Semana
40
F. Aizpun de la Escosura

Karlův most (El puente de Carlos)

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Relato
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Sentado en su escritorio habitual, apuró la taza de té y decidió finalmente concluir el libro que hacía meses llevaba escribiendo. Redactó su último capítulo así:

“Era verano, mediados del mes de agosto con más precisión, aunque el frío viento que bajaba por el río Moldava, más bien hacía pensar en el otoño de nuestra tierra. Un vuelo barato y un coche de alquiler nos habían traído a través de Alemania hasta Praga.

Regresábamos una vez más al hotel, situado en el encantador barrio de Malá  Strana atravesando el puente de Carlos IV. Desde el primer momento me había impresionado la fuerte personalidad y singularidad de aquel recorrido, esencial en el alma de Praga.

Aunque poblado de grupos de turistas, músicos callejeros y caricaturistas, la fuerza de su espíritu era tan grande que no costaba más que un mínimo esfuerzo de imaginación extraer aquellos elementos ajenos y representar su esencia desnuda, suponerlo en su estado natural más auténtico, probablemente en invierno, desierto y frío bajo el rigor  de  heladas temperaturas bajo cero.

Al abandonar la ciudad vieja y traspasar la primera torre de defensa que custodia el puente, el lento caminar a través del río, presidido a lo lejos por la visión imponente del castillo, es acompañado por las sucesivas figuras gesticulantes de piedra sobre los pretiles, que parecen increpar adustamente el ánimo del caminante sobrecogido. No parecen estatuas, sino más bien sombras. La piedra ennegrecida y áspera les confiere un aspecto irreal y siniestro, infundiendo en el alma el temor al incierto destino que aguarda tras el arco y la torre que al final del puente debería conducirnos al barrio de Malá Strana.

- Si la muerte es atravesar un puente, el mío será sin duda este, -pensé.

Imaginé a mi vida representada por una hermosa mujer madura de piel sonrosada y cálida, de cabello rubio y suaves facciones agradables, acompañándome hasta la mitad del puente, para que su mano suave condujese la mía hasta posarla en la larga y elegante mano de dedos fríos de una rival pálida y hermosa, de negro pelo y mirada serena y enigmática.

- Vamos a ver si encontramos unos recuerdos -dijo mi mujer al aproximarnos al final del puente.

-Yo os espero aquí si no os importa.

-Vale, ahora venimos – accedió ella comprensiva, pues sabía que me cansaba ir de tiendas.

Desde el final del puente contemplé lánguidamente el trayecto que quedaba atrás y las negras figuras que lo custodiaban en una teatral sucesión. Apenas se distinguían las facciones de sus rostros ennegrecidos y erosionados; bien podrían ser el escenario ideal de un recorrido postrero. Pensé en el Nepomuceno, inmolado en el silencio, arrojado a las frías aguas que habían de preservar eternamente su secreto. Intenté imaginar cómo sería su última visión del puente y apoyado en la gruesa baranda de piedra, empecé a escribir en un cuadernito que siempre llevaba.

Praga, 13 de agosto de 2006.

Querida vida:

Nunca antes se me había ocurrido escribirte. Sabes muy bien cuanto te he querido, aunque no siempre te haya sido plenamente fiel. Me regalaste una infancia intensamente feliz, con todo aquello que un niño precisa para serlo y quizás fue cuanto más te quise,  como se quiere a una madre sin saberlo, sin conciencia ni deseo. A veces incluso pienso que me diste demasiado, y que como aquellos seres que, infelices en la infancia, pasan la vida buscando desesperadamente la dicha que no tuvieron, yo he anhelado siempre el poder recuperar la que tú me regalaste. Tal vez esperabas con ello que te fuese siempre fiel, incluso cuando a veces no me dieras demasiados motivos para ello.

Me trajiste la adolescencia, con sus dudas, impulsos e inquietantes descubrimientos. Ya no veía en ti a una madre sino a una amante, a veces desconcertante, a veces tierna y melancólica,  sensual, embriagadora y distante.

En ocasiones te era romántica y góticamente infiel, anhelando otras existencias, o incluso pensando que no temería perderte. Como a la mujer ideal soñada, imaginada e inexistente te busqué ciegamente sin hallarte. Sin embargo a cambio de tu fugacidad esquiva, de tus enigmas constantes sin respuesta, me concediste  dones preciosos.

Pasado el tiempo conseguí amarte serenamente, aceptándote  cómo eres, sin cuestionarte ni increpar tus sinsentidos; aunque en algún momento oscuro temiendo ser seducido con la más temida de tus rivales.

He amado mucho; a personas, animales y cosas, tanto, que ya no querría sino sólo amar y ser un poco amado, contemplando sobre tu río preciosas libélulas azules.

Ha pasado el tiempo y siento sin embargo la certeza de que si me ofreciesen volver a nacer a una nueva vida, perdiéndote irremediablemente en el cambio, no dudaría en negarme, y de tu mano irrepetible atravesar para siempre el hermoso puente sin retorno, nunca sustituirte ni renunciarte. Esa ha de ser mi ofrenda de fidelidad sincera, para siempre contigo vida mía.

Querida muerte:

Me gusta imaginarte hermosa, y no cómo siempre te representan, siniestra y acechante. En la infancia formaste parte de mis juegos de acción, protagonista de gestas heroicas, batallas épicas, actos inmensos de valor y entrega, o  simples duelos al sol, que culminaban con tu imaginaria presencia sublimando las hazañas de los héroes representados.

En la adolescencia, ante mis ojos, tu imagen se volvió lánguida y romántica como la de esas estatuas inexpresivas de pálida lividez que se alzan sobre panteones góticos de cementerios sombríos, entre cipreses y mármoles fríos. Te asociaba más bien a dramas de desamor, o a la seducción mesiánica de mártires y revolucionarios que habían de redimir el sufrimiento del mundo con la entrega de su juventud inmolada. Siempre idealizada, desconocida y lejana, quizás por ello nunca temí tu mirada. No se ha de temer al mensajero, pensaba, atribuyéndole fatalmente el ser portador de malas nuevas. No me estremecía el figurarte, hasta a veces osado incluso me fascinabas.

Pasado el tiempo te fui conociendo mejor, entre rosas heladas y yermos rostros amados, pero seguí sin temerte, ni odiarte. Más temí en ocasiones a tu eterna rival, la rutilante vida.

Mejor que como una calavera siniestra, armada de guadaña y pavorosa, prefiero imaginarte elegante, hermosa y fascinante; tu rostro de pálida belleza, claro y sereno, y tu mano tersa y firme, de largos dedos delgados estrechando la mía, para cruzar  el hermoso puente sin retorno; sin dolor ni miedo, hasta encontrar en la otra orilla lo que en esta perdí, o quizás no encuentro. Habrá de ser hermoso y pleno sin duda, y por eso habrá valido la pena vivir. Espero mucho de ti, y estoy seguro que no has de defraudarme con una burda, vacía y ridícula nada. Serás sin duda el mejor de mis viajes, sabiendo que morir tiene sentido.

Detuve mi lápiz sobre el papel y alzando la vista miré hacia el río. Bajo el puente las aguas corrían turbulentas e inquietantes. Sentí frío, recordé nuevamente al Nepomuceno y me sentí triste y sombrío como las esculturas negras ancladas en el puente y en el tiempo. Volví a mirar la corriente gris y turbadora del Moldava, otra vez el abismo seductor, hondo y ciego.

En mi cerebro parecía sonar el fragmento de “La sonámbula”: “Ah non credea mirarte”, mientras me imaginaba cómo ella recorrer lentamente el pretil del puente.

Miré de lejos los ojos de mi hijo, negros intensos y profundos, el pelo también negro de mi esposa y su sonrisa inmensa, que ya regresaban. El ennegrecido sombrío de las estatuas desapareció; entonces plácidamente sobre la orilla del río, bajo el puente, distinguí un leve reflejo y quise imaginar que eran dos hermosas y familiares libélulas azules, resplandecientes, queridas, revoloteando fugazmente cerca del agua. Me invadió una inmensa sensación de paz, como cuando de niño, al despertar los días de fiesta, en mi cama veía la luz del sol a través de las rendijas.

Sentí como si las alas de las libélulas me rozasen el alma y me pareció haber vuelto de nuevo a casa. Lentamente, de la mano de mi mujer y de mi hijo, acabé de atravesar el  hermoso puente hasta alcanzar el otro margen del turbulento río.”

Dio por acabado su libro, escribió la palabra fin y apretó la tecla de imprimir mientras se decía a si mismo:

- Es mi último libro. Creo que ya he relatado a través de mis personajes todo lo que tenía que decir. No escribiré más. Bueno tal vez sólo me quede por decir, personal y confidencialmente, que en algunas ocasiones me pareció haber sido feliz…

Publicado la semana 40. 05/10/2018
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