Semana
13
German NM

Un día cualquiera

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Relato
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Como todas las mañanas, salió de casa sin rumbo fijo.

Hacía años que no tenía mucho que hacer. Había perdido su último trabajo, y, por más que lo intentaba (aunque, eso sí, cada vez con más desgana), no encontraba ningún otro.

Vivía de las ayudas que conseguía rascar del estado y las organizaciones de caridad, y de hacer algún que otro recado para los conocidos. Era un tipo que caía bien y se podía confiar en él, así que cada vez que algún vecino ó amigo necesitaba que le hicieran alguna pequeña gestión (cómo llevar ropa a la tintorería, lavar el coche o entregar algún papel en algún sitio oficial), se lo encargaba a él, y le daba una propina por ello.

No se quejaba nunca. Aunque, evidentemente, el dinero no le sobraba, cómo era un hombre austero y sólo tenía vicios pequeños, se apañaba bastante bien.

Ya que esa mañana, por fin, hacía sol y la temperatura era agradable, decidió que daría un largo paseo.

Después, se acercaría a una galería que frecuentaba, para ver la exposición que acababan de inaugurar.

Porque era un hombre amante de todas las artes. Pintura, música, escultura... No podía permitirse asistir a todos los eventos que se hacían, pero si procuraba ir a todos los que fueran gratuitos.

Mientras andaba con las manos en los bolsillos, meditaba acerca de como había cambiado su vida desde que lo despidieron.

Su mujer lo abandonó, ya que le culpó del despido, argumentando que nunca había puesto interés en ese trabajo de mierda que hacía (administrativo en un bufete de abogados), y como no tuvieron hijos, decidió que nada le ataba a la ciudad en la que vivía, así que, una vez que arreglaron la separación y se repartieron lo poco que habían conseguido ahorrar, se mudó a Madrid.

Allí se instaló en un estudio, muy modesto (era un quinto sin ascensor) pero muy céntrico. Comenzó a buscar trabajo, y se encontró con que en ninguna parte estaban interesados en contratar a alguien de su edad. 

Así que comenzó a interesarse por las ayudas a las que podía tener derecho, y en uno de esas vistas a organismos oficiales encontró que el funcionario era vecino suyo. Trabaron cierta amistad, y se ofreció a ayudarle en los asuntos cotidianos que su vecino no podía atender a causa de su trabajo. Una cosa llevó a otra, y, cada vez que alguien del edificio necesitaba ayuda acudía a él, y después fue alguien que conocía a alguien del edificio, y así sucesivamente, lo que hizo que tuviera una especie de negocio que le daba para subsistir con cierta dignidad. No tenía una tarifa fija por sus servicios, pero, por suerte, no había encontrado más que personas generosas a su alrededor.

No había vuelto a tener noticias de su exesposa, y, aunque tampoco le interesaba mucho su suerte, esperaba que se encontrara bien. En cuanto a lo de volver a involucrarse en otra relación, ni se le había vuelto a pasar por la cabeza. Vivía una existencia tranquila, hacía lo que le venía en gana prácticamente a cada momento, y quería seguir así.

No es que llevara una vida de monje franciscano en lo que a las relaciones con el sexo opuesto se refería. Como no era mal parecido, y tampoco tímido, no le costaba mucho encontrar compañia femenina cuando la buscaba. Tenía sus aventuras, a veces intensas, a veces no tanto, pero, eso sí, todas efímeras. Lo dejaba claro desde el primer momento, y si la otra persona no estaba de acuerdo, cortaba en seco con el asunto. No quería problemas, porque no los necesitaba.

Y en esa meditación andaba cuando se acordó de que se le había fundido una bombilla de la lámpara del baño, así que buscó una eléctrica en los alrededores (con la ayuda de Google Maps, por supuesto), y se dirigió hacia ella.

Sonrió. Pensó que llevaba una vida tan simple y tan tranquila, que podía decirse que era feliz.

 

 

  

Publicado la semana 13. 28/03/2018
Etiquetas
Lou Reed , La vida misma , En cualquier momento
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