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David Lizandra

Nunca es tarde

—¿Qué me vaya a tomar por dónde? —gritó George desde la cama—. ¿Y qué es eso de que te vas? ¿A tus años? ¿Con quién? —Dejó escapar una carcajada—. ¿Cómo vas a irte si no sabes ni…

El estruendo de un fuerte portazo ahogó en su garganta la retahíla de ofensas que estaban por llegar.

—¿Mildred? —preguntó casi en un susurro.

Durante algunos minutos estuvo atento a los ruidos de la casa; unos pasos sigilosos, algún roce de ropa. Cualquier sonido le hubiera venido bien para demostrar que en realidad no estaba solo.

«Vendrá. Ya lo creo que vendrá», siguió pensando con la mirada puesta en el corsé y el andador que necesitaba desde su caída. Imposible levantarse y caminar sin ellos.

El silencio y la sensación de soledad terminaron por resultar abrumadores.

Llamar a su hija mayor tampoco lo alivió.

—Un día me dijiste que no querías a nadie en tu casa por obligación. Bien, el compromiso de ayudaros lo marcaba mi madre. Aunque tarde, ya no está contigo, así que ahora… ¡apáñatelas como puedas! —dijo.

Ni siquiera lo intentó con sus otras dos hijas. Aún creía que Mildred iba a volver después de darle un escarmiento.

Luego llegó el hambre. Con ella también lo hizo la desesperanza. Algo más de dos metros lo separaban del andador y el corsé.

—¡Volverá! —susurró.

Durante unos segundos volvió a tener un rayo de esperanza. Mildred lo estaba llamando.

—¿No crees que ya has llevado esto demasiado lejos?

A Mildred le costó reprimir las ganas de colgar el teléfono.

—En la mesilla te he dejado un papel. En él, anotado con claridad, está el número del geriátrico. Con lo déspota que has sido y lo inútil que eres, es lo único que te queda por hacer. ¡Llama! —dijo antes de colgar.

A George le bastó una mirada a la mesilla para imaginar el triste futuro que le esperaba.

Publicado la semana 63. 11/03/2019
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