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F. Aizpun de la Escosura

Desengaños

Era una chuche muy especial, no como aquellas medio revenidas y secas que vienen en bolsas de plástico grueso, que cuesta mucho abrir. O como aquellas cintas dulzonas y empalagosas embadurnadas de azúcar y un poco ácidas. Los ositos de frutas le hacían reverencias y las cintas de regaliz blanda enrollada le odiaban.

Elegante, sofisticada y exótica, con un cuerpo cúbico de un negro intenso y brillante como el azabache, era crujiente y apetitosa con intensos aromas de regaliz. El interior semilíquido, producía una explosión untuosa de todos los matices que esta particular raíz puede ofrecer.

Era el cubo de regaliz de Madagascar, la perdición de los aficionados a este sabor, que buscaban y deseaban con avidez, tan difícil y raro de encontrar como era. Su búsqueda desataba pasiones de complicidad entre sus adictos, de tal manera que condicionaba muchas veces la clientela de los lugares donde se hallaba. Y era la estrella absoluta de los cines, ensombreciendo a las socorridas palomitas. Todas la congregación de chuches, cuidadosamente ordenadas en los expositores, admiraban y envidiaban su elegancia y su estilo sin igual. Y él lo sabía, el cubo era arrogante y desdeñoso, soberbio y altivo.

- No soporto que me pongan al lado de esos ladrillitos tan horteras, ¡son tan frikies! – cotilleaban entre ellos.

- Bueno y que me dices de los “enrollados”, esos sucedáneos de regaliz blanda, tan ordinarios. Hay quien se los come a mordiscos, sin ni siquiera tener la delicadeza de irlos desenrollando con los dientes. Y se creen algo, porque tienen éxito con los niños.

- Qué horror, y qué me decís de los ositos de frutas, ¡con esa cara de gilipollas! Son unos “atrapaempastes”.

- Y los caramelos de café con leche, que son más pueblerinos que un botijo…

- Ja,ja ja, y también tienen comisión de los dentistas por destrozar dentaduras...

- ¿Y sabéis que tenemos unos imitadores, recubiertos de una costra de azúcar reseca, con un miserable relleno de regaliz blanda y apestosa, como de goma?

- ¡No me lo puedo creer! ¡Qué escoria!

- Los señores cubos, se creen superiores – les interpeló una cinta de esas de vivos colores psicodélicos, recubierta de granos de azúcar.

- Vaya, ya habló el esparadrapo setentero. ¡Ja, ja, ja, ja!

Entonces entró en la tienda del cine una pareja singular. Ella era muy joven y hermosa. Sus labios de fresa dejaban entrever, con su maravillosa sonrisa, unos dientes inmaculados y perfectos.

El era zafio y desgarbado. Iba todo el rato haciendo estúpidas bromas a la chica, a la que por lo que parecía, había hechizado.

- ¡Fua! ¿Has visto que preciosidad Blacky? Le dijo un cubo a otro. Me encantaría que su lengua me fuese deshaciendo muy lentamente en su boca, hasta desparramar mi líquido dulce y suculento en su interior, extasiándola con mi exquisito sabor…

- Sí Reggy, - suspiró el otro, - ¡que belleza¡, ¡que dulzura!

- Y ¡qué imbécil es el tío que la acompaña! No deja de coger ladrillitos, enrollados y guindillas dulces a carretadas. Y lleva un cargamento de chocolatinas.

Pero intervino el cupido seductor de chuches y ella, al descubrir al cubo tentador, delicadamente recogió unos pocos ejemplares en su bolsita.

-  ¡Um! Parecen deliciosos. ¡Adoro la regaliz!

- Demasiado sofisticados, son para niñas – intentó bromear el imbécil.

La película transcurría lentamente, y entre los sonoros sonidos de la masticación de él, ella iba degustando las deliciosas golosinas.

Reggy extasiado no dejaba de mirarla desde la bolsa. Su rostro, iluminado tenuemente por la luz de la pantalla era cómo el de un ángel, sus labios guardaban el más hermoso tesoro y delicadamente deshacía en su boca las perlas de dulzura sin osar morderlas.

- Dios mío, cuando nuestro creador nos hizo, imaginó esta boca -  pensaba Reggy, mientras ella, con sus dedos de nácar fino, escogió el penúltimo cubo.

– ¡Me ha dejado para el final, que maravilla!

Al cabo de unos momentos de ansiedad y pasión, Reggy notó el tacto fino de su enamorada, que mientras le acariciaba musitaba:

- Va cariño, este es para ti, ya sabes que siempre te guardo el último, ¡Tienes que probarlo! A la vez que introducía la golosina en la enorme bocota del energúmeno.

Unas mandíbulas apocalípticas le destrozaron sin piedad, mientras el líquido de su interior se desparramaba angustiosamente.

- ¡Puaj qué asco! - escupió el tipejo.

El delicado cuerpo destrozado del cubo de regaliz de Madagascar, fue a parar violentamente ensangrentado en negro, al cuenco vacío de las palomitas, junto a dos o tres granos de maíz rechupeteados.

Publicado la semana 19. 13/05/2018
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