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Te miraba a escondidas agazapado... ¡Dios mío que bella eras!

Entre las orquídeas parecías una de ellas, elegante y sensual, de formas sinuosas e imponentes como las de la propia flor de la libido, con la que te mimetizabas.

Eras muy alta, tanto que destacabas sobre cualquier figura masculina, y yo fascinado por tu talla, aún te veía más grandiosa y colosal, inaccesible. Tus miembros robustos y desarrollados, pero elegantemente proporcionados, se me imaginaban los tiernos artífices del éxtasis, en un abrazo interminable y profundo. Tus pies largos y delicados, describiendo un arco perfecto se me antojaban la locura del fetichismo. Tu boca excesiva, el abismo más insondable donde perderse y desparramarse.

Siempre me habían atraído los cuerpos femeninos mayores que los masculinos y que el mío mismo, preservadores y guardianes de la delicadeza y el erotismo propios de su género, pero aumentados exponencialmente por sus superiores proporciones. Me turbaban y me perturbaban. Claro que no era difícil para mí hallarlos, pues desde muy pequeño, dado mi reducido tamaño me llamaban despectivamente “comepiojos”. Tal vez también porque era débil y enfermizo, por lo frugalmente que comía, o por mi manera de hacerlo: a pedacitos con las manos muy juntas. Aunque creo que más bien era por la repugnancia y el miedo que producían mi aspecto pálido, un poco deforme, siniestro y amenazador. Mi cabeza era extraordinariamente pequeña en relación a mi cuerpo, mis ojos muy grandes y mi abdomen un poco prominente. No contribuía a mi popularidad el tono un tanto verdoso de mi piel.

Cuando crecí mi cuerpo se volvió algo más proporcionado, ya no llamaba tanto la atención y por esa extraña ley de compensación de la naturaleza en su búsqueda de la selección natural, me dotó de unos ojos muy hermosos, que hacía mi mirada fascinante, o eso al menos era lo que me decían. Pero era tan tímido y apocado que siempre estaba solo.

No dejaba de mirarte embelesado. Cuando te movías me sentía hipnotizado, te seguía con la mirada y mi mundo desaparecía, convirtiéndose en un mórbido lago de orquídeas tibias. Me concentraba en tus articulaciones, en la música de tus tobillos al caminar, en la elipse sensual que adoptaban tus pies al liberar de ellos el peso de tu cuerpo, en tus caderas potentes y femeninas.

Aquel día eterno me despertó del hechizo de admirarte, la silueta familiar de un competidor.

- Qué estás mirando “comepiojos”. No es para ti. ¡Lárgate!

Noté el pulso tibio y húmedo de la sangre resbalando por mi frente tras el golpe que me propinó, pero sin saber muy bien cómo, enloquecido por la idea de perder mi mágica contemplación, inicié un ritual de movimientos marciales ancestrales que desconcertaron a mi oponente y me permitieron asestarle un golpe seco y rotundo en lo que debía ser un punto muy vulnerable de su cuerpo. Se quedó como inmovilizado y sin respiración y con la poca fuerza que le restaba salió huyendo.

Alertada por el barullo, tú mi diosa, te acercaste y cuando me di la vuelta te contemplé mirándome, entre aterrorizado y extasiado, blandiendo la única arma de mis ojos seductores. Me sonreíste dulcemente, enjuagaste mi sangre, y te acercaste aún más con decisión. Yo rodeé tu dorso con mis extremidades, haciendo realidad mis sueños voluptuosos, durante toda aquella larga y deliciosa tarde de verano.

De todas las veces que en nuestra corta vida repetimos aquel desbordante encuentro, en el exilio a que nos condenaron, aquella  fue la única de la que tú nunca quisiste hablar y era en cambio la que a mí más me gustaba recordar. Aquella en la que tras horas de éxtasis indescriptible, lúbrico y brutal, acercaste decidida tus fauces amenazadoras a mi cabeza, para completar tu instintiva liturgia amorosa, saciándote hasta el final. Yo sumiso y entregado, agaché levemente el rostro, bajando la mirada para entregarme a tu voluntad. Pero no pude evitar un fugaz atisbo de tus bellos ojos, antes de la culminación atávica. Te detuviste, renegando de tu depredadora especie y de su fiero ritual y nos unimos para siempre.

Llegamos en un barco con semillas al Nuevo Mundo, a finales del 1899. Fuimos los primeros de nuestra especie en colonizar aquel continente. En el destierro las demás veces también fueron hermosas, pero aquella primera, aquella, mi amante mantis, nunca la podré olvidar…

 

 

Publicado la semana 2. 09/01/2018
Etiquetas
Las orquídeas
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