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David Lizandra

Otra feliz Navidad

—Relájate, campeón, nada va a salir mal este año —susurró Javier.

Apenas un metro lo separaba de la puerta. Miró el adorno navideño en la puerta, luego el timbre. Durante un segundo le volvió a asaltar la misma incertidumbre de cada año.

Recordaba con nitidez cada una de sus palabras del año anterior en ese mismo lugar, cuando ya se marchaban, nada más cerrar esa misma puerta que ahora volvía a tener delante: “No volveré a cenar nunca a casa de tus padres en Nochebuena. No, mientras siga viniendo el imbécil de tu cuñado”.

Y allí estaba, un año después, y con la certeza de que el imbécil iba a estar ahí dentro; amenazándolo con sus chistes, con el flequillo absurdo que apartaba de sus ojos a cada momento con movimientos compulsivos del cuello, con su risa desagradable, con sus toquecitos en el hombro después de cada tontería que vomitaba por esa bocaza, en definitiva, siendo el mismo hombre encantador que solía ser desde que lo conoció.

Suspiró en profundidad, dio un último paso, trató de fijar una sonrisa que no pareciera una mueca y apretó con determinación el timbre.

—Ya era hora. Eres el último en llegar. Comenzaba a pensar que no ibas a venir —dijo Carmen, su suegra, nada más abrir la puerta.

Ni siquiera le dio tiempo para responder, le estampó dos besos en las mejillas, lo agarró por el brazo y tiró de él hasta llegar al comedor.

Tenía razón la mujer, era el último y todos estaban sentados en la mesa. Solo dos lugares permanecían libres.

Trató de sentarse en el más alejado del imbécil, pero Carmen, con unas palabras y una maniobra sutil, lo impidió.

—Déjame este sitio a mí. Está más cerca de la cocina y tendré que levantarme algunas veces. Allí estarás mejor —dijo.

Allí, era al lado de su cuñado. Valoró con rapidez otras posibilidades, pero todas pasaban por decir “no quiero sentarme al lado del imbécil”, y no parecía esa la mejor forma de comenzar una cena familiar. Tuvo que asumir en silencio su resignación.

«Todo irá bien», pensó mientras tiraba de la silla para acomodarse en la mesa, pero enseguida cambió de opinión; después del tercero de los toquecitos en la espalda con los que Eduardo le dio la bienvenida. Le sonrió.

Miró con atención los cubiertos. El cuchillo de carne era robusto, muy apropiado para clavarlo en el pecho de un cuñado insoportable si, llegado el momento, no encontraba otra solución para terminar con el calvario que le esperaba. Pero algo le llamó la atención, todos tenían los mismos cubiertos, todos excepto el imbécil, a él le habían colocado un cuchillo de pescado.

—¿Te están dando un trato especial? —preguntó Javier al tiempo que señalaba el cuchillo.

Eduardo sonrió y apartó el flequillo de los ojos con su repulsivo movimiento de cuello antes de responder.

—Me han diagnosticado una rara enfermedad, una extraña alergia a la carne. Hasta que no puedan dar con el tratamiento me han aconsejado que no la pruebe y por eso, tu suegra, me ha pedido un pescado en ese caro restaurante japonés del centro.

«¿Caro?, ¡serás gilipollas!», pensó Javier. Trataba de contener sus ganas de agarrar el cuchillo y hundirlo en su cerebro.

Lo salvó la comida. Enseguida estuvieron dispuestos todos los platos. El último fue el de pescado.

—Esto parece pez globo, suegra, no estarás tratando de envenenar a tu yerno favorito, ¿verdad?

Solo el imbécil rio.

«Si me da solo uno de esos golpecitos lo mato», pensó Javier.

Tras el segundo de los golpecitos en el hombro sus manos se cerraron con fuerza en el mango del cuchillo. Esta vez fueron las palabras de Carmen las que lo salvaron.

—Estás muy tonto, Eduardo, además creo que el pez globo está prohibido servirlo en España —dijo al sentarse en la mesa —. Comamos que se enfría.

Javier hubiese jurado que los ojos de su suegra brillaron con una luz siniestra.

Ni tres bocados habían dado cuando escucharon el estridente sonido de las patas de una silla arrastrando por el suelo. Todos levantaron la vista de sus platos.

Eduardo, tirado en el suelo, trataba de respirar sin mucho éxito, a tenor de su amoratada cara.

Enseguida estuvieron todos revolucionados, unos tratando de reanimarlo, alguna llamando al 112, otros andando nerviosos de un lugar a otro sin orden ni concierto y al menos uno, Javier, conteniéndose por no demostrar su alegría de que la cena hubiera terminado de aquella forma.

Pronto llegaron los sanitarios que no pudieron hacer otra cosa que certificar la defunción del imbécil.

Todos eran meros espectadores de los preparativos para sacar el cadáver. Javier sintió un roce a su lado. Era Carmen. Tiró de su brazo para que se agachara un poco y poder susurrarle mejor.

—Tetradotoxina, ¿creías que solo tú lo odiabas? Conseguir que el médico le diagnosticara esa estúpida alergia a la carne fue fácil, el doctor fue mi compañero de instituto. Lo de conseguir un pez globo resultó más complicado. Sabía que en el Mediterráneo los pescadores sacaban de vez en cuando algún ejemplar, pero que uno de ellos me lo vendiera no resultó tan sencillo. Cocinarlo sin quitarle ninguna de sus venenosas vísceras fue coser y cantar.

Javier tuvo que hacer un gran esfuerzo para que no se le escapara una carcajada.

Publicado la semana 52. 24/12/2018
Etiquetas
Rock , Ray Bradbury , Con calcetines de lana , golpe
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