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06
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  El señor X. era extremadamente escrupuloso, especialmente en lo que a su higiene se refería, como denotaba la perfección inmaculada en el cuidado de su fino bigote, perfilado con la destreza de un delineante. Rehuía habitualmente el contacto físico y le producía una especial desazón la costumbre bárbara de tener que dar la mano a otras personas.

  Odiaba este ritual de cortesía tan extendido, de tal manera que siempre intentaba evitarlo. Mas cuando ya acorralado por su oponente, este le tendía la mano desafiante, procuraba desviar su atención, propinando una palmadita en el hombro o en la espalda, con la esperanza de substituir tan horrible acto de promiscuidad por otro menos íntimo.

  De dar o recibir besos en las mejillas, ya ni se planteaba la más mínima posibilidad, argumentando siempre un contagioso resfriado permanente, que disuadiese a su oponente.

  Cuando agotados todos los recursos, no podía evitar haber de estrechar una mano comprometedora, su imaginación empezaba a atormentarle, recorriendo los más recónditos y asquerosos recovecos en los que dicha extremidad habría estado antes que estrechara su mano, y la suerte de microorganismos, mucosidades, sudor, virus y bacterias de las que era portadora y que le iba a traspasar. Inmediatamente después de consumar tal acto, debía buscar un lavabo donde liberar su piel de tan desagradable intercambio.

  Aquel extraño día en que entró en la agencia bancaria, no sospechaba que aquella fobia acuciante que torturaba su existencia, iba a derivar en algo aparentemente tan terrible para él.

  No tenía más remedio que ser amable con el director de la pequeña sucursal del barrio en el que vivía, pues la institución acababa de concederle un préstamo muy necesario para sus maltrechas finanzas.

  El señor Y. era no obstante cordial y amable. Su porte distinguido, su barba cuidadosamente perfilada por debajo del mentón y el corte elegante de su traje, de igual manera que su camisa esmeradamente almidonada, le inspiraban confianza.

  Consiguió evitar el saludo inicial, pues llevaba tiempo esperando y le hicieron entrar apresuradamente.  A pesar de ello, tal y como se había estado temiendo la noche anterior al encuentro, al finalizar la entrevista aquel hombre ceremonioso y formal le tendió la mano para despedirse.

  - Señor X., ha sido un placer tratar de nuevo con usted, espero haberle sido de utilidad.

  Extendió una mano vigorosa y amenazante con tanta energía, que nada parecía evitar el tener que estrecharla. Al menos pudo observar que se distinguía por una cuidadosa  e impecable manicura.

  - ¡Oh Dios mío, el tacto era cálido! – pensó – el tibio hogar de millones de bacterias amenazantes…

  Por si fuera poco, el ceremonioso director del banco mantuvo su mano atenazada, mientras con la otra envolvía aquel racimo de promiscuidad y sacudía el conjunto frenéticamente, hasta que casi hizo caer su monóculo.

  Intentó desasirse de la trampa infecciosa, cuando con gran sorpresa y estupor descubrió que no podía hacerlo… Sus dos manos derechas se habían quedado como enganchadas y por más que ambos intentaban separarlas, no lo conseguían.

  - Bueno, esto es realmente embarazoso – musitó el señor Y. - Vayamos al lavabo de mi oficina, a ver si con agua y jabón…

  - Sí, sí, mucho jabón – corroboró el señor X.

  El intento fue inútil, era como si la piel de las palmas de sus manos se hubiera soldado en una sola y cualquier intento de despegarlas provocase que estas se rajasen, aflorando la sangre.

  - Me temo que debiéramos acudir a un doctor, señor Director la situación empieza a ser preocupante.

  El diagnóstico fue concluyente. No había posibilidad de despegar sus epidermis sin afectar gravemente a sus extremidades, ya que estaban como fundidas en una sola, de manera que se podían producir daños irreparables. Habría que esperar a ver como evolucionaba la patología y hacer más pruebas.

  Al principio no dieron crédito a lo que les estaba ocurriendo. Pero ambos hombres, sensatos y pragmáticos, decidieron pactar el inicio de una protocolaria conducta a seguir, mientras perdurase esta engorrosa situación.

  - Bueno, bueno – dijo el señor Y. condescendiente, - usted vive sólo, me temo que tendrá que convivir conmigo y mi familia durante algún tiempo. Vamos a comer a mi casa, le presentaré a mi mujer y a mis dos hijos.

  El señor X. pensó que en cualquier momento despertaría de tan horrible pesadilla, pero no fue así y accedió a que llamaran al chófer del señor Director, que estaba al corriente de todo, y así salir por la puerta de atrás para no provocar comentarios indiscretos. Ya nada le importaban los virus, la higiene ni el contacto, sólo deseaba librarse de aquella pesadilla.

  La mujer del Director, la señora M., era una persona afable y cordial, que junto a sus hijos, primorosamente educados, intentó hacerle la incomodidad más llevadera. Por cierto que guisaba como los ángeles. La hija mayor L. era muy tímida, pero encantadora, y el pequeño T. muy alegre y cariñoso.

  Diseñaron entre todos juntos una separación de tela a modo de dosel en el amplio dormitorio del matrimonio, y adosaron una cama para que pudiera dormir el extraño visitante, manteniendo las manos de los hombres juntas, pero con una mínima intimidad. Eso sí, la higiene y las necesidades debían ser compartidas, por lo que aplicaron un similar sistema de privacidad en el amplio lavabo que disponían.

  Se puede imaginar la angustia y desazón que esta situación había de provocar, especialmente al señor X., pues al menos el señor Y. estaba más acostumbrado a la convivencia familiar, y por otra parte era un hombre muy creyente, que aceptaba con estoica resignación las vicisitudes y las duras pruebas que Dios Nuestro Señor le enviaba.

  Resolvieron asistir medio día alterno, al respectivo trabajo del otro, para poder continuar con sus tareas laborales cotidianas, gracias a la comprensiva actitud de sus respectivos superiores y a la valía profesional que ambos se habían labrado concienzudamente. Por cierto, obviaba decir que el señor X. era un funcionario muy cualificado de la gran Biblioteca Nacional, donde había desarrollado su labor desde la más temprana adolescencia. Compartían estoicamente la media jornada laboral, sin que en ningún caso hubiese el más mínimo atisbo de intrusión del uno en la del otro. Tampoco el señor X. se permitía interferir, en la medida de lo posible en la vida familiar de sus anfitriones.

  Pasaron los meses y los años y la extraña e incomprensible unión era cada vez mayor. Los vasos sanguíneos, los tendones, hasta los huesos de sus manos se iban fundiendo progresivamente, sin dar opción a la ciencia a encontrar una solución que no fuera la respectiva pérdida de su más preciada extremidad, a la que ninguno de los dos, por diferentes y personales motivos estaban dispuestos a acceder.

  El señor X. se convirtió en uno más de la familia, e incluso se permitió el lujo de experimentar algo que en su vida nunca antes había conocido, puesto que huérfano temprano, había pasado su infancia en un hospicio. Se trataba del cariño, ese sentimiento que desprecia la higiene y los escrúpulos y mueve a los seres vivos a mantener un contacto muy cercano de los unos con los otros.

  Pero un día aciago, las reminiscencias de su delicada salud, fruto de su paso por el hospicio, les pasaron una cruel factura. Contrajo un virus incurable, que poco a poco se apoderó de su vida.

  El señor Y., de complexión mucho más robusta, fortalecida por la buena alimentación y una vida confortable fruto de un pasado acomodado, tanto de él como de sus predecesores, no daba muestras de contagio a pesar de que con el tiempo este sería inevitable, pues sus defensas no podrían frenar una puerta de entrada tan franca como eran los tejidos, capilares y huesos de la mano compartidos.

  Un sombrío día de febrero, el señor X. se dirigió en privado solemnemente a su anfitrión y ya amigo:

  - Señor Director, no puedo más que sentirme agradecido a la vida, por haberme permitido conocerle a usted y su familia, aunque haya sido en tan extrañas circunstancias - a pesar de la intimidad compartida, ambos aun se trataban de usted ceremoniosamente, como símbolo de respeto -  Yo no era feliz, nunca lo fui, y sin embargo con ustedes…

  - Vamos, vamos – contemporizó nuevamente el señor Director – La vida nos sorprende y quién sabe que nos reserva el destino detrás de cada esquina; pero si puede ser bueno a pesar de parecer malo, todo tiene un sentido. Usted también nos ha honrado con su presencia discreta y ordenada. Ha sido un ejemplo para mis hijos, y siempre atento con mi mujer para compensar sus incomodidades.

  - Fíjese, necesitaba el crédito que usted me concedió para comprarme un vehiculo con el que desplazarme a la Biblioteca, que nunca he podido ni podré conducir. Aunque no me ha hecho la más mínima falta al disponer usted de su chófer.

  - No se desanime, su enfermedad puede mejorar.

  - No. Y lo malo es que le arrastraré en mi desgracia sin quererlo, pero no, eso no debe pasar.

  - Venga que nos espera la cena. Mi mujer ya tiene preparada la sopa.

  - Espere, acompáñeme un momento al lavabo, que tengo necesidad.

  Tras la cortina que les separaba, el señor Y. escuchó en un tono casi imperceptible decir al señor X.: - adiós amigo, despídame de su mujer y de sus hijos –, sobresaltándose al oír la detonación atronadora de la pistola que siempre guardaba en el cajón de su oficina del banco, y verse arrastrado de bruces al suelo. Con su mano liberada pudo parar el golpe.

Publicado la semana 6. 10/02/2018
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Cualquiera de Mahler excepto el Adagietto de la 5ª
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