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David Lizandra

Audiología

No aparento la edad que tengo pero acabo de cumplir ochenta y cinco años. Se dice pronto, ochenta y cinco, nada más y nada menos. ¡Cómo pasa el tiempo!

Hasta que murió Elisa, mi esposa durante cincuenta y seis años, tres meses y nueve días, vivimos en la casa del pueblo, solos. No seas incauto, lector, no creas que he contado el tiempo como si fuera una condena, lo he hecho por algo mucho más mundano; la añoro. No hacía falta que nadie irrumpiera en nuestras vidas para arrebatarnos la tranquilidad que nos fabricamos a medida. Nuestros días pasaban con la placidez del que no ansía nada más que lo que tiene al alcance de la mano. A ella le encantaba escribir poesía, era su vida. Yo disfrutaba cuando creaba personajes para mis novelas y relatos. No solo se trataba de escribir; también devorábamos con deleite cualquier buen libro que el azar, la pobre biblioteca pública, o alguna librería amiga que, de cuando en cuando visitábamos, colocaban en nuestro camino. Fueron buenos tiempos. Los ratos que nos dejaba libres la lectura o la escritura sencillamente nos amábamos. Daba igual donde lo hiciéramos: en casa, paseando, entre charlas o con nuestros silencios cómplices.

Y llegó aquel aciago 18 de junio para cambiar mi vida. Mis tres hijas se encargaron de todo. Incluso de hacerme sentir una soledad que, hasta ese momento, solo había conocido por el significado que da la RAE a esa palabra. Dictaminaron sin pedir mi opinión, como hubiera hecho un juez ante un asesino fotografiado mientras asestaba el golpe de gracia a la víctima, cuál iba a ser mi condena; vivir una semana con cada una de ellas. En el piso de la ciudad porque así les convenía. ¡Idiotas!

Tres semanas me bastaron para reaccionar.

Elisa siempre dijo que estaba perdiendo oído. Ahora estoy convencido de que así era. Ellas, mis hijas, y sus cómplices, mis yernos, cuchicheaban a mis espaldas. Lo hicieron hasta que vi el anuncio que me iba a permitir volver a ser dueño de mi vida. “Audiología: solucionamos tus problemas de audición”, decía. No solo abrió mis oídos, también mis ojos.

Acabo de enseñarles mi nuevo testamento y se han quedado de piedra. He dejado todos mis bienes a la parroquia, solo me he quedado con el usufructo mientras viva. Era algo que no hubieran podido imaginar. Con lo que yo había presumido de agnosticismo durante toda mi vida, me ha parecido divertido. A Elisa también. He escuchado las carcajadas que se le han escapado desde su cielo, donde me espera.

Estos nuevos audífonos son estupendos. Les he podido repetir cada una de sus últimas conversaciones. La que más me dolió fue la de uno de mis yernos:

—...Una residencia para el viejo —le escuché decir.

Creo que ha sido ese el que menos se ha reído al enterarse de lo que va a heredar.

Publicado la semana 59. 11/02/2019
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