Semana
23
F. Aizpun de la Escosura

El despertador de perros

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- ¡Profesión!

- Despertador de perros

-¿Quééé?

- Despertador de perros – insistió.

- ¿Me toma el pelo?

- No, es mi profesión actual. Les despierto cuando tienen pesadillas. Yo tengo dos míos, pero despierto a todos los que puedo. Muchas veces tienen pesadillas, sabe usted, sufren y empiezan a lloriquear y a temblar, incluso mueven las patas como si quisieran correr y huir. Entonces yo les acaricio suavemente hasta que me miran y se tranquilizan. A veces, si están profundamente dormidos, me cuesta mucho.

- ¿Me ha visto cara de imbécil? ¿Le van a acusar de asesinato y usted sale con esa gilipollez?

- ¡Shh! déjalo, está un poco majara – le susurró su compañero.

- “Despertador de perros” – escribió en el formulario policial.

- Vamos a ver, ¿qué hacía usted al lado del cadáver, cubierto de su sangre y sus vómitos?

- Intentaba despertarle, pero ya no pude.

- Ya, ¿y no tuvo nada que ver con su muerte?

- ¿Muerte? No, él no está muerto, duerme, pero ya no podemos despertarle, aunque ya no tiene pesadillas.

- Sí, como Julio César, no te digo… Anda pasa, pasa, que ya te entenderás con el juez y con los “loqueros”.

- Este tío está “pallá”, le dijo al compañero.

- Sí, parece que trabajaba con enfermos mentales y drogadictos hasta que también se le fue la olla. Vive debajo de un puente con dos perrillos callejeros.

El diagnóstico y la sentencia, tras numerosos análisis psiquiátricos fueron determinantes. Aquel hombre no estaba en su sano juicio y no había tenido nada que ver con la muerte del drogadicto. Sería internado en un psiquiátrico.

- No se preocupe, me haré cargo de unos de sus perros, mi hijo quería uno – le dijo el oficial del juzgado al verle desesperado -  y el otro le ha gustado a mi cuñada, vivimos en la misma escalera.

- No sabe cómo me alegra, es usted como ellos, bueno. Sobre todo que estén juntos de vez en cuando, son grandes amigos. Y despiérteles suavemente, cuando tengan pesadillas. No se arrepentirá, le harán mejor persona.

Se despidió de ellos con afecto, para dirigirse al vehiculo que le llevaría al centro psiquiátrico.

- ¿Hola tú a que te dedicas? – le preguntó el joven esquizofrénico que le abordó al bajar a cenar al comedor de la institución.

- Soy despertador de perros.

- ¡Uala que guay!, siempre me hubiese gustado serlo, pero no podía estudiar, y cuando aquellos hombres maltrataron y ahorcaron al perro, intenté despertarle. Pero ya no pude. Por suerte dejó de tener pesadillas. El hombreo rubio que ahorcó al perro también, cuando le golpeé con la piedra en la cabeza. Y entonces me trajeron aquí. ¿Hay que estudiar mucho para ser despertador de perros?

- No, sólo un poco de su comportamiento y sus costumbres, y practicar, practicar mucho. Yo paso la mayor parte de las noches en vela vigilándoles, y así he aprendido mucho. Pero sabes una cosa, antes despertaba a personas.

- ¡No! ¡Eso debe ser mucho más difícil todavía!

- Bueno sí, pero, al final ya no podía. Sé que todos los perros merecen ser despertados de sus pesadillas, y también sé cómo hacerlo, pero con las personas, es diferente, no pude…

- ¿Y tu no tienes pesadillas?

- No, ya te he dicho que casi no duermo, para vigilar a los perros.

- ¿Y qué harás aquí? No hay perros.

- Bueno, te despertaré a ti cuando tengas pesadillas, eres como mis perros.

- ¿De verdad? pero yo a veces soy malo, y golpeé a aquel hombre con la piedra.

- No, seguro que sólo te pasa cuando tienes pesadillas. Yo vigilaré, para que no te pase.

Noche tras noche velaba el sueño inquieto del muchacho, y cuando comenzaba a gimotear o a gritar aterrorizado, le acariciaba el pelo y contemplaba sus hermosos  y grandes ojos hasta que se abrían y le contemplaban tranquilizados.

- ¿Sabes, he descubierto que al otro lado del muro el guarda tiene un perro encadenado, y hay un agujero por el que se le ve. ¡Incluso le he acariciado! Cuando pase el vigilante de noche, podemos escaparnos sigilosamente y acercarnos, para despertarle si tiene pesadillas. Así yo dormiré poco como tú, y no tendré tampoco pesadillas.

- Vale, esta noche iremos.

Pero los dos olvidaron que las peores pesadillas son las que se tienen despierto. Cuando el chico tuvo la crisis era de día, y el “despertador” no estaba.

- ¡Dejadme verlo! ¡quiero verlo!

Acarició su pelo dorado, extendido sobre la hierba, pero no pudo despertarle.

- Ya no tienes pesadillas ¡duerme! Despertaré a nuestro perro hasta que se haga viejo, y luego, creo que me iré a dormir un poco.

Publicado la semana 23. 09/06/2018
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Dedicado a Aris.
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