Semana
15
German NM

Dos segundos fueron suficientes

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Relato
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El detuvo su coche en el semáforo.
Por delante cruzó una mujer, más o menos de su misma edad.
Iba bien vestida, no con ropa cara ni a la última moda, pero si bastante arreglada.
También era atractiva, aunque pensó que no tanto como para armar un revuelo a su paso.
De repente, se dio cuenta.
¡Era ella! Era la misma persona que en los ochenta traía de cabeza a todos los chicos (y a más de una chica),
la misma que lo tuvo enamorado durante todo el Instituto. La misma que lo rechazó mil veces.
En ese momento, la mujer volvió la cabeza y sus miradas se cruzaron durante dos segundos.
No se saludaron.
Se imaginó viviendo con ella.
Tenía pinta de ser una señora bastante aburrida. Seguro que estaba casada y tenía un par de hijos.
Muy posiblemente, sería funcionaria. Lo más probable es que trabajara en el edificio de oficinas de la Administración que había en aquel barrio.
El semáforo se puso en verde, y arrancó el coche.
En ese momento, entró una llamada por el manos libres.
Era la empleada de la agencia de viajes. 
Ya estaba todo listo para su viaje de la próxima semana a Estados Unidos.
Vistaría Nueva York, San Francisco y Los Angeles, y haría realidad uno de sus grandes sueños : recorrer en moto la Ruta 66 (o lo que quedara de ella).
Se volvió hacia la muchacha que lo acompañaba. Era una chica de unos veinticinco años, amiga de su hija mayor.
Le preguntó : "¿Te hace ilusión?". Ella le contestó : "Mucha, cariño, mucha".

Ella estaba parada en el semáforo, esperando a poder cruzar.
Cuando, por fin, cambió a verde, vió que se detenía un deportivo de aspecto bastante caro.
En mitad de la calzada, cuando casi había llegado a la otra acera, se volvió a mirar el coche, y su mirada se cruzó, durante dos segundos, con la del conductor del mismo.
Su cara le sonó familiar, pero eso no llamó su atención.
Por su negociado pasaban todos los días bastantes personas, ya que era la encargada de tramitar las solicitudes de armas y de cotos de caza, y debido a ello, muchas caras le resultaban conocidas, aunque sólo fuera de verlas un año tras otro.
Pero, al poco tiempo, una bombilla se encendió en su cabeza.
Era él, el baboso que la había acosado durante todo el Bachillerato, el que le pidió mil veces de salir, y al que rechazó otras tantas.
Pensó que seguía siendo más feo que un dolor, pero intuyó que la vida le había tratado bien.
El coche que conducía tenía un aspecto imponente, y lo poco que vió de su ropa parecía de inmejorable calidad.
A su lado iba una muchacha que, por su edad, podría ser su hija, pero se dijo que una hija no va a sí vestida cuando sale de paseo con su padre, así que, casi con toda probabilidad, no lo sería.
Y se acordó de su marido. ¡Que guapo era de joven! ¡Que divertido! ¡Cuantos sueños tenía!
Todo el mundo le dijo, el día de su boda, que era la mujer más afortunada del mundo, que había conseguido al hombre ideal.
La lástima es que, como casi todos los hombres, perdió su belleza, su pelo, y sus abdominales.
Y lo peor, también su trabajo. Y parece ser que, además, las ganas de buscarse otro.
Menos mal que ella era funcionaria, y podía sacar su casa adelante, sin grandes lujos, pero adelante.
Antes de sentarse en su puesto, y atender al siguiente cazador, maldijo su poca visión de futuro.
Si llega a saber que en 2018, tanto su marido como el baboso iban a estar igual de feos, lo mismo, en una de las mil veces que éste le pidió salir, hubiera aceptado.

Publicado la semana 15. 13/04/2018
Etiquetas
Lou Reed , La vida misma , casa
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