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04
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Enero no tiene nombre de emperador, pensó mientras recogía el árbol de Navidad con desgana. Ni de planeta o de satélite, aunque parezca un gran lunes. Tiene el regusto del roscón pasado, el color del vino reseco en el fondo de la copa,  el  bouquet del cava desbravado y la piel de un preservativo gastado. Es el Waterloo y el Accio de los sueños de equinoccio, los óleos esparcidos y sucios en una paleta abandonada, imaginó El, al guardar las lucecitas de colores primorosamente enrolladas, en una caja de cartón que ponía Navidad. Todos se van, y te vuelves a quedar con tu soledad, y muchos propósitos que sabes que nunca cumplirás.

Salió al jardín a recoger la nieve que había estado cayendo durante toda la noche. Sí, en Navidad era bonito ver como caían los copos, mientras sonaba tibio el Adestes fideles o el dulzón White Christmas de Sinatra, pero ahora empezaba ya a tocar los cojones…

Comenzó a sacudir la cara del muñeco de nieve que habían hecho sus sobrinos con la escoba. De pronto notó algo duro en su interior y con las manos protegidas por los gruesos guantes apartó la capa de nieve que lo revestía.

Ante su sorpresa apareció el rostro de hielo cristalino de una mujer muy hermosa. Apartó toda la nieve que pudo y contempló anonadado como el cuerpo entero, desnudo y de hielo también, se revelaba transparente y perfecto...

- ¡Quién ha hecho esto! Que belleza! - exclamó sin entender nada.

Estática, la figura empezó a hablarle sin mover un ápice de su rostro helado.

- No temas, no soy una alucinación, soy real aunque de hielo. No sufro, no siento, no muero, sólo soy hielo.

- ¿Qué necesitas? ¿Te llevo adentro? ¿Qué puedo hacer por ti? ¡Dios mío que locura!

- ¡No, no! me desharía con el calor.

-Espera, traeré algo para taparte.

Apareció al momento con su gabardina y la colocó cuidadosamente sobre el cuerpo cristalino. Sus ojos inexpresivos eran tan hermosos, se reflejaban en sus mejillas las luces de colores que aún quedaban en la calle.

- No te preocupes, soy como una escultura, nadie va a sorprenderse ni a enterarse de que tengo vida, sólo tú...

Tiernamente acarició su frente helada con el rostro de la mano y la besó en el relieve de la comisura de los labios. Experimentó una sensación tan excitante y sobrecogedora que creyó que perdía el conocimiento. El frío más intenso, junto a una especie de corriente eléctrica ardiente le atravesó los labios.  Se sintió como poseído por un éxtasis narcótico.

- ¡Amame! - le susurró la voz de hielo.

- Pero quien eres tú, yo…, no puedo...

- Ssh,  imagina que soy el invierno, sólo ámame más que a la primavera y ya nunca la desearás más que a mí, te lo aseguro.

Lentamente introdujo la mano por la abertura que dejaba la gabardina y acarició la forma perfecta de su pecho de  hielo... y enloqueció.

Guardó celosamente su secreto y explicó a todo el mundo que había comprado aquella escultura hecha de hielo, a un artista nórdico muy famoso y que se trataba de una representación femenina del invierno. Compró una pequeña haima para protegerla de miradas indiscretas así como de la nieve y la lluvia. En la entrada y en la salida colocó la efigie del dios Jano de las puertas, el de las dos caras, al que los antiguos consagraban e invocaban en el primer mes del año, en invierno.

Se pasaba las noches enteras admirándola, y escuchando las bellas historias del norte que ella le narraba, colmadas de paisajes congelados y animales lanudos y feroces. ¡Se sentía tan bien a su lado, sólo contemplando su hechizante perfil de hielo!

Empezó a vestirse con ropa cada vez más ligera. Incluso se unió al grupo de chiflados que una vez por semana se bañaban en las aguas heladas del lago, convirtiéndolo en su ritual diario. Ya no probaba la comida caliente y había renunciado a la calefacción de su hogar.

- Es que el gas es tan caro… - se justificaba ante los pocos visitantes que tenía, ateridos por el frío que hacía en su casa, mientras él vestía una fina camisa blanca, un pantalón de verano y chanclas.

Y cada noche sin falta, visitaba la haima de su jardín, hechizado por la belleza que albergaba. Hacerle el amor era como sumergirse en un profundo mar ártico, estallando en excitantes sensaciones de escarcha; fundirse con un glaciar de pasión, o viajar por el espacio helado hasta el éxtasis, en una detonación de endorfinas.

Dormitaba casi todo el día y apenas comía. Su piel y su cabello se iban volviendo cada vez más blancos, el ritmo de su corazón era más lento y huía del contacto humano. Sólo veía placer y belleza en el frío intenso, y el blanco era su único color. Sintió que odiaría la llegada de la primavera y no soportaba el canto prematuro de los pájaros.

Los primeros rayos de sol del final del invierno le hirieron y empezó a no salir de casa más que para visitar la haima.

Los vecinos, avanzada ya la primavera y preocupados al haber pasado varios días sin verle, llamaron a su puerta. Al no encontrarle en la casa, se adentraron en la pequeña haima y descubrieron, entre sorprendidos y preocupados un gran charco con sus gafas y sus chanclas sumergidas. El nunca más apareció.

Escondidas en un rincón del jardín, bajo el cerezo que florecía complacido, dos figuras cuchicheaban:

- Como molan tus inicios de año Jan. Ya me habían dicho que siempre asegurabas buenos finales a los que cruzan tus umbrales, deseando comenzar a cambiar.

- Bueno amigo Eros, esta vez me has ayudado mucho. Tú nunca fallas. Los mortales siempre esperan abrir puertas nuevas, cuando otras se cierran, si no se deprimen, especialmente en invierno. ¿Te ha gustado mi chica de hielo? Lástima que su amor le dejase “helado” ¿eh?

La figura que hablaba con voz de hielo tenía dos caras, con una miraba hacia delante y con la otra hacia detrás y  a veces era un poco hipócrita.

 

Publicado la semana 4. 27/01/2018
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