Semana
15
F. Aizpun de la Escosura

Sant Ferran y mi Capitán

Género
No ficción
Ranking
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   Yo creo que no sientes de verdad la población ampurdanesa de Figueres, hasta que has dado por lo menos dos veces la “volta al Castell” de Sant Ferran. Una en sentido horario y la otra en el contrario.  

    Desde la gran explanada de tierra del aparcamiento público asciendes hacia el revellín del hornabeque de San Roque, por uno de los caminillos del glacis y vas hacia el atardecer. O por los dominios del sol, cuando nace, atraviesas la carretera de acceso a la entrada principal, por delante del “banco del General”, Don Alvarez de Castro, y buscas el angosto camino tras el mirador, sobre el bello escenario de la sierra de Verdera, el golfo de Roses y el mar emporitano, vigilando no caer, embelesado por el paisaje.

    Verás girar l’Alt Empordà a tu alrededor mi Capitán, mientras va impregnando tu espíritu con la fuerza centrípeta de su rotación y empezarás a amar todo aquello que intuías ser por ti tan querido.

    Pero ya sabes que no es en realidad un castillo. Por eso desde lejos casi no se ve. No hay torres de defensa con lánguidas princesas vigilantes en la distancia; ni su silueta almenada recorta el horizonte desafiante, como pudieran hacer los castillos de Sant Salvador, Requesens o Carmançó.  Con discreción te reserva su inmensidad escondida para que la descubras paso a paso.

- ¡Hagámosla juntos mi Capitán!, que tenemos tiempo, ahora que tú ya nada buscas y yo ya sólo encuentro…

   Los franceses la bautizaron la Belle inutile. Es bella en su inmensidad, en la comunión con el magnífico paisaje. Son hermosos sus rotundos trazos geométricos perfilando horizontes antiguos que realzan el fondo vegetal y limpio de los fosos, enfrentando grises pétreos y verdes húmedos; el contrapunto de sus parapetos de obra terrosa, rematando la piedra labrada de las megalíticas cortinas verticales, sobre horizontales cornisas almohadilladas; sus aristas agudas enfrentadas al paisaje amable; y hasta las huellas verticales que los lagrimones de los desagües han trazado en la superficie de su rostro.

   Tal vez sea bella también, porque el verde inmaculado de sus fosos no recogiera cauces de sangre, porque no sirviera de lecho postrero a jóvenes ilusiones truncadas, porque no desgarró sus piedras para enfrentar carne y acero, para enzarzar, al son de tambores y cañones, en un “cuerpo a cuerpo” cruel a quienes  no disfrutaban de la paz que ahora nos acompaña.

   El espíritu romántico de gestas y batallas, de entrega, heroísmo y valor, que pretende ennoblecer la milicia y encender espíritus de juventud, se transforma con el tiempo, en un profundo amor a la vida, a esa vida que va menguando inexorablemente. Entonces la visión arrebatada y heroica del Romanticismo se transforma en su otra cara, la de las hermosas arquitecturas del pasado yaciendo entre una frondosa capa de vegetación que las cubre con el paso del tiempo. Quizás sea por ello que aún parece más bella la fortaleza, ya que su esterilidad estratégica evitó asedios sangrientos haciendo un guiño a la muerte  - ¿No crees mi Capitán?

   Hoy hace tramuntana, el viento del norte implacable que arrastra cordura y almas, como en nuestras mejores caminatas por el Cap de Creus y la montaña de Sant Pere de Rodes, acompañando nuestros veranos ampurdaneses, hace ya tanto tiempo… - ¿Las recuerdas mi Capitán?.

   Se marchaba bien con el aire limpio y fresco de compañero. Encendía los aromas del tomillo, del romero, ¡de hinojo!, cómo me gustaba respirar el hinojo.  Impregnaba el olfato de olores que nunca se borraron y encendía la luz especial que aún me ilumina. Por eso nuestro paso tiene hoy más ritmo y es más sincopado, como entonces.

   El fuerte viento me evoca tu presencia imponente, exultante y feliz en el esfuerzo. Poseídos por el hechizo del camino, en frenética marcha sin descanso, recorríamos hermosos paisajes, cruzábamos el “Cementerio de los elefantes” ascendíamos a la loma de “Los Gigantes”, donde yacía un pino carbonizado, quebrado por el rayo, y desde donde empezaba a asomar la cabeza de "King Kong", para finalmente bajar al pueblo blanco. El regreso era duro como tu espíritu, exigente, entregado y generoso, sin tregua y sin descanso. Me gusta evocarte de vuelta a casa en paz y alegría, pero no quisiera recordarte, mi Capitán, como aquel pino abatido por el rayo.

   Creo que es mejor empezar hacia poniente porque San Zenón y su hornabeque nos protegerán un trecho y cuando rebasemos el de San Miguel, al norte, el viento nos ayudará a caminar contemplando a lo lejos un magnífico mar limpio y despejado. Pero ya te puedes preparar porque a lo largo de la contraguardia de San Pedro nos espera el gélido y furioso aliento del Canigó nevado.

   Aún caminamos protegidos, a lo largo de la contraguardia de San Juan, al suroeste, aunque el viento arrecia a través de las troneras de la cortina que protege Santa Bárbara, tras el revellín de San Antonio. Parece como si defendiera la plaza, siguiendo las líneas de tiro para ello diseñadas. Al rebasar el vértice más occidental de la fortaleza, nos descubre la montaña blanca, que endurece la Tramuntana.

   - ¡Vamos mi Capitán, no aflojemos la marcha, que no hay tregua! ¡serenidad y voluntad! - como me decías, para avanzar y no retroceder, para caminar, luchar y vivir.

   Vértices, aristas, polígonos, triángulos y pentágonos. Pero ni un ángulo recto.  No hay escuadras, ni ortogonales. ¿Será ese el secreto de la resistencia, mi Capitán?. ¿O el de su belleza? O tal vez simplemente que a los arquitectos nos fascina lo oblicuo, la intención en la línea, el ángulo que apunta, el eje que se deforma, la vertical que renuncia. 

   Sé que no era tu materia mi Capitán, y tal vez cada vez es menos la mía; adulterada, desprestigiada, menospreciada, inútil como la fortaleza, pero tan bella. Por ella y por amor, abandoné tus pasos, no perpetué tu oficio. Y no me arrepiento, pues aunque el oficio que yo aprendí ya no se estila, y su disciplina es otra, tecnificada, normalizada, industrializada, manipulada, mercadeada; lo sigo amando como el primer día. 

   Me conmueve la entrega en curva y flanco retranqueado hacia dentro, de las puntas de los hornabeques con su cortina de frente; el orden de piedra rematado con el ladrillo; las troneras trapezoidales; las garitas suspendidas sobre la arista oblicua de los baluartes; el orden de aspilleras y los regueros en las cortinas. Y me conmueve muy especialmente el escalón vertical redondeado en que cambian de nivel los laterales y las cornisas del hornabeque de San Zenón, el más bello.

   Me emocionan las perspectivas bajas de los fosos entre contraescarpas, cortinas y caras. ¡Qué hermoso descubrir que la ingeniería para la defensa, se convierte en la amada arquitectura de una paz tan anhelada!

   Sigamos caminando, mi Capitán, hasta que el sol se ponga, hasta que no seamos más que el recuerdo de alguien que una vez nos quiso. Y cuando caiga la noche, ¡regresemos juntos, de nuevo a casa!

 

 

 

Publicado la semana 15. 15/04/2018
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