10
David Lizandra

Letraherido

—¿Aceptará el encargo? —volvió a preguntar.

No hacía falta tanta insistencia porque la espera era premeditada. Solo estaba haciéndome el interesante. Tenía la respuesta clara antes incluso de que terminara de formular la pregunta. Era demasiado tentador. «Mi primera investigación con víctimas», pensaba mientras el rector terminaba de relatar los hechos. Tampoco había aceptado, hasta ahora, un trabajo que implicara investigar en las entretelas de una universidad de prestigio; hacerlo en su inmensa biblioteca hubiera constituido, por sí, un auténtico placer. Si a un asesinato que mantenía en vilo a la policía y al magnífico escenario le añadimos las ganas de resolver el caso, casi sobrenatural, tenemos el reto perfecto que alguien como yo buscaría para lanzar su párvula carrera.

Algo tenía que urdir para ahogar mis ganas de abrazar al rector por su propuesta, aunque estoy seguro de que no me la habría lanzado si no fuera mío el mejor expediente académico de la promoción del 2019. Me acerqué a la ventana sin decir nada. Estuve un rato viendo, sin ver, la agradable alfombra verde del campus que se extendía a mis pies. Algunos grupos de estudiantes, desperdigados por el césped, disfrutaban de los días de una primavera anticipada en febrero. Al contrario que ellos, desde el despacho de mi anfitrión en el segundo piso, no podía sentir la tibieza del sol, pero sí sus ojos clavados en la espalda. Sin duda debía de estar expectante. Yo tampoco iba a soportar la presión del silencio mucho más tiempo.

—Ningún investigador en su sano juicio podría rechazarlo. Comenzaré hoy mismo, rector —respondí para terminar con su expectación y mi ansia.

Algunas de sus palabras seguían resonando en mi cabeza:

«… de no ser por las extrañas ropas, más propias del siglo XIX y por el hollín que rodeaba al cuerpo, el primer asesinato hubiera parecido algo casual; una disputa entre estudiantes muy enojados».

«… ocurrió por la noche en uno de los períodos de exámenes, con la biblioteca repleta de estudiantes. La víctima, una perfecta desconocida para todos, también iba indocumentada».

«… aún hoy, cerca de dos meses después, su cadáver continuaba en la morgue sin que nadie lo hubiera reclamado».

«… la policía, y nosotros mismos, revisamos de forma minuciosa todos los vídeos de la entrada a la biblioteca hasta una semana antes del suceso. No vimos a la víctima entrar por la puerta y no hay posibilidad material de hacerlo por otro lugar».

Todavía era temprano. Aunque los alumnos comenzaban a llegar en bandadas con la cadencia que iban marcando los autobuses y tranvías, aún quedaban mesas libres en la cafetería de la universidad. Eché una mirada a mi mano. En ella, dentro de una carpeta azul, descansaba todo el dosier del caso. Ojearlo y tomar un buen café ya eran necesidades imperiosas; el orden en el que lo hiciera no iba a alterar el producto final. Tomé asiento al fondo del local, contra unos enormes ventanales en busca de la mayor dosis de intimidad que pudiera conseguir.

Las fotografías eran estremecedoras. Los primeros planos indicaban un ataque de una violencia extrema. Sus mejillas estaban surcadas por infinidad de arañazos, todos irregulares, que parecían hechos con unas uñas no demasiado afiladas. La causa de la muerte habría que buscarla en el cuello, donde se hacían evidentes el mismo tipo de heridas que en la cara pero acompañadas de las marcas violáceas de unos enormes dedos. Sin duda la mujer murió estrangulada.

No acababan ahí las rarezas del caso. Tal como ya me había anticipado el rector un rato antes, la ropa de la mujer era más propia del siglo XIX. Al margen de que estaba destrozada por las acometidas del asesino, algo hasta cierto punto normal, el tejido era demasiado basto comparado con los actuales y carecía de cualquier tipo de etiqueta. Daba la sensación de que toda su indumentaria fue confeccionada a mano.

«Hablando del rey de Roma… », pensé en cuanto volví a ver al rector. Acababa de entrar en la cafetería. Era evidente que algo no iba bien.

—¡Ha vuelto a ocurrir! —dijo antes incluso de sentarse.

Jadeaba de forma ostensible y no dejaba de frotarse las manos. Estaba tan acelerado que ni siquiera pude preguntar sus motivos para aparecer de esa guisa.

—Me acaba de avisar el bibliotecario. Ha aparecido otro cadáver allí. —Hizo una larga pausa para suspirar—. Tenemos que llegar antes que la policía. ¡Corra!

Fue todo tan rápido que no me dio tiempo ni a terminar de recoger los documentos del dosier. Cuando lo hice ya no quedaba ni rastro del hombre. Había desaparecido por la puerta.

—¿De qué va vestido? —pregunté nada más verlo.

Allí solo estaban el rector y un hombre de mediana edad que, aún sin presentación, intuí que se trataba del bibliotecario. Ninguno me contestó.

—Sí, va de payaso —respondí yo mismo en un fracasado intento por parecer gracioso.

Y si no lo era, se asemejaba mucho. El traje que llevaba era muy ceñido, con muchas listas de colores. Coronaba su cabeza un sombrerillo cónico adornado con cascabeles en las puntas. Todo su cuerpo estaba salpicado con una especie de pasta de albañilería.

—Diría que esto es argamasa —dijo el rector después de olisquear lo que previamente había raspado de una de las manchas con el dedo.

Cualquier policía se hubiera llevado las manos a la cabeza de haberlo visto. Por suerte tardaron un poco más en llegar.

Nada me pudo aportar el nuevo expediente policial que, dos días después, me entregó el rector. Como en el anterior asesinato, tampoco esta vez las cámaras consiguieron filmar la entrada de la víctima en la biblioteca. Seguía sin encontrar algo a lo que agarrarme.

—¿Nunca, antes de estos dos asesinatos, había ocurrido algo similar en la universidad? Ya sabe… algo luctuoso.

El rector me miró sorprendido. Aunque mi pregunta lo había pillado desprevenido, tardó menos de lo esperado en responder.

—Lo cierto es que sí —dijo.

Esta vez el sorprendido fui yo.

—Hace unos tres meses desapareció uno de los estudiantes. —Mientras hablaba estaba asintiendo con la cabeza—. Lo hizo de forma misteriosa. Sin embargo, algo diferencia este caso de los asesinatos… al menos las cámaras filmaron su entrada en la biblioteca… no así su salida.

Al menos, aunque sin conexión aparente con los dos crímenes, tenía algo por donde comenzar a investigar.

—Este chico no tiene desperdicio. Con todas estas lecturas, mi madre lo hubiera llamado letraherido. Pero no uno cualquiera, no… uno apasionado de Poe.

Solo era una reflexión en voz alta y así debió de entenderlo el rector, porque me consta que aunque fue capaz de entenderme con claridad, nada dijo.

Frente a mí tenía su ficha de la biblioteca. De no haber sabido lo que era, bien podría haberlo confundido con un listado de todas las obras de Edgar Allan Poe. Algunas de sus obras las había llegado a sacar dos, tres y hasta cuatro veces de la biblioteca.

—No lo recordaba así —dijo el rector mientras miraba una copia de la foto del carnet. Dejó escapar una risotada—, parece el mismísimo Poe.

Viendo la fotografía del universitario no andaba muy descaminado. El pelo negro, del mismo color que la camisa, la americana, su bigote… tenía razón, sin duda acabábamos de hallar al admirador número uno del genio de los misterios góticos.

— Mire esto, rector, fíjese en los tres últimos libros que sacó… Los crímenes de la calle Morgue, El barril de amontillado y la última, —hice una pausa para darle el merecido boato—, El corazón delator. ¡Lo tenemos!

La cara de extrañeza del rector lo decía todo. No había entendido ni una sola palabra. Mi pregunta no hizo otra cosa que no fuera complicar aún más el asunto.

—¿Podría conseguirme un fonendoscopio?

Al principio pareció dudar. Hizo un conato para decir algo aunque finalmente se limitó a hacer un gesto con la mano para indicar que lo esperara. Eso hice.

No fueron muchos más de diez o doce minutos los que tardó en regresar con el fonendoscopio agarrado en una mano y la perplejidad por lo desconocido escrita en la cara.

—Si mi teoría es cierta, no tardaremos demasiado en encontrar al culpable —dije mientras agarraba el fonendoscopio—. ¡Sígame, por favor!

Sabía que obedeció mi orden porque sin duda eran sus pisadas las que oía solo unos pasos por detrás de mí.

—¿Ve estas marcas? —pregunté—. Aquí encontraron a la primera víctima.

Tampoco esta vez dijo nada el rector. Solo asintió.

Estiré la mano para agarrar uno de los libros en la estantería, Los crímenes de la calle Morgue, de Edgar Allan Poe.

Aunque desde donde me encontraba no podía ver al rector, estaba seguro de que apreció el gesto de triunfo que adornaba mi cara. Leí un párrafo:

En su rostro se veían profundos arañazos, y en la garganta, cárdenas magulladuras y hondas huellas producidas por las uñas, como si la muerte se hubiera verificado por estrangulación”.

—Parece que está describiendo el primero de los asesinatos. ¿No le parece?

Sin esperar ninguna respuesta avancé unos pasos hasta llegar a la altura de otras marcas en el suelo. Donde encontraron a la segunda víctima. Volví a leer, esta vez el final de El barril de amontillado:

Tampoco me contestaron. Introduje una antorcha por el orificio que quedaba y la dejé caer en el interior. Me contestó sólo un cascabeleo. Sentía una presión en el corazón, sin duda causada por la humedad de las catacumbas. Me apresuré a terminar mi trabajo. Con muchos esfuerzos coloqué en su sitio la última piedra y la cubrí con argamasa. Volví a levantar la antigua muralla de huesos contra la nueva pared. Durante medio siglo, nadie los ha tocado. In pace requiescat!”.

—Argamasa y cascabeles… como la segunda víctima. Y sí, también estaba vestido de payaso.

—No entiendo dónde quiere llegar —dijo el rector.

Busqué entre las estantería hasta encontrar el libro que necesitaba. Tambien de Poe. Era el único ejemplar de El corazón delator.

No lo abrí. Solo se lo entregué a mi anfitrión junto al fonendoscopio. Esta vez adivinó cuáles eran mis intenciones. No tardó en comprenderlo todo, en cuanto comenzó a auscultar al libro. Dentro sonaba el corazón del asesino.

—Está dentro. Lo tenemos. No se le ocurra abrir el libro, podría escapar —dije.

Era invierno. Las calderas estaban encendidas. Nadie, en los próximos días, iba a echar de menos un libro de Edgar allan Poe. El rector lo arrojó a las entrañas de la calefacción.

—El asesino no volverá a molestarnos. Le diré al bibliotecario que pida otro ejemplar del corazón delator —dijo.

Publicado la semana 62. 06/03/2019
Etiquetas
Compartir Facebook Twitter
Género
Relato
Año
II
Semana
10
Ranking
0 202 0