Semana
12
F. Aizpun de la Escosura

El arquitecto imperfecto

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Relato
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Me parece que estoy muerto, porque ya no sufro ninguna angustia y la rodilla ha dejado de dolerme. No siento más que una inmensa sensación de paz. Nada de luces, ni túneles, ni seres queridos, ni música. No veo nada, sólo una oscuridad densa, dulcemente azulada. No oigo nada, sólo un silencio infinito y sereno. No respiro, no anhelo nada,… Creo que me llamaba M., y que era arquitecto.

Que ironía, lo último que recuerdo es el techo derrumbándose sobre mi cabeza con un gran estruendo. Me he pasado toda la vida trabajando junto a acciones gravitatorias, estados de carga, empujes y sobrecargas. He cimentado, encofrado, armado y construido edificios, moradas, ilusiones y sueños para que finalmente me sepultaran todos ellos sin piedad. En construcción nunca contemplamos esta posibilidad, y si ocurre es realmente algo accidental y catastrófico, algo imprevisible y fortuito. Pero la vida lleva implícita una vocación  innata e inexorable hacia el derrumbamiento.

Ha sido fulminante. Construir es lento y trabajoso pero destruir es sencillo y rápido. No hubo diapositivas en mi cerebro, ni exclamaciones transcendentes, ni invocaciones, nada de plegarias; más bien una serena resignación y un anhelo de liberación.

Estaba junto a J., mi primer y único socio, cuando pasó todo. ¿Qué le habrá ocurrido a él? En el fondo a pesar de los rencores y los odios, después de tanto tiempo transcurrido me gustó reencontrarle y hasta que fuese con él con quien firmar el último “final de obra”, como en un día ya lejano habíamos firmados el primero. Incluso aunque hubiese sido él el culpable de mi muerte, no le guardaré rencor. Tenía ya que acabar toda aquella pesadilla y si fue él, pues que más da. “Más vale malo conocido…”

Estudiamos en la Escuela Técnica Superior de Arquitectura. Habíamos cursado juntos también el Bachillerato. Ambos proveníamos de familias acomodadas, aunque la suya más que la mía. Ambos teníamos padres de letras y no había tradición arquitectónica ni constructiva en nuestros antecesores directos. Yo siempre había sido bastante más alto que él, y bien parecido, creo. Yo sacaba buenas notas, él algo menos. De estudiantes él había tenido bastante éxito con las chicas, yo no tanto. Mi matrimonio fue extraordinariamente feliz hasta que ella enfermó; él nunca conoció la felicidad junto a su esposa y se separó de ella.

Pero mi socio y amigo había triunfado en la vida, yo no. A pesar de ello, él dejó su frondoso pelo negro  por el camino, lo que le hacía parecer mucho mayor. Yo conservaba mi melena rubia bastante dignamente, a pesar del bastón. Sólo esperaba que no me metiesen en un ataúd de esos abiertos, y que nadie comentase mi patético aspecto. Nunca me perdoné el terrible descuido que sufrimos en el funeral de mamá, al no reparar en esa circunstancia. Bueno en realidad dudo que venga nadie a mi funeral…, tal vez esa chica tan inteligente que se metió a husmear en mi vida cuando empezó todo.

B. acababa de terminar brillantemente sus estudios de arquitectura, justamente cuando llegó a mí despacho buscando trabajo, ya me había separado de J. Su exposición del proyecto fin de carrera fue brillante, lo que ya denotaba una gran capacidad de comunicación y una firme resolución. A diferencia de J. y mía, ella sí que veía de una familia de arquitectos.

Trabajó conmigo con gran entusiasmo y dedicación. Era inevitable que con el tiempo, su sagacidad, inteligencia e intuición descubrieran mi secreto. Yo ya me había enamorado de ella, y J., al que conoció un día en mi estudio, también. Como siempre él ganó.

Hacía un tiempo que yo diseñaba las estructuras de los edificios que proyectaba de manera que intencionadamente, siempre uno de los pilares era fundamental para la estabilidad del conjunto. Si este llegaba a fallar, todo el edificio se derrumbaría inexorablemente. Había una voluntad oscura y autodestructiva detrás de esta manera de proyectar…

La idea originaria me vino tras recordar cómo un profesor de la Escuela nos narraba en cierta clase, que en una obra se había encontrado, al fallar un pilar, un saco de tela olvidado en el encofrado, que prácticamente ocupaba toda su sección, en el momento de hormigonar. Y después recordé tumbas antiguas…

Tras días y días de estudio e investigación, de recopilación de las técnicas constructivas de los egipcios, llegue a diseñar un ingenioso sistema mecánico de muy fácil aplicación, que provocaría el colapso total del pilar principal sin dejar ni rastro intencionado. Los relojes de arena, con el lento caer de los granos, me dieron la idea, junto a lo que remotamente conocía y aprendí respecto a la técnica que utilizaban los antiguos para sellar grandes cámaras funerarias con enormes bloques de piedra, utilizando este sistema del vaciado de arena.

Un frágil recipiente, de sección algo inferior a la del pilar y relleno de arena, sería más efectivo que cualquier explosivo y haría las funciones del saco olvidado en el interior, que el profesor nos había relatado. Al liberar un minúsculo tapón dejado al efecto en la superficie del hormigón, y similar a los de los latiguillos de encofrado, la arena iría vaciando el prisma de manera que el peso de las cargas provocaría el colapso del pilar. Lento, limpio y elegante. Sólo se trataba de disponer, la noche antes al hormigonado del dispositivo relleno de arena, cuidadosamente escondido en la base del pilar, liberándolo de las armaduras y controlar muy escrupulosamente el proceso de vibrado y desencofrado, para evitar que cualquier operario reparase en aquella caja diabólica.

Así construí la última vivienda, la de aquel personaje tan desagradable, que tras regatear hasta el último centavo de mis honorarios, me dejó de pagar una suma considerable, argumentando que aquella casa no era la que ellos habían visto en la revista de decoración y que me habían pedido. Era ésta una casa completamente descontextualizada, transgresora del entorno y espantosamente fea y desproporcionada.

- ¡Pero cómo! - le  increpé airosamente al sentirme tan maltratado, con una buena dosis de ironía y de ron: - pero usted no sabe que un arquitecto es un señor normalmente vestido de negro o de blanco, con gafas redondas, que ha estudiado siete años o más, desperdiciando su juventud, para acabar diseñando las casas de sus clientes cómo él las querría y no como le piden, y además pretendiendo… ¡cobrarles por ello!

- ¡Cretino, usted es un “pintaplanos”! – me contestó - Porque me lo exige la ley, que si no para qué le necesito ¡Yo ya sabía la casa que quería, y mi cuñado es constructor!

Pero lo que más dolió no fue el dinero. Con el tiempo rehicieron totalmente la distribución de la casa, añadieron una planta encima totalmente innecesaria y destrozaron el porche a posta. Abrieron aquella espantosa ventana que les dije que no hicieran porque peligraría la estructura, lo cual era absolutamente inventado, pues era un ardid que nos había revelado que hacía servir un arquitecto rebelde.

Debí haberle dicho desde el principio, como otro sabio profesor manifestaba al ser requerido para construir casas rústicas del siglo XVII:

- Lo siento pero están tan bien hechas que son irrepetibles, y yo, es que no sé hacerlas.

Pero necesitaba el dinero y les diseñé su casa de revista de decoración. Lo hice de la mejor manera que supe, pero eso sí, con mi diseño estructural preferido, el que había aplicado a todas mis últimas construcciones, esperando el momento de su inmolación. Esta sería la primera.

Cuando consumaron todas sus tropelías arquitectónicas, esperé un verano a que marcharan de vacaciones para entrar de noche en la vivienda.

Pero B. lo descubrió todo, como descubrió también que no era el único edifico construido así. Y avisó a J.

- No está bien, ha perdido toda ilusión y ganas de vivir, y no hace más que repetir en sus enormes borracheras, que derrumbará todas sus obras. He descubierto algo extraño en su manera de proyectar, y bueno, tengo una sospecha. Se le ha escapado que esta noche quiere ir a la última casa que construimos. ¡Deberíamos ir…!

Cuando aparecieron en la puerta del sótano de la vivienda, para impedirme consumar mi obra, ya la arena había comenzado a desparramarse y era demasiado tarde para huir.

- ¡Largo, no entréis, está a punto de hundirse! Y lo último que pude ver, a través de la abertura desproporcionada de la puerta, fue la expresión de triunfo de mi amigo y los hermosos ojos azules de ella, justo antes de derrumbarme…

 

 

 

Publicado la semana 12. 25/03/2018
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