Semana
11
F. Aizpun de la Escosura

Historia de la Literatura

Género
No ficción
Ranking
0 86 0

   Sólo ceniza, apilada primorosamente en el diminuto cenicero de aluminio Cinzano, junto a las colillas apretujadas con esmero, quedaba al sonar el timbre del cambio de clases. Y un humo agonizante, que se disipaba como las palabras, cuando él abandonaba el aula saltando torpemente de la tarima, siempre con el pelo negro brillante de gomina, como la cartera de piel liviana que portaba en una mano, seguido del humo.

   Unas uñas prominentes coronando sus dedos amarillentos de nicotina, habían seleccionado cuidadosamente los cigarrillos que extraían con parsimonia del paquete de Sombra recién abierto, amputando afinadamente el filtro, dedo meñique en ristre para así iniciar el ritual del humo.

   Los fósforos encendían el silencio, absorbida su luz por la bocanada aspirada,  mientras tomábamos apuntes de ceniza. Los dedos ocres buscaban briznas en las comisuras de los labios, recitando el humo de los poetas malditos, de las generaciones perdidas, de las frases desveladas.

   Nariz aguileña, incisivos dientes de roedor. Mirada profunda de ave de presa en un rostro singular, que de alguna extraña manera cautivaba por lo que ocultaba. Aspiraba y respiraba humo con literatura, realidad, historias y sueños. Uno tras otro salían a la luz, como los cigarrillos del paquete, los que se escondían en el silencio de su cartera, de los que se hablaba bajito, los que no desvelaban los libros de texto. Y se encendía la magia de los rebeldes, de los soñadores, de los suicidas, de los poetas.

   Todos los enseñadores tenían mote, pero él no, él era “el Lacal”, su verdadero apellido. Se había ganado ese privilegio, quizás por su fría mirada penetrante, por su pelo negro cruelmente engominado de interrogador implacable, o porque sabía más, mucho más de lo que enseñaba.

   Nos hacía leer mucho, tanto que nos robó horas de sueño adolescente. Nos hacía escribir sin descanso y explicar todo aquello que leíamos tecla a tecla, con la Olivetti de casa, blindada en caqui como los corpulentos tanques de Patton.

   Yo iba para ciencias o así era como se denominaba nuestro bachillerato. Pero elegí su “optativa” en COU, el Curso de Orientación Universitaria. Quería flirtear obscenamente con la literatura ante de traicionarla, desertando de aquella concubina primeriza, obscena y voluptuosa, cuyos encantos me fascinaban, pero inútil a los ojos de un futuro pragmático y respetable. Había ya escogido los estudios superiores que seguiría, los mismos que él me confesó que habría querido ejercer en vez de las letras. Fue un leve atisbo de complicidad personal, nuestra única confidencia al margen de los escritos nocturnos sobre las obras leídas. Para mí fue suficiente para recordarle siempre como uno de los mejores, sabedor de que había acertado plenamente con su “optativa”, enterrada en el pasado junto a las cenizas de sus densas clases de humo...

 

Publicado la semana 11. 17/03/2018
Etiquetas
Compartir Facebook Twitter