48
F. Aizpun de la Escosura

PERVERSIONES

No sabía muy bien por qué empezó a frecuentar aquel lugar. Amaba a su mujer, aunque con el paso de los años había perdido el encanto de su juventud y la exigua fogosidad sexual, de la que ciertamente nunca había hecho gran gala como correspondía a una época gris y retrógrada. Pero más o menos como todas las parejas de aquella época, en que el hombre con su irrefrenable deseo sexual parecía mantener siempre una patética adicción al sexo socialmente reconocida, cuando para la mujer se convertía ya en algo ciertamente prescindible, como también debía corresponder.

Tampoco las necesidades de subsistencia les habían permitido dedicarse al romanticismo erótico, ni a preguntarse el porqué de las cosas que les pasaban, se hacían y basta. Ambos habían empezado a trabajar a muy temprana edad en muy duras condiciones, a causa de la necesidad. No tenían estudios básicos y eran analfabetos.

En realidad fue su mejor amigo quien le habló de aquel lugar y de la joven que allí “trabajaba”, una chica muy especial que aparte de tener una belleza singular, no era como las demás. Tenía su habitación llena de libros y hablaba de manera culta y elegante. Incluso en algún momento se permitía citar frases hermosas de los escritores que leía, o que a ella misma se le ocurrían.

Pero era una puta, y todo lo demás no importaba. Sin embargo a él aquello sí que le atrajo de una manera misteriosa, y no precisamente por un impulso de desahogo sexual, si no por algo mucho más intenso. Y repito que sin saber por qué, un día se acercó a aquel lugar.

Se sitió muy avergonzado, cuando su amigo le condujo a aquel recibidor endomingado, donde les esperaba una señora madura, discreta pero inquietante.

- Mi amigo quiere conocer a una de sus chicas, de la que le he hablado mucho. Es un tío muy legal, y aunque es un novato en esto, no os dará ningún problema y pagará religiosamente.

A pesar de todas las penurias pasadas, toda una vida de duro trabajo le había permitido tener un pequeño rincón económico, que ahora les hacía a su mujer y a él, la vida un poco más holgada. Además los hijos ya se habían emancipado por lo que ello aliviaba el remordimiento que aquel dispendio le reportaba.

La joven era ciertamente hermosa y al principio le pareció muy tímida. Su mirada era… diferente. Como si reconociese más allá de tu presencia, como si te leyera por dentro.

Ambos estaban nerviosos, hasta que él se quitó la boina con vergüenza y ella empezó a descalzarse y después a desvestirse. El la observaba alarmado, hasta que la detuvo con un gesto y le pidió:

- No, no sigas por favor – no pudo evitar pensar en los pechos de su mujer, mucho mejor formados que los de ella, mientras le decía:

- Me, me podrías leer algo bonito primero.

- ¿Cómo?  - respondió ella - sólo tenemos media hora.

- No te preocupes, pero tú léeme algo.

Descalza y semidesnuda, escogió a Pessoa. Aquel hombre le recordaba a Alberto Caeiro.

- Desde mi aldea veo cuanto desde la tierra se puede ver del universo…

Por eso mi aldea es tan grande como cualquier otra tierra,

porque yo soy del tamaño de lo que veo

 y no del tamaño de mi altura…

El le puso un chal sobre los hombros mientras ella leía, dejando al descubierto la fragilidad de sus senos livianos y delicados, que temblaron mórbidamente al pasar la página del libro. Luego acercó a sus pies las zapatillas de bailarina que guardaba bajo la mesilla de noche y se las puso delicadamente, procurando acariciar tenue y discretamente sus talones, sin que ella se alarmase.

- ¡No, no pares, no pares, sigue, leyendo!

Cuando ella acabó el poema, él, terriblemente avergonzado, notó húmedo el pantalón y le dijo suplicando:

- ¡Enséñame a leer, y a escribir! ¡Por favor!

- Pero hay escuelas para gente mayor… ¡Aquí…, aquí se viene a follar! Yo no soy una maestra, ¡soy una puta!

- ¡Enséñame tú, por favor, te lo suplico!

- ¿Y de follar qué?

- Ya veremos, primero enséñame a leer. Eres muy guapa, pero mi mujer lo es más para mí. Sin embargo tienes algo que ella no tiene, ni yo. Y yo…, yo quiero que me lo enseñes.

- Esta bien, me habían pedido cosas raras, pero nunca me había pedido esto… ¡follarme a base de lectura y escritura!

- Cuando torpemente él reseguía la caligrafía con dificultad, ella pensaba que aquello era peor que las perversiones que sus clientes le pedían, y deseba que en la próxima visita, él sólo quisiera echar un polvo y hacer de puta como siempre. Pero eso nunca sucedía.

Sólo en una ocasión, cuando él consiguió por fin leer de una tirada un poema de Neruda, ella le besó espontáneamente en la mejilla, y él le devolvió el beso en los labios.

- Lo siento, le dijo

- ¿Lo sientes? ¿el qué? ¿besar a una puta?

- No vuelvas más, ya sabes leer y escribir. Regresa con tu mujer, enséñale todo lo que sabes y ámala.

- No te olvidaré.

- Ah sí, ¡olvídame!, pero antes ¡escríbeme!

Lo hizo, y le compuso uno de los más bellos y extraños poemas que nunca antes había leído y que siempre se repetía mentalmente, antes de recibir a cada nuevo cliente.

Cuando finalmente la mujer de nuestro ex-analfabeto, que sospechaba lo de las visitas furtivas al burdel, le reveló bruscamente su descubrimiento, él acorralado le respondió:

- Me gustas cuando callas porque estás como ausente,
y me oyes desde lejos, y mi voz no te toca.
Parece que los ojos se te hubieran volado
y parece que un beso te cerrara la boca.

Publicado la semana 48. 30/11/2018
Etiquetas
Compartir Facebook Twitter
Género
Relato
Año
I
Semana
48
Ranking
1 99 3