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David Lizandra

Oboe (El poema que incluye es de Anmarí D'aro)

—¿Escritos? ¿Escritos? Sí, lo he escuchado a la perfección, te he entendido bien, has dicho escritos, así es como los has llamado… ¡escritos!

La mirada de Marián, habitualmente serena, parecía diferente; en ese momento era vesánica, aguda. Cualquier foráneo hubiera jurado que era ira, el terrible pecado capital, lo que pugnaba por aflorar de su pequeño cuerpo.

—¡Joder! No quería molestarte llamándolos así. Al fin y al cabo los conservas de esa forma, ¿no? Escritos; en papel, en ordenador o donde quiera que los guardes.

Acababa de caer en la cuenta de que, por primera vez desde el día en que nos conocimos, mis palabras la habían molestado.

«¡Caramba!, ¡qué genio!», me atreví a pensar. Pero por nada del mundo hubiera convertido en palabras esa elucubración. No en ese momento.

Desapareció. Lo hizo por el pasillo. Deprisa. Sin darme tiempo a reaccionar ni a imaginar lo que podría estar tramando con esa premura.

No tardó en regresar. Lo hizo con ambas manos ocultas tras la espalda. La ira ya no estaba grabada en sus facciones y en su lugar volvía a reinar la eterna sonrisa que la caracterizaba.

Durante un rato ninguno de los dos dijimos nada. Yo porque no quería privarla del momento de gloria que intuía que estaba por llegar, ella porque disfrutaba del silencio tras la tempestad que acababa de combatir.

—Dime qué es esto —dijo Marián.

En su mano derecha, en alto, mostraba una flauta. Una flauta dulce de esas que se utilizan en los colegios para hacer los primeros pinitos en la música.

—No sé dónde quieres ir a parar, Marián.

Mi voz apenas llegó a ser un susurro.

—Tú limítate a responder. —hizo una pausa para exhalar un profundo suspiro—. Vamos, estoy segura de que puedes hacerlo. ¡Inténtalo!, dime qué es esto.

Estaba muy claro lo que era, pero algo me decía que fuera con cuidado, que aquello solo podía ser una trampa.

—Ummm… no sé —balbuceé—. A simple vista diría que es… ¿una flauta?

No sé qué me producía más respeto; la sonrisa de apenas un rato antes o las palabras de ahora, que a simple vista sonaban irónicas, pero que podrían esconder un trasfondo insospechado.

—¡Premio para el caballero! Si, señor, es una flauta… ¿Y esto?

Sacó de detrás de la espalda la otra mano…

—¡Ostras! —comenzó a decir David—, no me acuerdo como se llama, pero yo diría que es otra flauta. Más grande, negra y con esos apliques metálicos sobre los agujeros, pero una flauta, al fin y al cabo.

La extraña sonrisa de Marián había vuelto, pero esta vez le daba un aire de triunfo que tampoco dejaba de lado el toque sobrecogedor.

—Aquí es adonde quería llegar. Son parecidas, de la misma familia de instrumentos, pero esto, querido David, no se llama flauta, esto se llama oboe…

No fui consciente del momento en el que volvió a desaparecer. Al regresar, en sus manos ya no estaba la flauta ni el oboe; un sobre, su móvil y una libreta con las tapas de un material similar al cuero estaban ocupando su lugar. Me miró.

—Esto… —comenzó a decir mientras sacaba un papel del interior del sobre—, es un escrito. Mira, es de un banco. —Mantuvo el papel frente a mis ojos—. Me avisan de que tienen a mi disposición una tarjeta.

Aún no era capaz de entender dónde quería llegar, pero las sorpresas aún no habían terminado. Ahora estaba manipulando su móvil. Una pieza de música clásica comenzó a sonar. Apenas era capaz de distinguir las notas, pero llenaba los silencios.

—Y esto… —Hizo un gesto teatral antes de abrir su cuaderno y buscar, entre las páginas, hasta que pareció encontrar la que buscaba—, es un homenaje a Lope de Vega. Esto es poesía.

Comenzó a leer:

«Colose la desdicha en mi alma,

y tal tormento me arranca la vida,

que la fe de mis padres que nunca se olvida,

pugna ahogada en mi pecho por sobrevivir.

Impelo plañendo un quejido,

un lamento acongojado

por aquello que me agota,

y es que anhelo desde lejos

los besos que hoy me faltan.

Esta vida, antaño miel, agora hiel sus labios me deja pidiendo,

porque ajenos a mi voluntad,

su partida deja los míos desiertos.

¿No entregué ambrosía a mi amada esposa?

¿No consagré mi fe a Dios?

Por qué me lastras, Señor

a la pena de este invierno.

¡No veis que mi vida tornose queja por tener que vivir sin su amor!

Sosegadme, ¡oh Dios!

os lo pido,

vuelva a mi la calma,

torne la quietud.

La ausencia, penar de mis días,

del amor de mi juventud,

me desgarra el alma por dentro,

porque aún la quiero,

porque aún la espero,

porque me muero.».

 

Marián terminó de recitar. Volvió a manipular el móvil. La música también se detuvo. Sonreía.

—¿Entiendes ahora la diferencia, David? Flauta, oboe. Escrito, poesía —dijo.

Su forma de recitar continuaba resonando en mi cabeza.

—Descuida, jamás lo olvidaré.

 

 

Publicado la semana 50. 10/12/2018
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