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David Lizandra

Blanco

Incertidumbre. La misma sensación de ayer al despertar. Y de anteayer. Y del otro. Solo mengua cuando compruebo que soy capaz de mover las piernas y desaparece del todo cuando me incorporo y camino por la habitación.

Afuera nieva. Los cristales de las ventanas, empañados por dentro, están cubiertos de una fina capa blanca por el exterior. Miro el alféizar; tres grados bajo cero marca el termómetro del exterior.

Primera tarea, reavivar los rescoldos de la noche anterior. Una piña, algunas ramas secas y un hábil soplido bastan para hacer aparecer las llamas. Es agradable el crepitar del fuego. También lo es sentir su calor.

Mis sensaciones son infinitamente mejores después de un café cargado, solo la actitud de mis padres me preocupa. Hace tiempo que los veo tristes. Les debo una visita.

Apenas soy capaz de abrir los ojos. El blanco de la nieve me lo impide. El mismo color impera en la habitación. Ellos están sentados al lado de la cama. No hablan. No me miran. Ambos tienen la mirada perdida. Mi madre debe de estar rezando; tiene los dedos entrelazados sobre su regazo. Mi padre medita con los brazos cruzados sobre el pecho. Solo ella ha reaccionado a mi beso. Sonríe y se acaricia la mejilla donde ha sentido posarse mis labios. Los miro. Han envejecido mucho de un tiempo a esta parte.

Tengo ganas de caminar, de sentir cansancio en las piernas. Y de correr.

Hoy he vuelto a verlos. Tienen visita. El blanco de la habitación me sigue molestando, pero en lugar de protestar me limito a escuchar su conversación.

—Supongamos que en algún momento recupera la consciencia. Lo más probable es que, después del terrible accidente que sufrió, le quede algún trastorno neurológico. Lo único seguro es que, sea como sea, su hijo jamás volverá a caminar —escucho decir a la visita.

Él también va vestido de blanco. Blanco sobre blanco. Parece una habitación de hospital. Acabo de caer en la cuenta de que hay alguien más; en la cama hay otro hombre tumbado. Algunos cables que salen de su cuerpo están conectados a una máquina.

Me ha costado, pero por fin lo he comprendido. No me resigno a seguir mi vida con algún trastorno neurológico. Ni sin caminar.

Lo último que puedo oír es un desagradable pitido un instante antes del grito desgarrado de mi madre pidiendo ayuda.

Publicado la semana 53. 01/01/2019
Etiquetas
Poltergeist , Edgar Allan Poe , En el mes de Enero , La muerte no es el final
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