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David Lizandra

KABUKI

A los ojos de un profano puede parecer una pelea. Nada más lejos de la realidad. Es Quique, mi amigo de toda la vida, al que acabo de derribar de un puñetazo fulminante en el pecho. En la terraza del bar. Hace mucho tiempo que nos los damos. Con cariño. Los de la pandilla bautizamos a ese tipo de golpe, de apariencia salvaje y descarnada, como “Tratrunk”. Él, con las manos en el pecho, sin tratar de levantarse, dolorido, me mira sorprendido. Aunque lo sabe, trata de asimilar el motivo.

La realidad es que el planteamiento del día no era malo.

—Hagamos del sábado una jornada japonesa —dijo Quique.

Mostraba en alto la portada del periódico para que todos la viéramos. «El próximo sábado, la compañía de teatro japonesa Shinjuku presentará su obra estrella de teatro Kabuki».

¡Hijos de puta!, a todos les pareció una idea maravillosa. La nota discordante era yo. De algo sirven los documentales de La Dos; uno sobre ese tipo de obras de teatro, que no logré ver acabar, bastó para saber que no estaban hechos para mí. No voy a discutir sobre que, la japonesa, es una gran cultura. Una que no conocemos demasiado, más allá de sus ojos rasgados, del sushi, de los samuráis y de las motos deportivas. Pero a mi, esa gente en el escenario moviéndose de forma extraña, con música estridente de fondo, cantando unas canciones que jamás podré entender, no me motivan para invertir en una entrada de teatro. De cualquier forma la amplia mayoría lo aceptó. El plan del próximo sábado estaba forjado; sushi y teatro Kabuki para todos.

He dicho para todos. Debería haber dicho para unos pocos. Dos concretamente; Quique y yo.

La puntualidad no es lo que caracteriza a nuestra peña. No me ha sorprendido ver a Quique, solo, sentado en una de las mesas. En la Sidrería de Pascual no hace falta abrir la boca, una mirada basta para que te sirvan una cerveza en jarra helada. Otra mirada, esta al reloj, me dice que llego tarde. Quince minutos. Lo normal.

—Hola, Quique —saludo—. Todos tarde, para variar.

Me ha parecido intuir una sonrisa mientras daba un sorbo a su cerveza. Sí, ahora estoy seguro. Sonríe.

—Tú eres el único que ha llegado tarde. Los otros no vienen. —Me mira de reojo mientras oculta su cara con la jarra. Vuelve a sonreír—. ¿Cuánto hace que no ves el WhatsApp?

—¡Joder! —exclamo nada más sacar el móvil—. ¡Setenta y seis mensajes sin leer! Hazme un resumen para atajar.

Bueno, no ha hecho falta el resumen. De un vistazo he visto frases como: «tengo que quedarme con el perro, mis padres se van comida» o «mi hermano pequeño se ha roto un brazo». Al llegar al mensaje de Isabel, la que más insistió en el Kabuki, que hablaba de unas cagaleras de la muerte, he decidido dejar de leer.

—Entonces, a la mierda el Kabuki, ¿no?

Quique no ha respondido. Se ha limitado a mostrar dos entradas. Para el teatro Kabuki. Podría jurar que ha vuelto a sonreír mientras ha dado otro sorbo.

—Bueno —he dicho resignado a mi suerte—, al menos podemos ir a comer un chuletón en lugar de sushi.

El muy cabrón ha apurado de un trago su cerveza.

—¡Vamos! Tengo una reserva.

Hemos comido sushi. No sé de cuántas variedades. Con palillos. Al salir del restaurante japonés he descubierto que llevo todo el suéter manchado. Solo he contado hasta tres las veces que se me han escurrido de los dichosos palillos esos trozos envueltos en algas, luego he perdido la cuenta.

Los dos hemos abusado del sake. Quique más. En el camino hacia el teatro ha vomitado. El promotor del evento no ha llegado a ver ni el primer acto de la función. En un momento de la actuación, un hombre nos ha llamado la atención por los ronquidos. No sé por qué se ha puesto así, creo que estaban mejor afinados que algunos instrumentos de la obra.

No hemos hablado en todo el rato hasta llegar al bar.

—¿Te pido una cerveza? —me ha preguntado.

—Un tercio bien frío.

Lo he esperado a la otra parte de la cortina de canutillo. Es mi momento para agradecerle lo del Kabuki. Lo veo aparecer. Ha apartado la cortina casi con los codos. Lleva una cerveza en cada mano. No se lo espera. El Tratrunk ha resonado contra el pecho como uno de sus ronquidos en el teatro. Me ha dado el tiempo justo para cogerle las botellas antes de caer al suelo.

Publicado la semana 55. 14/01/2019
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