Semana
16
El hombre topo

El espantapájaros - (XVI)

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Son las consecuencias de nuestros actos —o los de otros—, las que convierten en real las imágenes que guardamos en nuestra memoria; las que nos hacen ser conscientes de que aquello que estamos rememorando sucedió realmente. Y así, sufrimos de nuevo en nuestro interior cuando recordamos errores del pasado, o nos regocijamos reviviendo nuestros éxitos pretéritos, relamiéndonos con los frutos del trabajo bien hecho o con las palmadas de reconocimiento acariciando nuestra espalda. Al igual que con nuestros triunfos, las consecuencias de nuestras equivocaciones quedarán perennes en nuestra memoria y buscaremos vías o salidas en nuestra mente que nos hagan fuertes a la hora de traer los recuerdos al presente, haciéndonos conscientes, y en ocasiones autoconvenciéndonos y reafirmándonos, que nunca jamás volveremos a dar los mismos pasos que nos llevaron al fango, o al mismo infierno, que en anteriores ocasiones. Sin embargo, hay momentos que solo se dan una vez en la vida, instantes que exigen de nosotros una única repuesta acertada que tendremos que tomar sin poseer una experiencia previa; y cometer un error en esas circunstancias puede ser nuestra condena al doloroso recuerdo, aunque nuestra influencia en los acontecimientos y en las consecuencias resultantes sea menor, por no decir insignificante o irrelevante. Y casi con total seguridad esas consecuencias de las que nosotros no fuimos causantes, se grabarán en nuestro recuerdo acusándonos de cosas cuyo suceso no habríamos podido evitar, porque estaban por llegar, por mucho que hubiéramos luchado por impedirlo y, aunque únicamente seamos testigos privilegiados de aquel momento dramático, se nos grabará en el cerebro y nos perseguirá para siempre en esa eterna condena que es el recuerdo para el ser humano.

Abuelo se culpó hasta su muerte de dos errores que en realidad no fueron tales pero que resultaron determinantes para el resto de su vida y la de su familia. El primero fue acoger al hermano de abuela en casa, el animal despreciable que se aprovechó de la inocencia de su hijo; y, a pesar de que nunca supo —ni tenía por qué saber si nadie le había avisado— que estaba alojando a una bestia despreciable en su hogar, siempre cargó con el enorme peso de la responsabilidad que hundió sus hombros y tiñó de rabia sus pesadillas futuras. Aquel rostro infantilizado, careta de bestia inmunda que disfrazaba la verdadera cara del demonio de su cuñado, flotaba cada noche en su cabeza convirtiendo sus sueños en pesadillas con la sonrisa del animal despreciable que rompió para siempre su hogar, sus esperanzas y la vida de todos aquellos que sufrimos las consecuencias de su asqueroso comportamiento que acabó ahogándonos como un tsunami originado en un océano profundo. El segundo error, y quizá el más insustancial de los dos, ni siquiera debería ser considerado como tal; puede que podamos llamarlo despiste o descuido, pero ya sea simple error o pequeño lapsus resultó ser el más esencial de todos; el punto de no retorno en una historia familiar plagada de miserias, desgracias, dolor, suciedad, golpes, gritos, escupitajos, insultos, traiciones y muerte.

—Mientras tu abuela molía a palos a su hermano, yo intenté buscar a tu padre para ver cómo se encontraba —continuó gimiendo abuelo—. En un principio no pensé que fuera alarmante o preocupante que tu padre no se encontrara donde lo había visto al entrar en la habitación. Era normal que se hubiera largado o incluso escondido por miedo a ser el próximo en recibir la ira de sus padres. Cualquiera, en ese momento de violencia extrema, habríamos actuado de la misma forma; todos habríamos intentado huir, o por lo menos aquellos que no se hubieran quedado paralizados orinándose encima por el miedo que producía una paliza de ese calibre. No tengo dudas de que cualquier niño de la edad de tu padre en aquel momento sabría que lo que estaba pasado estaba mal, que lo que le estaban haciendo no se le debe hacer a nadie y resulta comprensible que incluso llegara a sentirse culpable por verse envuelto es una situación tan desagradable como esa. Quizá por miedo a provocar dolor o enfado a sus padres se calló y ocultó en su interior todo lo que le estaba ocurriendo, como si él mismo fuera responsable de los despreciables actos de los que en realidad era víctima. Di por hecho que tu padre se encontraba en ese momento de pánico, escondido en algún rincón de la casa, rezando por que sus padres nos olvidáramos del asunto gracias a algún tipo de milagro inexplicable y todo volviera de repente a ser como era antes de que su tío llegara a casa y se hiciera cargo de su cuidado. Miré debajo de la cama, debajo del escritorio y en el hueco que dejaba el armario de su cuarto con la pared de la calle, junto a la ventana, pero tu padre se había esfumado de allí. Así que, sin darle mayor importancia a su momentánea desaparición, me detuve de nuevo a observar cómo tu abuela utilizaba sus últimas energías en coger a su hermano por los pelos para levantarlo del suelo y poder apalearlo de nuevo a su altura. Yo, respiré tranquilo, recuperando el resuello para continuar con la paliza en cuanto tu abuela no pudiera más hasta que en un momento en que el hijo de puta volvió a agacharse para protegerse pude ver a tu padre a un par de metros de ellos, mirando desde el pasillo. No dudaba que tu padre no habría ido lejos, pero en esa situación yo ya había cometido el descuido de perderle de vista una vez y no sería conveniente despistarse una segunda. Tu abuela tiró a su hermano al suelo de un empujón, con sus escasos pelos todavía sujetos en su mano y lo dejó de nuevo sentado mientras seguía intentando justificar lo injustificable, lo condenable o censurable; lo delictivo y pecaminoso; lo vergonzoso y doloroso; el acto más miserable que un hombre puede cometer y la canallada más absoluta. Hay que ser un miserable para hacer lo que le hizo a tu padre y muy poco hombre para intentar exculparse cuando te han pillado; y ahí estaba él sentado en el suelo, sin pantalones, con sus nalgas únicamente separadas de las heladas baldosas por la fina tela de su ropa interior, con la erección que adornaba sus calzoncillos ya disuelta o muerta y soltando excusas que solo llevaban consigo más golpes de rabia e ira casi asesina por parte de tu abuela. Hasta que su voz fue silenciada por su gesto de sorpresa.

Abuelo recorría su relato como el perdedor de una guerra imposible de ganar, derrumbado entre las múltiples interrupciones que sus sentimientos desbordados producían en sus palabras; dejándolas a medias, cortadas o interrumpidas y en ocasiones acabadas sin haber empezado siquiera a ser pronunciadas. Era casi imposible entender algo entre aquella cantidad de sonidos empapados en sus lágrimas y mucosidades que amenazaban con desbordarse inundando toda la cocina con el dolor de la pérdida. Afortunadamente, y para mi desgracia, yo ya conocía a padre lo suficiente como para saber lo que estaba a punto de desvelarme abuelo. Conocía sus impulsos y su manera de actuar, su discurrir por la vida deshaciendo todo sin pensar nunca en las consecuencias y su deseo de destruir cualquier cosa que hubiera en pie a su alrededor hasta que no quedara más que el polvo en el que se revolcaba de placer; al igual que un cerdo se revuelca en el lodo. Si padre hubiera tenido a mano un botón que hiciera volar hacia sus destinos programados los centenares de bombas nucleares que aguardan en sus silos para ser activadas, seguramente usted no estaría leyendo esta confesión o explicación ahora mismo.

A pesar de lo que usted haya podido escuchar en alguna película o en la televisión, o en definitiva, en cualquier escena en la que una persona es acuchillada, he de decirle que, por propia experiencia, cuando un cuchillo se clava en una persona —o en cualquier otro trozo de carne—, este no emite ningún ruido o sonido destacable, ni perceptible siquiera, en el momento de alojarse en el cuerpo; y mucho menos nada similar al efecto sonoro más socorrido por los especialistas para resaltar ese momento de la escena que suena como si alguien estuviera acuchillando una cama de agua. El poco ruido que emite el cuchillo rasgando la carne y rozando o chocando con algún hueso si lo encontrara en su camino, es el de un ligero siseo húmedo, similar a una succión pero sin tener nada que ver en realidad; algo casi inaudible si no se está atento, esperando un sonido parecido, o si no se tiene un oído entrenado en mil cuchilladas. Por otro lado, puedo hacerme una ligera idea —y espero que usted también— de la sorpresa que se llevaron todos los protagonistas de la escena, a priori fratricida, cuando el hermano de abuelo se giró sobre sí mismo y mostró a sus dos primarios agresores el cuchillo que se alojaba entre sus costillas y que ahora adornaba su espalda.

—Al principio la puñalada no parecía sangrar —continuó abuelo tras sorber sonoramente sus mucosidades—, como si el acero tapara el flujo de sangre o ni siquiera tuviera sangre por dentro aquel miserable al que estábamos quitando la vida. Habíamos iniciado un camino sin retorno en que el cuchillo no se podría sacar de su espalda sin obviar las consecuencias de nuestros actos. Tanto tu abuela como yo, entendimos que solo nos quedaba seguir adelante con lo que el cabrón de su hermano había comenzado, pero nos quedamos paralizados, sin capacidad de reacción alguna, cuando tu padre cogió de nuevo el cuchillo y se lo volvió a clavar a aquel bastardo de nuevo. Nunca pensé que un niño de diez años pudiera tener la fuerza suficiente como para acertar a clavar varias veces un cuchillo en el cuerpo de un adulto, pero entre la sorpresa que nos atenazaba a todos en ese momento y la rabia contenida de tu padre, nada ni nadie pudo evitar que todo acabara como terminó finalmente.

Abuelo volvió a sorber sus mocos y aprovechó para darse un respiro después de haber sacado de dentro lo que tantos años había escondido en un armario oscuro de su mente. Uno puede asumir y continuar su vida como si nada hubiera pasado sabiendo que no es buena persona, que ha cometido un delito o un agravio del que es responsable directo pero difícilmente podrá vivir con su conciencia tranquila sabiendo que su hijo es un miserable hijo de puta. Abuelo, por lo menos, no era capaz de ello.

—No conté las puñaladas que llegó a darle. Sinceramente dudo mucho que nadie se ponga a contar eso cuando se encuentra en alguna situación similar; pero sí te puedo asegurar que fueron demasiadas. Aunque una cuchillada puede que ya sea excesivo. Ver el cadáver de mi cuñado sin apenas un centímetro de su cuerpo inmaculado me impresionó, pero si algo no consigo borrar de mi mente es la imagen de tu padre hasta las cejas de sangre y con su brillante sonrisa asomando en la oscuridad del asesinato que estábamos cometiendo en familia. Cuando empezó a liberar su rabia, tu abuela y yo no pudimos mover un músculo para evitarlo. Al principio nos quedamos pasmados intentando asimilar lo que estaba sucediendo, observando la metamorfosis de tu padre que ante nuestros ojos estaba pasando de ser un niño a convertirse en la mayor bestia que temeríamos siempre; su paso de inocente criatura al monstruo que es ahora. Cuando nos dimos cuenta del gesto de rabia y placer que ocupaban su rostro al mismo tiempo, lloramos sin parar hasta que no quedó una sola gota de agua en nuestros agotados cuerpos; y, cuando eso sucedió, cuando nos quedamos secos como esos desiertos en los que no es capaz ni de crecer un triste cactus, tu padre todavía seguía apuñalando el cuerpo sin vida de su tío, o la masa deforme en que lo había convertido a base de puñaladas.

Publicado la semana 16. 16/04/2018
Etiquetas
Jaco Pastorius , En cualquier momento
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