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   Los habitantes de aquel pueblo de la última frontera, eran gente ruda y sin contemplaciones. Convivían a diario con la vida y con la muerte de individuos de toda suerte. Era por ello que el sepulturero, Jeremiah Buried tenía mucho trabajo, y hacía ya tiempo que había declinado ofrecer demasiadas contemplaciones a la hora de ejecutar su trabajo. Convenía en eliminar rápidamente las desagradables, molestas e insalubres consecuencias de las abundantes muertes que se producían, muchas de las cuales ni siquiera le reportaban beneficios.

   Jeremiah había renunciado a la misericorde costumbre, que en otros lugares más civilizados llevaban a cabo, de disponer un cordel en el ataúd atado a una campanita en la superfíce, para evitar que con las prisas alguien fuese enterrado en vida dándole por muerto y así poder ser “salvado por la campana”. Pero después era el viento el que movía la campana, o nadie la oía, o  - qué se yo – argumentaba Jeremiah, a la vez que escupía al suelo polvoriento su asqueroso esputo mezclado con tabaco masticado.

   - No señor, aquí enterramos a los muertos con su pistola, ¡y una sola bala!, para que si no están del todo muertos, Dios no lo quiera, tengan la oportunidad de acabar dignamente pegándose un tiro, y nada de andar arañando la tapa del ataúd hasta fallecer y todas esas cosas tan engorrosas-

   - Bueno, es una idea práctica, y tiene su punto de poesía – le respondió Will Keat, alias el “Poeta”, como era conocido en la región.

   Era un jugador profesional, culto, elegante y bien parecido, que frecuentaba la cantina del pueblo y las de toda la región, participando activamente en las más memorables partidas de póquer que los lugareños recordasen.

   El “Poeta” era un tipo singular, de maneras aristocráticas y ademanes teatrales, que sorprendía siempre a los habitantes de los pueblos que visitaba, y sobre el que existía una promiscua colección de leyendas acerca de su misterioso pasado. Que si descendía de familia de reyes europeos, que si era un afamado escritor que ocultaba su identidad bajo la máscara del jugador, que si había matado a uno o a otro, de los  más insignes personajes fuera de la ley de la época, o a un político corrupto o a un sheriff despiadado...

   Will tenía un punto de paranoia que practicaba con maestría, dominando el lenguaje como un académico de la lengua y adiestrando sentencias tan afiladas como el filo de su gran cuchillo navajo. Era muy rápido con sus revólveres rémington de cachas doradas, por lo que era más conveniente disfrutar de su amistad, lo que era por otra parte fácil, pues se trataba de una persona extraordinariamente amable y generosa. Pero, cuando bajo su fino bigote, primorosamente retocado aparecía una mueca, a la vez siniestra y condescendiente, y sus labios recitaban un breve poema, dirigido siempre al oponente que había desatado su animadversión, más le valía al desgraciado encomendarse al Altísimo.

   Los llamaban los “versos de la muerte” y él decía que la costumbre venía del Japón. Todo hombre por malvado que fuera tenía derecho a que se pronunciasen unas palabras en su recuerdo, antes de que el gatillo exterminador del “Poeta” le hiciese pasar a mejor vida.

Lleno de whiskey

tu espíritu ya vuela

por la pradera.

Le había recitado al borracho Walton, cuando le acusó de marcar las cartas.

Te reunirás

con tus antepasados

bajo la luna.

Le espetó al indio “Jefe de picas”, un Sioux corrompido por la civilización del hombre blanco, que le amenazó con su cuchillo.

En cierta ocasión, que descubrió al cruel “Ojos de hielo” sacando un as de la manga, le anunció:

Trío de ases?

la muerte te ha ganado:

¡Póquer de ases!

   Pero Will hacía tiempo que estaba enfermo. Le aquejaba el mal de los poetas: la tuberculosis, aunque no por ello dejaba de beber y fumar sus largos cigarros, noche tras noche.

   Aquel crepúsculo sin luna, Maggi, la única mujer que le había querido, apareció angustiada en casa de Doc Hunter el médico circunstancial del pueblo, borracho empedernido que practicaba su oficio entre borrachera y borrachera.

   - ¡Doc, venga corriendo, el “Poeta” está muy mal!

   Cuando Maggi consiguió hacer llegar al doctor, entre maldiciones y escupitajos a la cama de Will, este yacía inconsciente y desencajado en el frío suelo de madera de la lúgubre estancia.

   - ¡Está muerto, llamad a Jeremiah! – diagnosticó Doc con autoridad.

   Maggi, la delgada amante del “Poeta”, que en realidad se llamaba “Cara de luna” pues era una india mestiza de hermosas facciones, a la que su piel emblanquecida había hecho ser repudiada por su tribu, lloraba amargamente.

   El sepulturero, en agradecimiento a su amabilidad con él, le enterró con sus dos pistolas de cachas doradas. Pero eso sí, con una sola bala, como siempre.

   Muchos años después se descubrió que John William Keat, el “Poeta”, era el afamado escritor que periódicamente había estado enviando relatos de gran éxito editorial a “The Eastern”, el diario de mayor tirada de la costa este, bajo el seudónimo del “Duque”. Este hecho le había reportado una notable fortuna, que sus presuntos herederos reclamaban cobrar, por lo que un juez ordenó la exhumación de su cadáver para comprobar el ADN.

   El forense encargado del caso descubrió con gran sorpresa que el “Poeta” no había muerto de tuberculosis, sino que había sido enterrado vivo, y que había muerto por deshidratación y falta de oxígeno. Tenía una insólita mueca de satisfacción en los labios, y uno de sus revólveres, cargado con una sola bala sin disparar en la mano. En la tapa interior del féretro se pudieron leer estos versos gravados:

Ruleta rusa,

una bala girando

y siempre gano…

Publicado la semana 8. 25/02/2018
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