08
David Lizandra

Kílim

Recuerdo bien la fecha en la que se descubrió todo. Fue justo el día en el que se cumplieron dos meses desde que entré a trabajar en la tienda.

Los iraníes suelen ser desconfiados con los europeos. El propietario, que lo era, tardó todo ese tiempo en dejarme al cuidado de su negocio. A pesar de que, con lo avispado que soy, una semana después de estar allí ya había aprendido a manejarme con los catálogos y precios, aunque, no sé si era con ánimo de fastidiarme, estaban escritos solo en iraní.

—Voy a salir. Estaré fuera solo media hora —dijo con su extraño acento.

Durante los primeros días que trabajé con él me costaba no echarme a reír cada vez que lo escuchaba hablar; no podía remediarlo, me recordaba la voz de Apu, el del badulaque de los Simpson. Gracias a Dios, pude conservar el trabajo porque tardé poco tiempo en acostumbrarme y al poco tiempo ya lo encontraba de lo más normal.

¡Lo que son las cosas!, no había entrado un solo cliente desde que abrimos a las nueve de la mañana; cinco minutos después de que él saliera, tenía la tienda a reventar.

—¿Me podría mostrar otros kílims? Estos de aquí no acaban de gustarme.

No me era desconocida porque, la mujer, era una asidua del negocio. Una de las que venía a diario, que no dejaba de pedir que le sacáramos un modelo tras otro, pero que que nunca llegó a mostrarnos el monedero para comprar. Todos los días esperábamos el momento en el que veríamos aparecer por la puerta su pelo acartonado por el exceso de laca.

El jefe siempre la trataba con cortesía y, aunque a regañadientes, terminaba por acceder a sacar cualquier modelo del almacén que le hubiera solicitado.

»—Tal vez algún día encuentre al fin el modelo que busca y deje de venir —solía decir en cuanto se iba.

Yo no iba a ser menos.

—Espere un momento —dije.

Me apetecía encontrar un modelo que no hubiera visto antes la mujer. Cosa difícil porque, como ya he dicho, raro era el día en el que no le mostráramos cinco o seis alfombras. Estaba seguro de que los modelos que se almacenaban más próximos a la zona de la tienda ya los iba a tener todos vistos. Llegué casi hasta el fondo. ”کمال”, rezaba un cartel escrito en persa. La traducción me resultó sencilla; era uno de los ítems del catálogo. Kílims. «Seguro que estos no los ha admirado aún», pensaba al agarrar los dos primeros por arriba.

En cuanto tuve el primero totalmente desenrollado supe que algo no iba bien. El olor a putrefacción era insoportable. Tanto que la mujer no tardó ni un segundo en disculparse y echar a correr.

—Ya volveré otro día —le escuché decir cuando ya estaba con un pie en la calle.

Aquel olor nauseabundo, que seguía siendo irrespirable, no era lo peor. Al volver a enrollarlo mis dedos tocaron algo húmedo y viscoso. Solo entonces me fijé en la cara que surgía entre los dibujos geométricos del kílim, como si se tratara de una sábana santa contemporánea. Di un par de pasos atrás para tener mejor perspectiva. Esas facciones me resultaban familiares pero no recordaba de qué. Tampoco era imprescindible saberlo; aquello no podía soportarse. Lo devolví, lo más deprisa que pude, al mismo lugar de donde lo había cogido.

El episodio podía haber terminado allí porque no quise comentar nada a mi jefe. No lo consideré necesario. Al fin y al cabo, mi primer intento de venta en solitario había sido poco menos que un fracaso.

Hubiera terminado por olvidarlo. No lo hice porque una mañana, al llegar a la tienda, algo llamó mi atención. Alguien pegó un cartel en la farola de enfrente. En cuanto la vi, un escalofrío recorrió mi espalda; la cara de la foto era la misma que la del kílim. Hacía tres semanas que la mujer había desaparecido, sus familiares la estaban buscando desesperados. Recordaba haber escuchado la noticia también en la televisión.

Debo reconocer que mi primera intención fue acercarme a la comisaría más próxima para denunciar al psicópata que me había empleado. Luego recapacité; el dinero no me sobraba y ese era el día de cobro. La denuncia podría esperar al menos unas horas.

La mañana estaba transcurriendo tranquila. En todo el rato solo cruzamos unas pocas palabras. Tal vez por la dificultad en utilizar el castellano, él era poco hablador y a mí, con lo que sabía, no me resultaba agradable entablar ninguna conversación. Al mediodía fue él quien me habló.

—Voy a acercarme un momento al banco —dijo.

Eran buenas noticias. «Voy a esperar tranquilamente a que regrese con el dinero de mi nómina y después iré a denunciarlo», pensé.

He olvidado cómo y cuándo cambié de opinión con respecto a la tranquilidad. Poco después de que saliera por la puerta, aprovechando que no tenía clientes a la vista, retorné al fondo del almacén. El kílim del otro día estaba mal enrollado y pude obviarlo. Cogí el sucesivo de la estantería y lo desenrollé. El mismo olor a putrefacción. En el siguiente, también. Los dos tenían caras, pero estas no parecían tan definidas como la primera.

—¿Sabes lo que pone aquí?

Otro escalofrío. El segundo en pocos días me acababa de recorrer toda la espalda.

El cartel del pasillo también estaba escrito en persa. No era capaz de entenderlo. Solo pude negar con la cabeza.

—No pasar —dijo.

«Era lo que me pensaba», pensé decir, pero tenía la boca demasiado seca para que pudiera pronunciar una sola palabra.

Solo me quedaba sonreír como un idiota. Lo hice hasta que lo vi mirar al fondo, donde estuve mangoneando con los kílims. Ya estaba seguro de que había descubierto mi incursión.

Antes de que comenzara a aproximarse, mis ojos ya habían advertido la posible arma de defensa; una pata de cabra. Las cajas con las que enviaban las alfombras eran de madera y, en ocasiones, se hacía necesaria para desclavar la tapa.

No puedo recordar cómo ocurrió todo porque fue demasiado rápido y actué casi por instinto. Comenzar a aproximarse hasta mí, agarrar la herramienta, golpearlo y caer fue solo en un instante. Cuando reaccioné, mi jefe estaba tirado en el suelo en medio de un enorme charco de sangre.

Apenas faltaban unos minutos para la una y media, nuestra hora de cierre. Tras bajar un poco la persiana que impidiera alguna visita inesperada, agarré el teléfono con la intención de llamar a la policía. Una idea me hizo desistir en el último instante. «Quizá más tarde lo haga», pensé.

Cinco cadáveres, tres de ellos envueltos todavía en kílims para evitar los olores, me esperaban al otro lado de una falsa pared. Al poco rato, tras meditarlo mucho, ya eran seis los despojos ocultos.

Poco tenía que perder. Aunque alguna vez me pillaran, seguro que iba a tener coartadas para los otros cinco cadáveres. Con el sexto siempre podría alegar legítima defensa.

Nunca me habló de familiares y amigos. Yo no necesitaba rendir cuentas a nadie y, ya que estaba dado de alta en la Seguridad Social, tampoco iba a perder demasiado si alguna vez me descubrían. Total, la única que podría sospechar algo era la mujer de la laca y no tardé en solucionarlo. En la siguiente ocasión en la que visitó la tienda la convertí en el séptimo cadáver oculto.

Publicado la semana 60. 20/02/2019
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