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26
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Solo tenía una amiga, se llamaba Sole. A su marido no le gustaba que se relacionase con la gente, y mucho menos que tuviese amigas. En general no es que fuera desagradable con ella, salvo cuando se enfadaba, y de hecho la quería mucho, pero con un amor posesivo y autoritario. Nunca soportaría que su mujer no estuviese en casa cuando él regresaba, por cierto bastante tarde después de la última cervecita con los compañeros del Negociado, o que la cena y todo aquello que se refería a la vida doméstica, no estuviese en orden de revista.

Ella cuando se casó, tampoco se planteó acabar los estudios, ni mucho menos buscar trabajo, y además en seguida llegaron los niños…

Era hija única, de personalidad muy sensible y carácter inseguro, acostumbrada a la única compañía de asistentas, pues su madre tenía una vida social intensa y su padre trabajaba mucho, dentro y fuera de casa. Hasta que él enfermó, ya no pudo trabajar y murió totalmente desequilibrado. Ella le adoraba.

Siempre fue bastante inadaptada y nunca desarrolló una capacidad de relación con las personas adecuada. Por todo ello decidió que su auténtica vocación y las únicas personas a la que se entregaría serían su marido y sus hijos, a los que nunca permitiría sentirse solos, o en manos de extraños.

Cuando el tiempo pasó y los chicos se fueron de casa, su vida empezó a parecerse a los teatros vacíos, a las ciudades de noche y a las dunas del desierto, siempre en silencio…

Como varones herederos de la preponderancia masculina al uso, los hijos tenían una cierta tendencia a infravalorar a la única presencia femenina que había formado sus vidas, y muy de vez en cuando se acordaban de ella y de sus sentimientos. Luego llegaron los nietos, pero al abuelo le perturbaban, y sus visitas eran racionadas.

Las mañanas eran más llevaderas, pues después de leer detenidamente la prensa, una vez su marido había marchado, empezaba a preparar la lista de la compra para dirigirse al mercado, después de hacer un repaso general a la casa en compañía de su asistenta, a la que trataba con exquisita amabilidad.

Cuando la asistenta y el marido marchaban después de comer, ya sólo le quedaba esperar a ver si aparecía su mejor y única amiga Sole, que debía marchar siempre apresuradamente antes de que su marido regresara. Aunque en realidad no lo hacía del todo, pues su presencia impregnaba la casa incluso una vez él ya había llegado.

Aquella tarde le enseñaría la fotos más preciadas de cuando nacieron los chicos, especialmente aquella tan bonita del bautizo del mayor, y las de los disfraces de romanos, que les preparó con esmero para carnaval. Luego tomarían el té y leerían juntas varios capítulos de la nueva novela que tenía entre manos. Compartía con Sole sus lecturas, y descubría horizontes maravillosos del fascinante mundo de la literatura, al que siempre había sido una gran aficionada.

La tarde siguiente, Sole también vino, era Otoño, y en esa época la visitaba más a menudo. Recordaron historias de cuando era jovencita, y de los pretendientes que había tenido, imaginando qué sería de su vida si todo hubiera sido diferente…

- No me arrepiento de nada Sole, a pesar de todo. He sido muy feliz con mis hijos, y ahora…, bueno, ahora te tengo a ti para recordarlo.

Sin embargo, no podía evitar que Sole descubriese siempre la nube en sus ojos y el ligero y sutil temblor de sus labios.

- Yo estaré siempre contigo. Sé que no soy la mejor amiga que tú necesitas, pero puedo asegurarte que nunca te abandonaré y  vendré a verte para repasar juntas fotos y recuerdos, ¡ah! y aquella canción tan bonita que a menudo tarareas.

La tarde siguiente Sole no vino, pues el marido le propuso ir al cine a ver aquella película que habían estrenado. Disfrutó mucho viéndola, y después fueron tomar algo a aquella terraza tan animada. El estaba de buen humor y ella se sintió feliz.

Pero la tarde siguiente, y la siguiente, sabía que Sole volvería de visita a estar con ella, solas las dos…

Publicado la semana 26. 01/07/2018
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