Semana
24
El hombre topo

El espantapájaros - (XXIV)

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Hay noches en las que es más complicado conciliar el sueño que otras. Noches en que no paramos de dar vueltas en la cama esperando desesperadamente el momento en que nuestro cuerpo por fin entre en letargo y nuestra mente pueda descansar de una vez por todas. Hay noches en que estamos tan cansados que incluso dormir supone un esfuerzo de tal magnitud que no tenemos las fuerzas suficientes para conseguirlo; y esperamos con nerviosismo contraproducente el momento de dar por acabado un día agotador para recuperar fuerzas de cara al día siguiente. Y hay otras noches en que, a pesar de estar rendidos y con las fuerzas al límite, nuestra mente se encuentra en pleno funcionamiento y evita que el resto del cuerpo repose en un descanso más que merecido. Esa noche, en la que madre se rompió el dedo accidentalmente con mi cráneo, yo había conseguido dormir un rato antes de que madre y hermano llegaran a casa pero, una vez despierto, me fue imposible volver a pegar ojo y descansar. Eran tantos los acontecimientos que debía asimilar que en mi cabeza no paraban de flotar las imágenes de lo sucedido durante las últimas horas. En mi mente de diez años yo era un héroe que había salvado al mundo de su mayor lacra, de la condena que suponía que un ser como padre pisara el mismo suelo que el resto de la humanidad; pero, a ojos del resto solo podría ser considerado un asesino miserable.

Me había convertido en lo que tanto odiaba y el miedo a ocupar en el mundo el lugar que ahora dejaba padre me tenía atormentado. ¿Sería por esa carga por la que padre había dedicado su vida entera al alcohol? ¿Sería posible que su alcoholismo fuera un acto de bondad en el que sacrificaba su vida, sedándola el mayor tiempo posible, para librar al mundo de la oscuridad que albergaba en su mirada?. Hasta el momento, pensar que en padre podría existir un solo rincón de bondad era impensable para mí, pero ahora que yo ocupaba su lugar, la simple sospecha de que mi crimen no estuviera justificado me mantenía en vela. Así que, después de varias horas de intentar lo imposible, de dar vueltas en la cama sin poder dormir, decidí que lo mejor era marchar al pueblo y desayunar con abuelo, al cual no veía desde que padre me había orinado a través de los matorrales de mi huerto. Guardaba la esperanza de que su conversación consiguiera sacarme del estado mental en el que me encontraba y, con el estómago lleno, seguro que me sería más sencillo olvidarme de todo por unos instantes y conciliar el sueño de una vez por todas.

Al salir de casa, el sol apenas comenzaba a asomar por el horizonte, iluminando con los escasos rayos de luz que la atmósfera traía al pueblo los campos abandonados que rodeaban la casa. Los tonos rojizos de la tierra se veían potenciados o incrementados gracias a la luz del amanecer y las alargadas sombras que proyectaba la luz rasante al chocar con los tabones de las tierras, como si el mismo sol estuviera señalándome o acusándome de parricida, dibujaban un paisaje triste y muerto ante mis ojos, preludio quizás de lo que estaba por suceder en aquel lugar y en aquella casa. En esa época del año el frío aún no era excesivo pero raro es el día del año en que la la fresca humedad del ambiente no se te pega a los músculos como si fueran sanguijuelas. Recuerdo el escalofrío que sentí al notar una ráfaga leve de aire acariciar mis brazos desnudos y como en un primer momento lo achaqué a un mal presagio. No obstante, de manera instintiva metí mis manos en los bolsillos del pantalón y subí los hombros tapando con ellos la máxima superficie de cuello posible para evitar resfriarme. De esa guisa y rodeado del siniestro paisaje que me rodeaba subí el sendero que llevaba al pueblo y dirigí mis paso directamente a casa de abuelo, sin olvidarme de mirar atrás cada cierto tiempo por si madre o hermano hubieran decidido seguirme. Para una persona acostumbrada a guardarse las espaldas a cada paso que da es muy difícil dejar de hacer determinados gestos que, con las repeticiones justificadas, llegan a convertirse en actos rutinarios e incluso involuntarios que repite cada cierto tiempo aunque el peligro ya haya pasado. Mirar atrás cada treinta o cuarenta pasos es algo que continuo haciendo todavía hoy, que el peligro de encontrarme con algún miembro de la familia es realmente difícil, pero aun así me siento mucho más seguro haciéndolo que intentando evitar de manera consciente girar mi cuello hacia atrás.

Cuando llegué al portal de abuelo no me atreví a llamar a su timbre, ni siquiera a forzar la puerta y subir a su casa para llamar directamente a la suya, sino que decidí esperarle allá donde siempre lo había hecho antes de que nuestra relación se estrechara tanto como lo estaba ahora. Los contenedores donde me dejaba comida cuando yo no era más que un mendigo sin futuro seguían exactamente igual descuidados pero colocados en la misma posición de siempre así que mi hueco entre las dos moles de metal maloliente continuaba intacto. Entré en busca de refugio contra el aire envenenado y las miradas inquisitivas pero inmediatamente me vi obligado a retroceder un par de pasos. En mi lugar un gato marrón a rayas, todas ellas también marrones pero de diferentes tonalidades, se afanaba en dejar bien limpios unos huesos de pollo con arroz que alguien había dejado en una fiambrera en mi hueco. Una comida que casi con total seguridad había sido elaborada por abuelo y que apostaría a que estaba destinada a mí. Me encantaba el arroz con pollo de abuelo y no sé si sentí más rabia por haberme perdido su plato que por ver el lugar en el mundo que había dejado libre usurpado por un simple gato.

Cuando dejamos un espacio libre, ya sea un puesto de trabajo, una relación sentimental o una vivienda, alguien tarde o temprano acaba por ocupar ese lugar en cuanto ve que supone una oportunidad de mejorar en la vida. Como si la sociedad fuera una escalera enorme en la que cada uno de nosotros ocupamos un escalón con unos privilegios y obligaciones propios del nivel en el que nos encontramos. Cada escalón o nivel es diferente pero es evidente que en los escalones superiores hace más calor y se come mejor. Sin embargo hay que tener en cuenta que el puesto de cada persona en la escala social no es inamovible sino que, por el contrario, en cuanto alguien ve la posibilidad de ocupar un escalón superior que se ha quedado vacío con unas condiciones mejores que las del escalón que ocupa en ese instante, o por lo menos mejores según su opinión, irá hacia él sin pensárselo dos veces; y, en la mayoría de los casos pisará a quien haga falta aunque, siempre y cuando, se respeten unas normas establecidas de antemano que permiten que la escalera no se desmorone y acabemos todos desmembrados por el suelo a causa del golpe en la caída. El hecho de que existan unas normas que la regulen no convierte a esa escalera en un modelo justo o perfecto, ni mucho menos, pero eso es algo que con mi escasa inteligencia no me atrevería a intentar cambiar o proponerlo siquiera.

En la escala social yo ocupaba un escalón tan bajo, tan pequeño e insignificante, que en cuanto éste quedó libre solo lo quiso ocupar un gato callejero tan delgado y desnutrido que sus huesos parecían transparentarse a través de las rayas de su raído pelo. Con el ansia del hambriento, aquel minino tiñoso roía los huesos de pollo que abuelo me había dejado, dando buena cuenta de cualquier fibra comestible, ya fuera músculo o cartílago, sin percatarse siquiera de mi presencia a sus espaldas. Tal era su desesperación por alimentarse que había olvidado todo instinto de supervivencia que no fuera el de meter cualquier cosa en el estómago que le ayudara a subsistir, aunque solo fuera por un día más. Al igual que yo hasta hace solo unos meses. Observar a aquel gato comiendo y jugándose la vida de esa manera desesperada fue como observarme a mí en el pasado, cuando abuelo no había entrado aún en mi vida y yo no era más que un miserable rebuscador de basuras que se alimentaba de los deshechos de la gente. Yo había sido un animal, un gato callejero con forma humana, un vagabundo felino en un cuerpo de niño desnutrido, que sin embargo nadie consideraba parte de su especie. Nadie había mostrado el más mínimo sentimiento de empatía o pena hacia mí, y esos sentimientos que no había conseguido despertar en la especie humana yo sí los estaba sintiendo por un gato callejero. Dentro de mí sentí el impulso de cuidarle, de alimentarle y darle un lugar al que regresar de cada una de sus excursiones, y esos sentimientos, lejos de hacerme sentir bien y reconfortado me convirtieron en ese instante en un ser envidioso e iracundo.

Déjeme decirle que en ese instante supe que no solo se puede sentir envidia de otros seres humanos. Querer algo que posee otro, ya sea material o inmaterial, no es un sentimiento exclusivo entre seres humanos. Un hombre puede sentir envidia del tamaño del pene de un percebe o incluso de la duración del orgasmo de un cerdo, a pesar de encontrarse muy por encima en la pirámide alimenticia de ambos animales. Sin embargo, mi envidia era más profunda que estos dos ejemplos que le acabo de exponer. Mi envidia radicaba en el hecho de que a lo largo de mis diez años de edad, los años más susceptibles de generar algún sentimiento de empatía, protección o ternura en otros seres humanos, en ninguno de esos diez años nadie se había preocupado lo más mínimo de mi situación hasta la aparición de abuelo, como yo lo estaba haciendo por el miserable felino que se estaba comiendo mi comida. Antes de ese instante ya sabía que era un mendigo que a nadie le importaba lo que comiera, bebiera o la situación que le esperaba en casa con una familia de bestias ansiosas por torturarle. Era consciente de que hiciera lo que hiciese todo el mundo actuaría como si no hubiera pasado nada e intentaría mirar hacia otro lado ignorándome. Pero hasta el más pobre, el más idiota o el más insignificante en esta vida tiene su orgullo y el mío luchaba por tomar el control y volcar mi frustración en un pobre gato confiado.

Di dos lentos pasos a la espalda del minino y, de un rápido movimiento de mi brazo derecho, lo agarré por la poca piel que cubría el lomo y lo levante ante mis ojos para poder ver su rostro antes de decidir cómo liberar toda la rabia que había estallado en mi interior. La ira me quemaba por dentro y mi corazón se aceleró a tal velocidad que me recordó al instante en que la vida de padre se escapaba entre mis dedos. La adrenalina que corría por mis venas me hizo sentir algo material, vivo, como si por fin fuera un ser tangible en este infame planeta. Mi cuerpo, tras más de diez años siendo un espectro, se había materializado y de una vez portadas era capaz de influir en su contexto. Mis acciones ahora tenían consecuencias no solo para mí sino para otros que antes me habían ignorado de manera voluntaria. Tenía una cabeza, dos brazos, dos piernas y un tronco repleto de vísceras, al igual que ellos, y sin embargo nunca nadie me había considerado un igual. ¿Era aquello justo?. Seguramente no, pero a partir de ese día ya no serían capaces de ignorar mi existencia.

Pero tampoco era justo que pagara todas mis frustraciones con un pobre gato que al igual que yo era un ser marginado para sus semejantes. Cuando tuve su cara frente a mí vi en sus ojos la misma mirada que pude observar en los míos la primera vez que me miré a un espejo en casa de abuelo. Era la mirada de alguien al que no le importa nada su futuro; que continúe después de ese instante o por el contrario ese instante sea parte de sus últimos segundos, daba lo mismo; porque de acabar todo ahí, en brazos de un desconocido, la muerte por fin le haría libre como tantas veces había deseado ser libre yo también.

Publicado la semana 24. 11/06/2018
Etiquetas
Fats Waller , En cualquier momento
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