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19
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Cuando Mauricio llamó, su voz me pareció extraña, por teléfono parecía más preocupado que triste. Yo sabía que se iba a producir la llamada aquella misma tarde, no sé cómo, tan solo tenía esa certeza que se tiene cuando te van a dejar o alguien ha muerto, esa clarividencia que te trae el humo azul del cigarrillo que no se fuma. Quedó en recogerme y le esperé en la esquina por aquello de que en mi calle no se puede aparcar. Había estado seguro de que Alina se iba a morir aquella misma tarde hasta el punto de no haber hecho planes, es más, no sé si es recuerdo o imaginación el haberle dicho a los muchachos que aquel domingo no podría verles por un compromiso previo. Y ya ves, cuando crees que has fumado demasiado y que eres tonto, llama Mauricio. El pobre estaba raro, se veía que quería sentirse eficaz, dejarle el dolor a la familia, de forma que se echaba el suyo a la espalda y acababa por conducir encorvado. Todo el trayecto condujo apretando el volante con las dos manos y sin dejar de mirar al frente. Yo le repetí que cómo había venido a por mí y no había dejado que cogiera un taxi, pero sabía la respuesta: él no es un hombre de pésames, necesitaba marcharse del piso abarrotado sin importarle que ahora me fuesen a llover a mí todas las miradas de reproche por mi falta de consideración, por obligar al viudo a salir de su nicho de dolor y ropa negra. Ellos no sabían que lo agobiaban, que el preparar canapés era artificiar la situación, no sabían que él preferiría estar solo en la casa, con Alina aún sobre la cama o ya fuera, sintiéndose como de cuclillas entre las paredes de una casa que era ella y en la que él había tenido la suerte de vivir.
—Ella te quería, ¿sabes?
Y claro que lo sabía, lo que me gustaría saber es si él conocía el verdadero alcance de aquellas palabras. Por un momento se me ocurrió pensar que sí, que lo sabía todo, que sus palabras querían empezar una conversación o terminar un pensamiento, pero no, su forma de encorvarse, su tensión, ahí veía más a la madre de Alina, que a aquellas alturas ya le habría convertido en un mueble en el que poner a secar las flores del entierro. Debía estar hablando de nuestra amistad, además de que hacía mucho que Alina y yo no nos veíamos. Eso no quiere decir que la hubiese dejado de querer, que sería una barbaridad decirlo. Alina era una de esas personas a las que sigues queriendo hasta que te mueres, o a la que quieres aún más si se muere, entonces, ¿por qué no conseguía estar triste?
Al entrar le volvieron a golpear en los hombros, a cogerle de las manos, a abrazarle. Estaba por seguirle de cerca, porque veía que en cualquier momento se caía, sin embargo me decidí a preparar café por ver si me empezaban a perdonar aquellas señoras a las que no conocía ni tenía esperanzas de que me presentaran, pues era posible que ni Mauricio mismo supiese quiénes eran. Cuando el agua ya hervía, me giré buscando el azúcar y al darme la vuelta alguien ya me había robado la cafetera arrebatándome todo mérito, de forma que salí al salón pudiendo llevar solo el azucarero, las servilletas y las cucharillas, cobrándome más miradas de reproche, como si fuese yo quien intentaba robar méritos. Por un momento me salió la vena absurda y me imaginé golpeando a aquellas señoras hasta sangrar. Esperando mi turno para entrar al cuarto me replegué contra una ventana y por primera vez me di cuenta de lo oscuro que estaba el cielo, no lograba comprender cómo había pasado el tiempo desde el humo azul del cigarrillo y la llamada de Mauricio hasta ese momento. El pensar en el cigarrillo me dio ganas de fumar, así tuve que ir por el salón ofreciéndole a cada persona con el gesto sin palabras de ir mostrando la cajetilla para que ellas dijesen que no también sin palabras, solo tensando los músculos del cuello. Al terminar la rondan me giré para ver en sus caras el terror al darse cuenta de que el haber rechazado el cigarrillo les obligaría a no poder fumar más adelante sin vulnerar su sagrada educación, aunque sabía que a lo largo de la noche irían desapareciendo como desaparece la gente en las fiestas y en los velatorios. El recorrido también me sirvió para fijarme mejor en la gente; hasta ahora las amigas de la madre habían acaparado toda mi atención, pero tampoco es que hubiera mucha más gente, había una niña, vestida con un vestido blanco que si bien no era negro al menos era muy bonito, estaban los que debían ser sus padres, mayores que Mauricio y que yo mismo, a los que no encontraba una justificación más allá de que fueran familia o vecinos muy queridos. Luego el resto de la gente era bastante mayor sin llegar a ser anciana, lo que me hacía preguntar si no era verdad que Mauricio y Alina tenían amigos, que los tenían, entonces, ¿dónde estaban? Era domingo y era tarde, pero era Alina, y por aquí los trámites sociales se hacen en el velatorio y no en el funeral. Podía ser que Mauricio no les hubiera llamado, y aquí me avergonzó sentirme afortunado por ser el elegido, pero también me hizo preguntarme si no debería coger yo la agenda de telefónica. Busqué a Mauricio con la mirada y comprendí que ahora la madre y él debían estar en el cuarto, la visita más delicada, así que, de pronto sintiéndome completamente fuera de lugar y sin saber dónde meter las manos, comencé a buscar cosas que hacer o sitios donde esconderme, vi la puerta cerrada del cuarto de la plancha, pero antes de decidirme siquiera vi a la niña. Estaba sola, en el reino de los muertos y de los mayores, y a la mañana siguiente tendría colegio, así que estuve sopesando cómo de acertado sería acercarme, conseguir el permiso de los padres y llevármela de la mano a un lugar apartado a inventar juegos y si eso a convertir a las señoras mayores en una hidra de muchas cabezas.
Si quería alcanzar el cuarto de la plancha lo mejor sería atajar por la cocina, que si bien era un camino más largo, al menos me libraría de atravesar el salón, pero luego habría que abrir la puerta, y eso parecía imposible ante la mirada de todos. El jugar con la niña había quedado descartado porque no sé si era miedo o pereza, pero si ella no venía a mí yo no quería tener que moverme y enfrentarme a sus padres. De pronto me asaltó la culpabilidad terrible y carnívora de pensar que por qué no estaba triste y pensando en Alina, en su vida, en nuestros recuerdos, en cuando yo había gobernado aquel salón en ausencia de Mauricio. Pero de estos pensamientos me sacó el propio Mauricio poniéndome la mano en el hombro, y en ese momento tuve la certeza de que él lo sabía todo y que el sacarme del mundo de la culpa era  su forma de decir que me perdonaba.
—Vamos —dijo.
Uno espera que una habitación así huela a algo que desconoce pero a lo que llamará olor a muerto. Esta no olía a nada especial, tampoco a cerrado, a viejo, a polvo, a incienso, a madera, no, aquella habitación directamente no olía a nada. Estoy seguro de que no había ningún olor allí, como si incluso Mauricio y yo nos hubiésemos quitado la piel antes de entrar, y aunque sé que es mentira, ahora lo recuerdo como si de fondo oliese a perfume, el perfume que Alina guardaba en un frasco azul. También al recordar la escena recuerdo las paredes, las manos sudadas de Mauricio que me ponían nervioso, las sillas a ambos lados de la cama, recuerdo incluso otros recuerdos, a mí con la Alina viva en aquella misma cama (¿dónde dormiría Mauricio los próximos días?), pero de lo último que me acuerdo al formar la imagen es de ella, o mejor dicho, de aquel cuerpo. Ya nada más entrar me alegré de hacerlo después de él, porque se me arrugó la nariz y casi lo expreso en voz alta: «esta no es Alina».
Tenía su cuerpo, su rostro ausente, su piel blanca, sus manos cruzadas sobre el regazo, pero no era ella. No sabría cómo expresarlo, pero la miré y luego miré a Mauricio para ver si había algo en su rostro, pero él la miraba con el lado que se le había muerto y casi le grito que como podía ser tan tonto de creérselo. Quise pensar entonces que el no estar apenado y ver aquel cuerpo como si no fuese el suyo no eran sino síntomas de un rechazo natural a la creencia de la muerte de un ser querido, pero fue en ese momento cuando me cruzó por el pecho una certeza o una verdad, y lo hizo tan fuerte que me tuve que apoyar en el respaldo de una silla. Mauricio me miró, pero su imagen estaba distorsionada como si le mirase desde el otro lado de una vidriera. También me vinieron unas ganas terribles de vomitar y lo único que se me ocurrió pensar fue que cómo de acertado sería vomitar allí mismo, porque en las películas se vomita ante los cadáveres, pero se hace en las escenas del crimen o en las autopsias, no en los velatorios. Pensé que si vomitaba en ese instante, delante del cuerpo y del viudo, no estaría sino delatando mi especial relación con la difunta. Lo mejor fue salirme, ir al baño, lavarme la cara y ante el espejo decirme que tenía que dar con Alina, la Alina viva que había en alguna parte.
Luego todo fue más rápido, al menos de comprender. Lo que había sentido en el cuarto había ido escalando hasta llegar a mi cabeza y ahora sabía que Alina rondaba por el piso de alguna forma que no me importaba que no fuese lógica. Tuve que buscar escusas para poder ir mirando todos los rostros, buscando una cara tan blanca debajo de un velo de luto. Yo estaba sudoroso, encogido, casi temblando, solo se me ocurría pensar que si nadie se preocupaba por el qué me pasaba o, que suponiéndolo, me dijesen siéntate y bebe algo, era porque si alguien había de decirlo eran aquellas señoras que suspiraban cada vez que me veían cruzar. Después de haber mirado en todas partes, Alina solo se podía haber escondido en el cuarto de la plancha o en cualquier otro lugar del bloque de pisos, y como en ese vecindario la media de edad es elevada y a aquellas horas los vecinos andarían en bata o ya dormidos, pensé que lo primero sería hacer aquello que antes me había dado tanto miedo pero que al final resultó no ser nada, solo acercarme a la puerta, abrir y entrar sin siquiera mirar quién podía andar mirándome, que bien visto tampoco sería nadie si allí solo me apreciaban Mauricio y tal vez la niña, y ella únicamente porque tenía pinta de ser de esos niños que se van de la mano de desconocidos.
Al entrar no estoy muy seguro de si en un momento dado se encendió la luz o si es que mis ojos se aclararon de pronto. Frente a mí estaba la tabla de planchar como si fuese el mostrador de una tienda, y al otro lado Alina, vestida de blanco, que ni sonreía ni parecía triste. Empecé a dudar sobre si debía saludar o cómo debía comportarme, y ante la duda decidí comportarme como lo hacía de niño:
—¿Eres un fantasma?
Entonces ella sonrió y pareció que todo iría rodado.
—¿No has visto mi cuerpo en el otro cuarto?
—Parecía de plástico.
—¿Habías visto un muerto antes?
—No lo recuerdo —ella parecía ella, pero notaba una distancia entre los dos no justificada por la muerte—. Creo que ahora deberías besarme.
—¿Quieres que te bese?
—Quiero comprobar si eres auténtica.
—¿Si lo fuera te besaría?
—Si estuvieses viva y yo llegase al cuarto en el que ahora descansas, lo harías.
—Ahora debes salir.
—¿No vas a contestarme?
—Debes salir porque a Mauricio le van a fallar las piernas, quiero que le cojas antes de que caiga al suelo.
La miré durante un segundo que pareció eterno, durante ese mismo segundo me giré, y después de todo aquello, su figura iluminada quedando a mi espalda, abrí la puerta y corrí hacia el centro del salón, donde aquellas gentes se llevaban las manos a la boca mientras contemplaban cómo el viudo caía de espaldas en lo que parecía ser mucha menos velocidad de la que acostumbran a invertir los objetos cuando caen, como dándome tiempo a llegar, pasar mis brazos por debajo de los suyos, acordarle un buen aterrizaje sobre la alfombra y susurrarle cosas buenas al oído. Mauricio necesitaba descansar, pero eso no sirvió de señal a la congregación para que se marchara, es más, pareció darles más poder en cuanto ahora el marido sí que les necesitaba en estas sus peores horas. El sofá de pronto resultó ser algo diminuto en lo que uno no podía tumbarse, y por la cara de la madre de Alina adiviné que había sido regalo suyo. Entonces yo tomé la iniciativa con un carisma tal que aquellas mujeres, aterrorizadas por lo que proponía, no pudieron oponerse. Mi ímpetu venía por la idea de que en cuanto quisiera podría abrir una puerta y volver a verla, era como si en el ensayo de una función en la que yo era actor, pidiese salir antes de tiempo porque tenía una cita. Entonces Mauricio acabó en la cama de matrimonio, al lado del cuerpo sin vida de su mujer, al que hubo que mover casi medio metro a un lado. Se me ocurrió pensar que si Mauricio de pronto despertaba y la veía ahí, con los ojos cerrados y la luz apagada, podría pensar que todo había sido un sueño, pero ahora que conocía la verdad era incapaz de otorgarle ninguna seriedad a un cadáver.
Sin embargo cuando volví a entrar, casi con la ilusión de un niño, el cuarto estaba vacío. Una nota había dejado sobre la tabla de la plancha:

Búscame en la sala

Y yo pensé que por qué en algún momento habríamos interrumpido aquella historia en la que solo nos hacíamos daño cuando pensábamos en su marido o en mi amigo. Abrir la puerta y echar un vistazo resultó ser algo increíblemente tedioso. ¿Dónde podría estar Alina? No la veía allí presente, y si estaba metida en algún otro cuerpo, como se supone que hacen los fantasmas, podría estar en el de cualquiera, conociéndola incluso en el de su madre, o en el suyo propio para dar el espectáculo de una resurrección. Saqué la cajetilla y volví a darme una vuelta ofreciendo cigarrillos, lo hacía todo muy deprisa porque en verdad no me importaba nada, solo iba mirando los rostros, buscándola, y cuando hube terminado, sin saber quién podía ser, me desesperé pensando que o bien ella me daba una pista o me saldría de aquel piso, cogería un taxi y vería si los fantasmas le siguen a uno pidiéndole disculpas. Pero entonces caí en la cuenta de la única persona a la que no le había ofrecido tabaco era la pequeña que, con un dedo apoyado en el labio y mirando hacia el techo, vestía de blanco y había estado evitando mirarme todo aquel rato.
Utilicé la cocina como pasillo para pasar al otro lado del salón y salir por la puerta que me dejaba junto a ella. Allí la cogí del brazo y la llevé conmigo porque sus padres no miraban y ella no dijo nada, aunque no me hubiera importado que cualquiera de las dos cosas hubiera ocurrido. En el ascensor me puse de rodillas para que mi cara quedase a la altura de la suya.
—¿Eres tú? Dime ¿Eres tú?
Ella me miraba con unos ojos que debían comprender la amplitud del mundo. Al llegar al vestíbulo la cogí de la mano, y al salir a la calle, al frío insoportable que hacía de pronto, empecé a correr sin soltarla, sintiéndola como un lastre a mi velocidad.
Después de las calles llegamos a los parques, ella no había dicho nada, pero oía los gritos más allá, los lobos, los depredadores que nos querían alcanzar a Alina y a mí. Entonces sentí cómo sus piernas no daban más de sí y paraba. A mí la inercia me llevó a quedarme un par de metros más allá, mirándola a ella y a quienes venían detrás.
—¡Vamos, Alina, no hay tiempo!
Pero ya estaban aquí. Sus padres, que me insultaron desde lejos, como con miedo; Mauricio, que estaba casi llorando y me abrazó diciendo que esto nos afectaba a todos, que no había que dejarse llevar. Y mientras Mauricio lloraba en mi hombro vi cómo se la llevaban y cómo giraba ella su cara, pura e inocente, y me sonreía. Os juro que sonreía.

Publicado la semana 19. 13/05/2018
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