02
David Lizandra

Cabalgata

Todo ha cambiado desde hace unas horas. Manolito, ese que se jacta de ser mi mejor amigo, me acaba de contar algo espeluznante sobre los Reyes Magos. Sus palabras todavía siguen resonando en mi cabeza:

»—No son reyes, Emilio, ni magos. —Hizo una larguísima pausa, miró varias veces a ambos lados, tal vez para comprobar que nadie más iba a oír lo que estaba a punto de desvelar. Cuando estuvo seguro de que su secreto no saldría del círculo formado por nosotros dos continuó—. Los Reyes Magos no existen… son los padres.

Preguntar a mi padre al llegar a casa no me ha sacado de dudas. Se ha escabullido con un «Eh… hum… pregúntale a tu madre, yo tengo cosas que hacer», antes de desaparecer por el pasillo.

En realidad soy muy maduro para mi edad y desde hace mucho, mucho tiempo, tal vez más de dos semanas, tomé una determinación para conseguir ser tratado como un adulto: Si no dan respuestas a tus preguntas hay que intentarlo de nuevo hasta conseguirla. Mi padre ha marcado el camino a seguir.

Con mi madre he decidido actuar de forma más sutil. Sin que se diera cuenta la he estado observando antes de intervenir. Los efluvios que llegan hasta el pasillo me cuentan que la cena está comenzando a tomar forma. No encontraré un momento mejor, el aliño de una ensalada está captando toda su atención. Antes de que se dé cuenta le he apagado todos los fuegos y me he colocado en el centro de la cocina, entre ella y los fogones. Mi plan ha funcionado. He conseguido llamar su atención y no podrá escabullirse como ha hecho su marido. Sus enormes ojos, una mezcla de enojo y asombro están fijados en mí. Es mi momento de preguntar.

—Manolito me ha dicho que los regalos no los traen los Reyes Magos, que sois los padres. —He recordado aquella larga pausa que hizo mi amigo y lo he imitado para darle más énfasis a la pregunta—. ¿Eso es cierto?

No se lo esperaba. La he pillado por sorpresa y ahora sabe que está obligada a dar una respuesta. Sonríe.

—Mira, Emilio, ya eres bastante mayor. Dentro de un mes vas a cumplir nueve años. Es hora de que lo sepas… mmmm… verás, sí, somos los padres. —Está hecha un mar de dudas. Parece buscar las palabras exactas para herirme lo menos posible. Se le acaban de iluminar los ojos. Estoy convencido de que las ha encontrado.

—Ahora, tú, también eres partícipe del gran secreto de los mayores y no solo eso, —su semblante ha adquirido por un instante la forma de los grandes ocasiones—, vas a tener que ayudar al resto de los mayores a guardar el secreto ante los más pequeños durante el resto de tu vida. Somos los ayudantes de los Reyes… y también de Papá Noel.

En cuanto ha terminado me ha empujado a un lado para volver a encender los fogones. Ni un beso, ni una palabra más de cariño.

La he mirado con suspicacia porque es algo demasiado grande como para haberlo mantenido en secreto. ¿De qué sirve entonces haber estado tanto tiempo diciéndome cosas como «No mentirás» si ahora resulta que me estás pidiendo justo lo contrario? Es una trampa. Trata de ponerme a prueba.

«Piensa como un adulto, Emilio. En un rato es la cabalgata de Reyes. Algo tendré que hacer.», comienzo a pensar pero un ruido me ha devuelto a la realidad. Es mi padre.

—Papá, ¿es cierto, o no, que los reyes son los padres?

Lo he asaltado en mitad del pasillo. No sabe qué hacer, va a tratar de escabullirse de nuevo. Mi madre lo salva desde la cocina. La he sorprendido asintiendo con la cabeza desde allí.

—¿Qué es ese paquete que llevas?

No le dejo responder. Acabo de arrancarle la bolsa de las manos. Es una caja grande, perfectamente envuelta con papel de regalo. Mi nombre está escrito en él.

—Entonces es cierto lo de los Reyes Magos.

Ninguno de los dos dice nada. La cabeza me bulle con ideas. En mi habitación encontraré un poco de soledad. La necesito para meditar.

En realidad tenía las cosas muy claras. En lugar de meditar me he puesto a jugar un rato. Aunque ya soy un adulto más sigo teniendo ganas de jugar. Los coches son mis favoritos. Casi se me pasa la hora, falta poco para las siete.

Corro por el pasillo mientras me coloco el abrigo.

—Mamá, quiero ir a la cabalgata.

Solo recibo una sonrisa por respuesta. Luego lanza la orden.

—Paco, acompaña al niño a la cabalgata. Así yo termino de hacer la cena —grita con la mirada puesta por encima de mi cabeza.

—Pero si ya sabe que somos los reyes —escuchó decir a mi padre.

—¡Paco!

Su voz ha sonado mucho más fuerte que antes. Y más imperativa.

Por si el grito no había sido suficiente acabo de apagar la televisión. Mi padre me ha echado una mirada inquisidora, pero ha acabado accediendo. De mala gana, pero iremos a la cabalgata.

Nadie sospecha de mí. Soy un adulto, con cuerpo de niño, infiltrado entre todos estos mocosos. Mi padre está enfrascado mirando el móvil, le he jorobado el partido de fútbol pero lo está siguiendo por internet. Todos los demás están tan ocupados en recoger caramelos que no les llama la atención ver a un adulto de nueve años subirse a una de las carrozas. Cuando algunos caen en la cuenta es demasiado tarde. El micrófono está en mis manos. He visto tantas veces cómo suben un pequeño interruptor que no me cuesta nada encontrarlo.

«¿Qué narices pinta el conejo de Alicia en una cabalgata de los Reyes?», pienso mientras me subo a su lomo.

—¡Niños! —grito con todas mis fuerzas. Miro a mi alrededor para comprobar, con satisfacción, que casi todos me están mirando. Solo unos pocos siguen cogiendo caramelos por el suelo. Es el momento—. Los Reyes Magos no existen, son los padres los que os dan vuestros regalos.

Uno de los policías, sin quitarse el gesto de asombro, trata de alcanzarme pero le cuesta llegar. Me queda poco tiempo, debo insistir.

—Recordad, niños —vuelvo a gritar. Esta vez más fuerte aún—, los Reyes no existen. No os dejéis engañar por vuestros padres…

Necesito toda mi atención para tratar de zafarme de la mano con la que el policía me ha agarrado por el tobillo. Miro a mi alrededor, mi padre corre como un poseso hacia nosotros. Ya no mira el móvil.

—¡Los Reyes son los padres! —es lo último que me da tiempo a gritar antes de que el policía me arranque el micrófono de las manos.

Estoy orgulloso. Todos los niños me miran con una mezcla de admiración y asombro. Los que no lo hacen, están haciendo preguntas a sus mayores. Mientras mi padre, avergonzado, tira de mi mano en dirección a casa no puedo evitar sentir un sentimiento de triunfo.

Publicado la semana 54. 07/01/2019
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