Semana
20
El hombre topo

El espantapájaros - (XX)

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Creo que lo que más me gusta de la muerte es su falta de escrúpulos. Su manera de ignorar por completo o reducir al absurdo cualquier característica de las que en vida hacían destacar a aquellos que se acaba llevando por delante. No hablo de los instantes antes de sobrevenir la propia muerte, que aún sigue siendo vida, en los que sí se pueden apreciar diferencias, como la comodidad de una cama de hospital o la disponibilidad de analgésicos suficientes como para tumbar a un animal de varios cientos de kilos de peso; esos últimos instantes en los que la fortuna de cada uno sigue otorgando a los ricos algunas diferencias de trato de las que venían disfrutando durante toda su vida y que suponen sus últimos privilegios antes de que la muerte les lleve al mismo nivel que al resto. Me refiero a la muerte ya sobrevenida, la que reduce tanto a pobres como a ricos a una masa de carne y hueso inertes, incubadoras de los mismos gusanos miserables a los que les dará igual las propiedades o ahorros del fallecido.           

A lo largo de mi vida he conocido a pocas personas, y con muy pocas de ellas he llegado a profundizar en detalle sobre temas que invitan a reflexión como es el referido a la muerte. Puedo asegurarle que ninguno de ellos ha sido capaz de reconocerme que nunca hayan manejado entre sus dedos la idea de la muerte; no la propia sino la de sus enemigos. Porque todos hemos pensado en cuál sería la mejor forma de llevar a alguien a cruzar la frontera entre la vida y la muerte. Matar o asesinar a esa persona que odiamos y que nos tortura con su simple presencia; a aquella que nos impide conseguir lo que pensamos que nos haría felices o que provoca nuestra infelicidad con sus actos. Algunos incluso habrán pensado en eliminar a varias por pura venganza pero puedo decir sin riesgo a equivocarme que ninguno de ellos jamás dio el paso para hacerlo. Por miedo a las represalias posteriores, a la cárcel en concreto, o por falta de valor o ausencia de un plan perfecto con el que no hubiera que afrontar riesgos. Nunca he conocido a nadie capaz de dar el paso para solucionar con la muerte ajena sus problemas propios.

Durante unos minutos permanecí quieto, pegada mi espalda a la pared, en la frontera sin puertas de la habitación de padre y madre con el pasillo, esperando encontrar la manera más inteligente de actuar; la solución definitiva a la vida que me veía obligado a soportar por haber nacido en aquella pocilga que la familia llamaba hogar. Aunque, en el fondo, la decisión ya estaba tomada desde hace tiempo, solo era cuestión de encontrar el momento oportuno; y aquel parecía tan bueno como cualquier otro. El hecho de que madre y hermano se hubieran largado sin mí, pensando incluso que me estaban haciendo una jugarreta, me dio la oportunidad perfecta para estar a solas con padre. Me habría gustado que ese momento sucediera con un plan elaborado en mente, una estrategia de fumigación de plagas que poder seguir para eliminarlo dejando el mínimo rastro posible pero después de nuestro fortuito encuentro el día anterior cabía la posibilidad de que esta fuera mi única posibilidad real de acabar con padre.

La casa estaba más en silencio que nunca, o eso me parecía a mí que tenía todos los sentidos enfocados hacia el cuerpo alcoholizado de padre, cuyo pecho subía y bajaba al ritmo que marcaba su respiración. Recuerdo que mientras me acercaba a él, despegando los pies lentamente del suelo pegajoso intentando hacer el menor ruido posible, comencé a pensar en padre y en la vida que había llevado desde el momento en que su tío entró en su vida. En cómo cambió por completo la vida de un niño inocente hasta convertirse en el hijo de puta que ahora dormía apaciblemente, lleno de alcohol hasta las orejas, como si nada en su vida llena de dolor y violencia dirigida hacia sus seres queridos hubiera sucedido en realidad. Y me volvió a parecer imposible ese cambio. Había visto en muchas ocasiones a padre actuar como un loco y por su mirada sabía que no era la actitud de alguien que había sufrido un hecho traumático, una mirada de dolor, miedo o desesperación. La mirada de padre era la de alguien que disfrutaba haciendo sufrir al resto, que saboreaba los golpes propinados y las humillaciones regaladas. Era la mirada de un psicópata y su tío no había hecho más que mostrarle las mieles del sufrimiento ajeno.

La respiración de padre marcaba cada uno de mis pasos, disimulando el quejido de las suelas al despegarse del suelo con el sonido que producía su boca al inspirar una nueva bocanada de aire. Mi avance era lento pero imparable y decidido. Ni aunque hubiera abierto los ojos en aquel momento, cuando yo aún no había llegado a su lado, me habría detenido. Me habría abalanzado contra él con las escasas fuerzas que me quedaban en el cuerpo para matarle o que me matase él a mí, pero convencido de que no iba a volver a mi estado anterior; a tenerle un miedo continuo y a no saber en qué estado volvería a casa cada noche sabiendo que cualquier de ellas sería la última para mí. Supongo que en aquel instante era preferible la muerte a seguir viviendo de esa manera; pero si le soy sincero no sabría decir si ahora opino lo mismo.

Varios pasos después ya estaba junto al colchón donde dormía padre, mirando su cuerpo de alcohólico, enclenque pero fibroso y con una protuberancia en la barriga provocada casi con total seguridad por la inflamación de sus maltratadas vísceras. Observaba su sueño desde la escasa altura que me había dado la mala alimentación que sufrí durante mis años de crecimiento, lo que provocó que desde su rostro me golpeara en la nariz un olor fuerte a sudor, a orín y saliva seca que a pesar de ser familiar para mí no dejó de desagradarme ni de provocarme arcadas ni un solo instante de su vida. Sin embargo lo que más destacaba de ese olor que le envolvía como una burbuja fétida y tóxica era el aroma del contenido de su estómago y que proyectaba con cada respiración que salía de su boca indicando la presencia de grandes cantidades de alcohol barato en su estómago.

El olor del contenido del estómago de padre me hizo sonreír. Quizá por primera vez en mi vida el hecho de que padre hubiera vuelto casi inconsciente a casa era motivo de celebración y alegría por mi parte; y esto era así por dos simples motivos: el primero y más evidente era que sería imposible despertar a padre por mucho que le hiciera, por muy doloroso que fuese el método elegido para matarle. Podría acuchillarle lenta y pausadamente en cualquier parte del cuerpo, y jamás se daría cuenta de lo que estaba pasando. Seguiría dormido convencido de que era un sueño o puede que como mucho sintiera que era un mosquito picándole para alimentarse de su sangre. En cualquier caso estaba tan sedado que ningún estímulo llegaría a ser nunca más que una leve cosquilla para su alcoholizado cuerpo. El segundo de los simples motivos por los que sonreí y supe que todo saldría bien fue el que más feliz me hizo de los dos, el que me acabó de convencer de que ese era el momento justo para acabar con mi situación. El segundo motivo por el que sonreí al ver a padre dormir a mis pies fue el que me sirvió en bandeja un arma que jamás me vincularía con el asesinato de padre.

Despacio, con la misma velocidad con la que una pluma desciende balanceándose desde el cielo, doblé mi rodilla derecha sobre su pecho, apoyando mi rótula en el lugar exacto donde se debería encontrar en ese momento su cardias, y posé la izquierda directamente en el estómago, presionando cada vez con más fuerza hasta que la mezcla de alcohol y jugos gástricos que llenaban su estómago comenzaron el ascenso a través de su esófago hasta llenar su boca con el maloliente jugo digestivo. En casa de abuelo había leído varias notas biográficas de estrellas de rock que habían muerto asfixiados por su propio vómito después de una noche llena de excesos alcohólicos, drogas y despistes absurdos. Me resultó triste observar como los últimos instantes de personas que habían destacado sobre el resto de integrantes de su generación ya sea como músicos referentes o como estandartes de una vida de libertad que muchos solo podían soñar con disfrutar, quedaban reducidos a instantes anecdóticos o incluso cómicos anotados en los márgenes de las revistas de sociedad historia o en las efemérides del futuro. ¿Acaso no merecían esas personas una muerte más digna o menos insignificante que la encontraron finalmente?¿No sería más justo para ellos haber vivido una vida llena de elogios y reconocimientos por su obra en lugar de convertirse en el escarnio de todas las generaciones que vinieron después? Por el contrario, morir asfixiado por su propio vomito sí me pareció una manera estupenda de que padre dejara por fin el mundo de los vivos.

El flujo de aire normal de su respiración se bloqueó por el líquido maloliente que inundaba sus vías respiratorias y descendió con las primeras bocanadas inútiles que llenaron sus pulmones con la mezcla abrasiva que había abandonado su estómago. Sujeté su cara con mis manos manteniéndola en vertical, obligándole a mirarme a la cara con sus ojos cerrados por el sueño, mientras el líquido que seguía escapando de su estómago continuaba cerrando el paso al oxígeno que tanto ansiaban sus pulmones que intentaban aferrarse a la vida. Me sentí un valiente, un hombre hecho y derecho, con la protección que me otorgaba el alcohol sedante de padre y con el escudo que suponían para mi valentía sus dos finos párpados cerrados. Me sentí tan crecido y tan fuerte que comencé a espetarle amenazante, poderoso con su vida entre mis pequeñas manos escapándose con cada segundo que el oxígeno no llegaba a sus pulmones, gritándole a la cara que era un psicópata, un hijo de puta y que esperaba que ardiera en el infierno por toda la eternidad y otra más, y otra más, hasta que no quedara nada de su mísera existencia en esta vida ni en la otra. Y tanto llegué a gritarle que acabé por despertarle.

Cuando vi sus pupilas mirándome, ahora sí, con la rabia asesina que guardaba dentro desde que nació, supe que sería mi fin. Instintivamente solté su cara y me levanté en un intento de largarme de allí corriendo para siempre, pero a pesar de tener los ojos y el cerebro despierto, el resto de su cuerpo estaba tan sedado como lo había estado hacía apenas cinco segundos. Volví a inclinarme con la rodilla sobre su estómago y le sujeté de nuevo la cabeza para evitar que se derramara el vómito que debía matarle. Sus ojos continuaban encendidos por sus ganas de acabar conmigo y yo, sin embargo, sentí cierta lástima porque muriera sin que nadie le dedicara unas leves palabras de aliento o responso en la muerte. Así que decidí ser yo quien le dedicara unas últimas palabras de despedida:

—Lo siento, de verdad. No es mi intención vengarme de nada de lo que me has hecho a lo largo de todos estos años, es solo que ni tú ni yo podemos convivir en este pueblo. Mucho menos en esta casa. Debiste matarme cuando tuviste ocasión, no sé, quizá hubiera sido lo mejor para ambos. Ignoro si el mundo será mejor contigo o conmigo en él, pero si puedo elegir prefiero ser yo el que lo averigüe. Tu padre me contó tu historia, la de tu tío, y por un momento sentí lástima, pero en el fondo no la tengo, ni por ti ni por nada que hayas tocado siquiera. Espero que te pudras despacio y con mucho dolor si es posible.

A los pocos segundos, padre ya no fue un problema para nadie nunca más.

 

Publicado la semana 20. 14/05/2018
Etiquetas
Bill Evans , En cualquier momento
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