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F. Aizpun de la Escosura

QUERIDOS ANIMALES

Visto sobre plano del parque de la Ciudadela, el Zoológico de Barcelona es un recinto de reducidas dimensiones, introducido apretadamente en un entorno urbano que con los años ha ido colmatándose cada vez más. Es una instalación a todas luces insuficiente, falta de espacio, más bien precaria y anacrónica; pero en los años dorados de mi infancia aquel reducto tenía una magia incomparable.

Allí aguardaba la Sabana Africana, la Selva Amazónica, la Estepa Siberiana, la Meseta Austral, la Antártida o el Océano Pacífico en un breve pero intensísimo recorrido de una mañana de domingo. Pocas experiencias felices superaban la de la visita a aquel extraordinario lugar, en la compañía de mis padres y hermano.

- El domingo podríamos ir al Zoo con los niños.

Aquella frase representaba una semana llena de ilusionada espera, y de una metódica recolecta de los restos de pan que sobraban de las comidas y que acumulábamos en una bolsa para llevárselos a los animales, cuando ello aún estaba permitido. Imaginaba una y otra vez el recorrido habitual que tan bien conocía por el recinto, reencontrándome en cada rincón amado, con sus peculiares habitantes, amigos inseparables de una infancia llena de ilusiones.

Todo el parque de la Ciudadela era a mis ojos seductor e inmenso, pero el verdadero tesoro se encontraba en el interior de la zona claramente delimitada por el acceso al recinto del zoológico y cuya extensión mi imaginación multiplicaba exponencialmente en proporción a la excitación que me producía recorrerlo. Una vez aparcado el coche, a medida que nos aproximábamos, mi entusiasmo aumentaba, con los sonidos inusuales y magníficos de las aves exóticas  y de los animales legendarios. Si al graznido de las aves se sumaba el rugido imponente de un felino, aquello ya era el cielo. La frondosidad vegetal del jardín autóctono del parque, adoptaba en mi imaginación una morfología extraña y hechicera de selva o sabana, suspendiendo aquellas horas en el espacio y en el tiempo, de mi entorno cotidiano y habitual.

El vehículo mágico de transporte a aquel mundo anhelado era una puerta giratoria de brazos metálicos entrelazados que chirriaba en su eje, con la fría pesadez del metal. Una vez dentro, el ansia ilusionada se apoderaba súbitamente de mi espíritu como el brebaje humeante y alucinógeno de una tribu aborigen.

Empezábamos el recorrido siempre hacia la izquierda, hasta el extremo de esta ala del recinto, visitando detalladamente cada espacio y reconociendo a los queridos amigos de siempre. Los primeros no eran los más espectaculares, pero gozaban del privilegio de inaugurar la visita y recibirnos, concentrando toda el ansia del inicio. Simpáticos y divertidos, tiernos y fascinantes, encendían mi pasión naturalista y me hacían soñar con los mundos recónditos de los que procedían, reflejados en un esquemático mapa y una sucinta explicación que leíamos siempre con fruición. Avivaba poderosamente mi imaginación la recreación de los hábitats y cobijos naturales de cada especie, en unos escenarios curiosos y llamativos que recreaban los exóticos paisajes de procedencia. Esta era también junto al placer de descubrir al animal, uno de los alicientes extraordinarios de la visita. Guaridas y madrigueras, explanadas rodeadas de agua, montículos de barro o arena y construcciones de obra camufladas con aspecto salvaje y animal, enriquecían la contemplación de cada rincón conocido y amado de aquel reducido entorno, a mis ojos infantiles vasto e inacabable.

Al final de este primer tramo del recinto, al fondo, en el recodo del camino que retornaba hacia el inicio por el lateral opuesto, se atisbaban unas jaulas imponentes y recias; era el mundo de los grandes felinos, preciosos animales de pelo magníficamente moteado, fieros hocicos e impresionantes caninos.

Leopardo, pantera,  jaguar…, de una belleza inquietante y legendaria. Unos agazapados, otros nerviosos y desafiantes, todos magníficos. De retorno hacia el punto de entrada, en un recinto algo más grande,  separado del camino por un foso de agua, el dominio del rey de la selva, indolente y majestuoso, yacía perezosamente, o paseaba nervioso, emitiendo cortos y cadenciosos rugidos ante la imperturbabilidad de las hembras sin melena, más serenas y resignadas. Su vecino el tigre, extraordinario y elegante, era también una imagen épica.

- Los machos de todas las especies siempre haciendo el ridículo, - sentenciaba mi padre, al ver aquel extraordinario ejemplar de león, rugiendo estentóreamente para atraer la atención de sus compañeras que no le hacían ni caso, y de los visitantes, estos sí admirados.

Una vez recuperado el punto de inicio, nos dirigíamos hacia la derecha de la entrada, hasta reencontrar uno de los iconos del parque: el gran foso circular de los babuinos, de amplias y espectaculares posaderas rojizas, que con sus payasadas hacían las delicias de los visitantes. El foso era enorme, rodeado de una alta pared de obra revestida de cemento rugoso y aristas redondeadas. Se hundía profundamente bajo la vista, hasta un nivel inferior al suelo, que servía de base a un complejo entramado de barras metálicas, toboganes y refugios que se alzaban por encima de nuestra vista, por los que los animales deambulaban alegremente o saltaban ágilmente. Se sentían observados, haciendo las delicias de los espectadores embobados. No estaba claro quien observaba a quien si nosotros a ellos o ellos a nosotros, pero el caso es que siempre permanecíamos un largo rato allí pues ofrecían divertidas situaciones.

Me gustaba mucho visitar el terrario, íntimo y recogido en semipenumbra, donde podías descubrir extraña formas prehistóricas de lagartos, ofidios e insectos. Los escenarios, allí entre cristales y oscuridad, eran aún más  teatrales y fascinantes.

Al llegar al recinto de la estrella del Zoo, el gorila albino Copito de Nieve, siempre esperábamos encontrarlo en la parte exterior del mismo, donde era más fácil observarlo sin aglomeraciones, pero la mayoría de las veces se encontraba en el interior en actitud despreciativa e incluso obscena, como si de un miembro de los Rolling Stones o de los Sex Pistols se tratase. Era una leyenda, protagonista, genial, consentido y sobre todo muy querido.

El acuario nos transportaba a un mundo de lánguida liquidez, atractivo y a la vez sorprendente por la profusión de formas y colores refractados en la oscuridad de los pasillos. Al salir a la piscina de los delfines, aquellos animales mitológicos evocaban mares antiguos. Inteligentes y vivarachos, jugueteaban con los entrenadores, encantados de ser la atracción del público asistente.

Me agradaba sentir la sensación, al salir del acuario  y volver al aire libre, de descubrir animales conocidos, osos, dromedarios, y los pavos reales, que muchas veces osaban escaparse insolentes, recorriendo junto a los visitantes los caminos del recinto.

Encarando ya la segunda mitad del trayecto, se hallaba otro de los ámbitos más anhelados: un recinto amplio, atravesado por una larga pasarela elevada donde se concentraba representada la fauna africana más conocida. Hipopótamos, rinocerontes, jirafas y un compañero siempre presente, un elefantito solitario, que con el tiempo dejó de ser menudo, simpático y alegre y que con su larga trompa recibía las visitas esperando algún goloso presente. Los hipopótamos, desproporcionados y deformes, con sus bocazas siempre abiertas, eran unas auténticas estrellas.

Un poco cansados ya pero satisfechos, encarábamos el final del trayecto saludando a la dama del paraguas, estatua emblemática del parque, esperando encontrar otra de las especies favoritas de mi madre: los pingüinos. Eran fascinantes, menudos, insólitos, tan extraños a su entorno cómo su aspecto. El frío representado en su microescenario, contagiaba un poco el corazón, avivado por el hambre incipiente de la hora de comer y el cansancio del recorrido, y anunciaba el nostálgico final del extraordinario día transcurrido en aquellos parajes de quimera, en tan grata compañía.

Otra puerta giratoria de hierro, ésta  mucho más fría y pesada que la de la entrada, cerraba aquel mundo de ilusiones y fantasía hasta la próxima visita, sin duda no lejana, hasta que la infancia, la ilusión y la vida lo permitiesen.

Aún existe, está allí, maravilloso, inmutable, el Zoo de mi ciudad. Oigo que pronto lo trasladarán, o desaparecerá. Sé que el triste día en que ese extraordinario parque, un poco viejo y ajado, no reciba el sol con algún rugido orgulloso o con insólitos graznidos selváticos, mi infancia de leyenda, de imaginación y fantasía descenderá varios peldaños hacia la memoria vacía de la nada y sólo será recuerdo, triste y amado de un tiempo lejano en que había monos blancos, ilusión, fantasía, y podías viajar a mundos exóticos con la única tecnología de tu imaginación.

 

 

Publicado la semana 20. 20/05/2018
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