09
David Lizandra

Tricentenario

Lo había olvidado todo; al tipo y a su increíble historia contada en la barra de un tugurio de mala muerte; un diálogo de borrachos a altas horas de la madrugada, cuando las conversaciones que dejan salir los efluvios del alcohol suelen ser meras estupideces.

Por alguna extraña razón, al despertar, he recordado que hoy es 23 de febrero y su inquietante nombre, Fausto Luzbel.

—… ese día se cumplirá el tricentenario de mi pacto con el diablo y tendré que entregarle el precio que acordamos a cambio de todos estos años vividos; mi alma —dijo entre un trago y el siguiente.

Antes de despedirse me entregó una ajada tarjeta de visita. Era de una clínica dental. Por el reverso estaba escrito con letra descuidada el nombre de un hostal mugriento donde podría encontrarlo. También dejó escrito un número, 209, solo puede ser el de la habitación.

Tampoco yo tenía la razón sobria como para ponderar el riesgo si aquella ridícula afirmación resultaba ser cierta, por eso guardé la tarjeta en uno de mis bolsillos.

—Soy escritor. —Creo que cuando comencé a hablar en mi ánimo estaba la intención de reivindicar que también yo tenía buenas historias que contar—. Nada me agradaría más que estar presente en ese encuentro —dije con un cierto retintín chulesco que resultó desagradable incluso para mí.

Tengo todo el vello erizado. Ha sido al recordar la siniestra sonrisa que se le escapó a Fausto mientras escuchaba mis palabras. Aún así, estoy decidido a asistir al intercambio. Nada puede hacerme renunciar al privilegio de ser testigo de esa escena; con toda seguridad, una de las que más ríos de tinta ha hecho correr en el mundo de la literatura.

Acabo de salir de la ducha. Miro mi cama; parece un muestrario de ropa. Considero que es de suma importancia elegir la adecuada para la ocasión, aunque como desconozco cuál es la indumentaria que marca el protocolo para estos casos, decido llevar una camisa blanca y una americana de color gris con pantalones vaqueros. «Elegante a la vez que informal», hubiese dicho alguno de mis amigos.

Después de dar varias vueltas a la tarjeta de visita que me entregó Fausto y de exprimir mis recuerdos al máximo, no he sido capaz de concretar si me dijo, o no, alguna hora. Son las nueve, decido que es una buena hora para ir donde debería ocurrir todo.

El hostal es más mugriento por dentro de lo que aparenta la fachada, que no es poco. No hay ascensor. Resulta peligroso ascender por aquellos escalones de azulejos desgastados por el centro y cada uno de una altura diferente al anterior. La barandilla, que amenaza con desprenderse de la pared, tampoco ayuda a fomentar la seguridad. Aún así he conseguido llegar.

—Habitación 209. Aquí es —he dejado escapar en un susurro lo que debía de ser una reflexión íntima. Estoy demasiado nervioso para aparentar que no lo estoy.

He conseguido detener a mis nudillos un centímetro antes de impactar contra la puerta. No puedo negar que temo por mi seguridad. La única luz, si es que así la podemos llamar, es la de un pobre tubo fluorescente, hacia la mitad del pasillo, que solo parpadea y deja escapar siniestros chisporroteos. He visto muchos de esos en escenas de películas de terror que nunca terminan con el protagonista vivo. Las paredes, cubiertas de una mugre que no se justifica solo con la edad de la pintura, tampoco ayudan para aclarar el ambiente.

«Es mejor que me vaya, de esto no puede salir nada bueno», he pensado, pero al enfilar las escaleras para hacer caso de mi elucubración me ha parecido ver una sombra. También he escuchado unas pisadas. Sí, definitivamente alguien está subiendo.

Debo aparentar tranquilidad. Doy tres golpes en la puerta.

—Voy —escucho decir a alguien desde dentro.

La puerta abierta no mejora el escenario. Fausto me mira desde el otro lado vestido con la misma ropa del otro día. El olor a sudor rancio con el que me recibe habla de que, desde el día que nos vimos, un buen baño o una simple ducha solo han sido quimeras para él. La única luz de la habitación es la que dejan pasar unas cuantas rendijas de la persiana.

—¡Joder!, con este olor ni el mismísimo satanás querrá venir a por tu miserable alma.

Mientras hablaba le he dado un empujón para apartarlo y entrar. El desconocido de la escalera debe de estar cerca.

Dentro, la atmósfera que me recibe es lúgubre y pestilente. La persiana está atrancada. Después de un ímprobo esfuerzo para subirla, la cinta se ha roto. Me he quedado con ella en la mano. Por suerte, soy un hombre de recursos; un vaso, colocado bajo las lamas, me ha servido para levantarla un poco. Ahora no hay mucha más luz, pero algo hemos mejorado. Al menos no hay tanta penumbra y puedo distinguir los chinches que se pasean a sus anchas por el suelo. Son de un tamaño considerable. «A algunos tendré que llamarlos de usted», pienso mientras permito aflorar una sonrisa.

Unos pasos, todavía en el pasillo, borran mi sonrisa fuera de lugar para recordarme que esperamos a alguien; uno que debe de estar a punto de traspasar el umbral de la puerta. Por segunda vez en este día, mi vello se eriza de tal manera que el cuero cabelludo parece contraerse desde la nuca hasta la coronilla. Duele.

Sorpresa. Eso es lo que me ha producido ver a quien estábamos esperando. Al menos yo me esperaba a alguien, no sé, más corpulento quizá y nunca con ese aspecto. No debe de medir más de metro sesenta, calvo en la coronilla, con gafas y vestido igual que si fuera un contable; con un ajado pantalón marrón, una americana de tweed y una cartera de cuero marrón en su mano.

El saludo tampoco era más prometedor. Se ha limitado a un “buenas tardes” demasiado apacible para lo que uno esperaría del diablo.

Fausto, a pesar del aspecto bonachón de su invitado, parece más apesadumbrado desde que ha llegado. Apenas levanta la mirada del suelo y no para de frotarse las manos.

—Sabes a qué he venido, ¿verdad, Fausto?

Esta vez, la voz del recién llegado, ha sonado más fuerte y profunda. Fausto ni lo ha mirado. Yo, sí.

Él también me ha mirado.

—Y tú, ¿quién eres? —La voz ha sonado todavía más imponente.

A pesar de que aún no me esperaba la pregunta, estoy preparado. Lo he ensayado mucho rato, frente al espejo, para asegurarme de que todo iba a salir bien.

Creo que ha crecido más de veinte centímetros desde que ha llegado. Ahora es mucho más alto. Tengo la sensación de que sigue creciendo. También el pelo ha crecido y su coronilla ya no está pelada.

—Verá, señor, soy escritor y…

Fausto ha dado un fuerte golpe en la mesa. Ha dejado de mirar al suelo y parece haber recuperado la templanza que no tenía cuando llegué.

—¿Recuerdas lo que me dijiste el día que hicimos el trato, Lucifer? —ha preguntado Fausto.

El recién llegado ha sonreído. Al hacerlo ha mostrado sus dientes. Amarillentos y largos; demasiado para parecer una dentadura humana. Y ha vuelto a crecer. También está más corpulento. Creo que está desgarrando la americana por la espalda. Asiente.

—Eres astuto, Fausto. Recuerdo que justo trescientos años atrás te dije que a cambio de una vida tan larga te iba a pedir que me entregaras el alma. La tuya o la de alguien que asistiera de forma voluntaria al encuentro.

Los dos me están mirando. No puedo hablar. Tengo la lengua tan seca que se me pega al paladar. Solo niego con la cabeza lo evidente, que nadie me ha pedido que viniera.

—Entonces, ¿puedo marcharme? —pregunta Fausto.

El muy hijo de puta está de pie. Ha recogido sus cosas y solo espera una respuesta para salir de la habitación.

—Un trato es un trato —ha mirado durante unos segundos a Fausto mientras se acaricia la barbilla—. Dentro de otros cien años volveré a por tu alma o la de otro incauto como este. ¡Márchate!

Apenas lo he visto salir. Lo ha hecho sin despedirse. Ni siquiera me ha dado las gracias.

Pero, cómo ya recalcaba antes, yo, también soy un tipo de recursos.

«De perdidos, al río», he pensado antes de comenzar a hablar.

—Como te decía antes, soy escritor. —He hecho una pausa para ponerle un toque de emoción. Me ha costado, pero le he aguantado la mirada hasta continuar—. La gente lee mis historias… a veces incluso las creen. Tengo muchos lectores y trataré de que sean más. Te ofrezco el alma de todo aquel que lea mis historias de forma voluntaria. Piénsalo bien, un alma a cambio de cientos, tal vez de miles. Es un buen trato.

Lucifer, en este rato, se ha transformado en el diabólico ser del imaginario popular que tanto nos aterroriza. Es enorme. Ha soltado una carcajada que me ha helado la sangre. Debo aguantar, solo necesito una respuesta. Y que esta sea afirmativa.

—¡Trato hecho, escritor! —su voz ha retumbado como un trueno por todo el edificio.

Esta ha sido mi historia, estimado lector, pero, como has llegado hasta aquí de forma voluntaria, ahora también es la tuya. Podría decirte que siento mucho el lío en el que te he metido, pero mentir está muy feo; incluso algunos dicen que es pecado.

No dejes de vigilar tu espalda, ahora mismo debes de estar sintiendo en ella su aliento fétido y helado. ¡Que el infierno te sea leve!

Publicado la semana 61. 25/02/2019
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