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35
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Siempre he pensado que el infierno es un lugar muy cálido donde permanentemente te estás mudando de vivienda o de despacho a un piso sin ascensor.

Sí lo reconozco, soy neófobo. Y a pesar de ello por diversas circunstancias he cambiado en numerosas ocasiones, a lo largo de mi existencia, de lugar de residencia y de lugar de trabajo, haciendo acopio de valor y entrega, sufriendo enormes daños colaterales y  perdiendo en el traslado partes muy dolorosas de mi vida. He llegado a besar paredes y abrazar muebles, en un intento desesperado de conservar vivo su recuerdo, porque el tiempo y el espacio, arrasan hasta el recuerdo de las imágenes más queridas.

Pero sin lugar a dudas lo que peor llevo, son las frustraciones cotidianas y los inconvenientes que me provocan reiterada y obsesivamente, las cosas que hay que reemplazar constantemente cada día. La sensación del tiempo que ello representa, robándome la posibilidad de dedicarlo a actividades mucho más necesarias, y el temor a encontar lo más adecuado, desequilibra dolorosamente mi frágil estabilidad emocional.

Apretujo desesperadamente el tubo de pasta de dientes, convertido en una mínima expresión informe, en un intento de prolongar el instante de reconocer de manera inapelable, que ya no conseguiré obtener ni una molécula más del precioso material y tendré que reponerlo; o recurrir al del neceser, de marca blanca y muy pequeñito, lo que tan solo me dará una pequeña tregua y alargará unos días mi agonía.

Intento racionar angustiosamente los retales de papel higiénico que quedan en el cilindro de cartón, aún a riesgo de no completar adecuadamente mi meticuloso ritual de higiene íntima, sabiendo que indefectiblemente culminará en el bidet (un maravilloso artefacto minusvalorado hoy en día, que nunca te deja en la estacada), alargando excesívamente el tiempo estrictamente programado para tan poco noble actividad.

Renuncio a la dosis esperada de sal, consolándome con grandes beneficios para mi salud, cuando lo único que hago es agitar los granos de arroz en el salero vacío, con tal de no afrontar el reto que representa reponerlo. Además tengo la certeza de que en el momento en que vierta el contenido del paquete de papel grueso mal abierto, este se esparcirá indefectiblemente por el mármol de la cocina, haciéndome perder aún más tiempo en recogerlo.

El cubo de basura lleno y rebosante, se convierte en una de mis peores pesadillas, y si encima no dispongo de bolsa de repuesto, comienzo a necesitar los ansiolíticos.

La luz de reserva del combustible del coche es una auténtica tortura. Mi vida aguardará, angustiosamente en reserva, que reúna las fuerzas suficientes para tomar la iniciativa de acudir a una gasolinera en el momento imposible en que no tenga prisa en desplazarme, a sabiendas de que encontraré todos los surtidores ocupados, el camión de repuesto del combustible, o una cola infinita en la caja, donde permaneceré un largo tiempo, con la seguridad de que no me abandonará el olor a gasoil de las manos durante todo el día.

Cuando superados los traumas de la paranoia de lo nuevo y de su reposición, disponga ya de una nueva recarga, se que me invadirá la satisfacción y la vana ilusión de que tarde mucho tiempo en acabarse.

Lo sé, a mi edad ya nunca podré superarlo. Por eso tengo el firme convencimiento de que el cielo es un lugar donde nunca te mudas, y jamás, jamás se acaba el papel higiénico…

Publicado la semana 35. 01/09/2018
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