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David Lizandra

Obsolescente

Son diferentes, claro que lo son; cada día es diferente al anterior. Alberto tampoco es la misma persona cuando despierta cada madrugada.

Para no faltar a la verdad, no todo es distinto. Como casi todos las jornadas anteriores, Alberto, ha vuelto a despertar cuando apenas pasaban unos segundos de las cero horas, llorando, incapaz de recordar el motivo. Da igual, dentro de nada habrá olvidado incluso que lloraba.

Amanece. No le hace falta mirar el reloj para saber que son las siete. Han sido tantas las veces que, hasta con los ojos cerrados, podría reconocer cada detalle de la luz que se cuela entre las rendijas de la persiana. Todavía no está en pie pero no es pereza lo que lo retiene, necesita recordar cada detalle de lo que debe de ser su último sueño. A veces cuesta diferenciarlos de la realidad.

Parecieron apenas unas horas, desde la madrugada hasta el amanecer, pero ha sido casi un tercio de su vida lo que ha discurrido por el sueño. Porque eso es lo que ha sido, ¿no? Un viaje onírico, etéreo y fugaz.

Había tenido muchos de estos sueños como este en el pasado, pero ya no es capaz de recordarlos. Algunos fueron duros y descarnados, otros, extraños; como ese, que tanto le gustó, en el que se había reencarnado en un águila. Y qué decir de aquel otro en el que era viento susceptible de colarse por cualquier rendija; ¡cómo lo disfrutó!

En este volvía a ser humano. Uno de niñez plácida en el que no se le negó disfrutar del amor de una madre y de un padre. En el que pudo conocer a hermanos y congeniar con la familia que pudo elegir, sus amigos del alma. Incluso le dio tiempo para terminar una carrera universitaria; filología.

A media mañana estaba casado. Tuvieron el primer hijo antes de las doce y el segundo a la una. A las cinco perdió a su madre y apenas unos minutos más tarde, a su padre. La tarde transcurrió serena. A la hora de la cena, viudo, se dio cuenta de lo que era; un ser de energía, capaz de transformarse en infinidad de vidas, pero, al fin y al cabo, un ser obsolescente en cada una de ellas.

Poco antes de las doce eran sus hijos los que lloraban su muerte mientras él, en silencio, esperaba con inquietud cuál sería su próxima reencarnación.

Publicado la semana 51. 17/12/2018
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