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El Animado

La mirada desde el otro lado del callejón

Hará cosa de un año que un día me encontraba escribiendo como ahora hago, en este mismo lugar (mi habitación), que levanté la vista y me lo encontré mirándome. Tenía la cabeza ladeada y la boca abierta en diagonal, como si tuviera una cremallera a medio abrir. Con las manos sobre el teclado, sin tocarlo, le miré muy fijamente, una mirada como la corteza de un árbol, con esa misma rugosidad, esperando que él apartase la vista, pero por su condición no lo hizo. Su condición de quedarse mirando las cosas que le llamaban la atención o de llorar cuando algo le molestaba. No iba a dejar de mirarme, así que pensé que sería mejor bajar el estor y seguir escribiendo, pero antes me di cuenta de que él tenía las manos suspendidas a la altura del pecho, como yo las tenía sobre mi ordenador. La boca era distinta, yo apretaba los labios, pero puede que sus ojos también fueran de madera, es difícil apreciar el color con un callejón de por medio.

 

Cuando llegó se enteró todo el vecindario, aunque al principio nos costó saber qué era. Las dos primeras veces que lo oí pensé que era una oveja, después, que era un borracho dando voces, probablemente tirado por el suelo sin poder levantarse. Una vecina nos dio la respuesta: el hijo de los nuevos vecinos, que es retrasado, bueno, en realidad es solo hijo de ella, él… Y así apareció en nuestras vidas un chico al que vimos pocas veces pero que empezamos a oir siempre que hacía buen tiempo, pues siempre que hacía sol sus padres le sacaban al jardín para que le diese el aire o para librarse de él, según se mire. A veces, cuando salía de casa por las tardes, veía a su madre sacándolo a pasear. Caminaban casi por mitad de la calzada, muy despacio, ella le agarraba del antebrazo y él, que caminaba sin flexionar las piernas, llevaba los bracos cruzando el pecho en paralelo, como un signo de división.

El hijo gritaba, los padres hablaban alto y nos ahumaban cuando hacían barbacoas, y encima, para colmo, construyeron otra planta en su casa, una con una ventana que daba a mi ventana, atacando mi intimidad, quitándome el privilegio de ser el observador universal, teniendo que compartir el puesto con otro vigía, uno de ojos desencajados.

Con todo esto no es raro que odiase a la familia y utilizase al hijo como centro de mis ataques, de hecho quien haya leído mi relato “la luz del baño está encendida”, comprenderá el poco aprecio del que hablo

 

Ahora lo termino, un momento, que me llaman de la cocina.

Ya casi está, es que hubo un problema en la cocina y el relato aún no está bien hecho.

Publicado la semana 20. 20/05/2018
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