban a comer un mundo que no conocían ni por asomo. Gracias a mí vais a salir vivos de esta aventura, y, posiblemente, con más dinero del que hubierais soñado en vuestra vida”.

“¿De qué nos va a servir el dinero, si vamos a tener que huir permanentemente?”.

“¿Huir? ¿De qué? ¿De quién? Nadie os va a buscar nunca. De eso me encargo personalmente”.

“Tendremos que huir de nuestra conciencia y nuestros remordimientos”.

“No me seas romanticona, ragazza, con el dinero que vais a tener no creo que vayáis a tener remordimientos”.

“¿Dónde está mi compañero? Me gustaría hablar con él”.

“Está terminando un encargo que le he hecho”.

“¿Otro cadáver?”.

“No, amore, no tiene que matar a nadie. Bueno, lo mismo la mata de gusto”.

“No te entiendo. ¿Que placer sacas viendo follar a los demás? Eres un pervertido”.

“No veo lo que está haciendo tu amigo. Sólo me imagino. Pero tienes razón. Sólo imaginarme lo que debe estar haciendo en este momento me la pone dura como una piedra. Perdona un momento”.

Se dirige a una de las chicas que estaba con él.

“Tu, Succhialo un po', vai” (Tú, chúpamela un poco, anda).

La madrileña no podía creer lo que oía : “¿No irás a hablar conmigo mientras te la están...?”.

“¿Te molesta, amiga?”.

“Me parece de una pésima educación. Y vejatorio para la pobre muchacha. Por lo menos, podías prestarle atención a lo que te va a hacer”.

“Te voy a hablar claro, señorita. Tú no eres nadie para darme clases de educación, ni para juzgar mis actos. En el momento en que decidisteis aceptar mi ayuda, sabíais que me acababa de apoderar de vuestra vida, y que estáis a mi entera disposición. Y si mi apetece que escuches como me chupan el ciruelo, te quedas y lo escuchas. Y si a mi me interesa que mates a alguien, lo matas. Capito? No tenéis otro camino. ¡Ahora que lo recuerdo! Si lo tenéis. Puedo llamar a Torres, y decirle que ya no estáis bajo mi protección. Y que él elija, si os detiene o si os entrega a los amigos del padre de tu amiguita la rusa. Vais a preferir que os encierren de por vida, te lo aseguro”.

La madrileña solo pudo murmurar : “Hijo de la gran puta”.

Giacomo le respondió : “No sé que me está gustando más. El trabajito que me están haciendo, o imaginarme la cara que debes de tener en este momento”.

Publicado la semana 69. 28/04/2019
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María Ostiz , La vida misma , En cualquier momento
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