47
David Lizandra

Algo más que un libro

Un escalofrío recorrió su espalda.

«Vamos, Pedro, tu fantasía te está jugando una mala pasada. Solo lo has imaginado o tal vez se trate de una casualidad», pensaba todavía sentado en el sillón de la biblioteca sin atreverse a mover un solo músculo.

El timbre sonó de nuevo. Esta vez lo hizo con más insistencia.

Metido entre las páginas del libro no era consciente del maravilloso panorama que se deslizaba solo un metro más afuera del lujoso vagón; le hubiera bastado con levantar unos centímetros la mirada para comprobar que era el mismo que se describía en las páginas que estaba leyendo.

—La próxima es su parada, señor Gómez.

Alzó la vista; la voz del revisor, tal vez demasiado elevada para el momento, lo había sobresaltado.

Un vistazo al exterior le bastó para comprobar que el verde de los bosques había comenzado a cambiar y ahora, hasta donde llegaba el horizonte, las cada vez más escasas manchas de árboles estaban salpicadas, aquí y allá, por naves industriales. Igual a las últimas descripciones de los paisajes que acababa de leer. El revisor no podía estar equivocado y, sin duda, estaban llegando a una estación; la suya.

Apenas le quedaban diez o doce páginas para el final. Cerró el libro con desgana.

—Gracias, muy amable —respondió al revisor mientras hacía esfuerzos por incorporarse. Su cuerpo parecía agarrotado tras tantas horas de lectura en la misma posición.

Algo le decía que no tenía que preocuparse por su voluminoso equipaje. Un atento mozo lo iba a esperar enfrente de su vagón cuando el tren se detuviera. Así le ocurrió al protagonista del libro antes de cerrarlo y, hasta donde había leído, el autor, por algún misterioso motivo que se escapaba de la razón, estaba clavando sus experiencias. Era inquietante lo mucho que se asemejaba a su propia vida.

Efectivamente, tal como vaticinó el libro, un mozo lo esperaba en el andén cuando por fin el tren se detuvo.

Nunca le había faltado de nada. El dinero lo heredó de sus padres que, al igual que él, también eran hijos únicos de matrimonios adinerados; el tiempo y sus buenas artes en los negocios no hicieron sino aumentarlo. En asuntos de amor nunca le faltaron candidatas a ocupar un lugar en su vida, pudo elegir y, cuando se decidió, lo hizo con una de ellas al azar; una que le había proporcionado las experiencias más gratas. No había un solo capricho que su dinero no pudiera pagar y, aún con todo, ya no era feliz. ¿Alguna vez lo fue?, solía preguntarse, pero su pensamiento más recurrente era que si hubiera tenido un hijo ya no le quedaría nada por vivir ni nada por disfrutar; podría morir en paz y descansar de todo el ajetreo que la vida le proporcionó hasta entonces. Pero por alguna razón, sin razón médica que la justificara, no había llegado. Se plantearon una adopción, pero, también sin razón aparente, la fueron postergando.

No resultó ser un mal abogado, todo lo contrario, pero no tuvo dudas para abandonar esa profesión el mismo día que enterraron a su padre. Él fue quién lo empujó a estudiar la carrera de derecho y el que, con sus influencias, pudo proporcionarle los primeros clientes entre su círculo social. Precisamente uno de ellos, condenado a muerte por asesinar a su mujer, le regaló el libro que ahora mantenía entre sus manos, poco antes de que fuera ejecutado. Nunca lo leyó y ni siquiera tuvo la necesidad de hojearlo. Ahora, por alguna extraña razón, recordaba sus palabras, «Tiene escrita mi vida y la de muchos otros antes que la mía».

Estaba inquieto, sentía un desasosiego inexplicable. Solo deseaba llegar a casa para terminar las últimas páginas que le faltaban por leer. «Eran tan pocas», estaba pensando cuando el taxi se detuvo frente a su casa.

Y allí, en la puerta, estaba ella, Carmen, su esposa, sonriendo.

—Algo trama con esa sonrisa.

—Perdone, señor, decía algo —preguntó el taxista con la cabeza aún metida en el maletero.

—Ah, no… nada —respondió Pedro sorprendido por aquella reflexión que, sin pretenderlo, había hecho en voz alta.

Era aburrida hasta la exasperación con sus conversaciones insulsas, alejadas de lo que le agradaría escuchar a través de esos bonitos labios. Además no recordaba haberla querido nunca, por lo que el motivo de que a estas alturas de sus vidas siguieran juntos era desconocido incluso para él.

Aún con todo estaba a punto de sorprenderle.

Cuando estuvo a la altura de Carmen, con desgana, puso la mejilla para recibir el preceptivo beso de bienvenida. No lo recibió.

—¿Sabes? —dijo a cambio.

No necesitaba mirarla a los ojos para saber que seguía con la estúpida sonrisa alojada en su cara.

—Aún no lo sé, pero supongo que no tardarás en sacarme de dudas.

Pedro solo esperaba la ocasión para sortearla y entrar en casa. Necesitaba saber cómo terminaba el libro. Y allí estaba ella, callada, sin dejar de sonreír, tal vez esperando una palabra más amable de su marido. La miró y se encogió de hombros.

—Tú dirás —la apremió Pedro.

Aún estuvo unos segundos más en silencio. La respuesta no era lo que esperaba para un momento tan transcendental como el que estaba a punto de llegar. «Bueno, Carmen, perdónalo, aún no sabe la noticia que vas a darle», pensó antes de volver a hablar.

—Estoy embarazada… —miró a Pedro que permanecía en silencio, sin mirarla a la cara—, de tres meses —dijo.

Ambos permanecieron en silencio mucho rato. Fue Pedro el que lo rompió.

—¡Joder! Esto si que es una sorpresa inesperada. Después de tanto tiempo…

—Lo sé, Pedro, hace unas semanas que lo sospechaba, pero he esperado a estar segura.

Sacó del bolsillo un test de gestación usado. Lo mostró con orgullo.

—Mira, aquí lo pone… embarazada de doce semanas.

Era incapaz de dejar de dar saltitos mientras hablaba.

—Voy a ser padre —susurró Pedro.

Estampó un beso en su mejilla y la bordeó para entrar. La indiferencia con la que Pedro se tomó la noticia hizo que Carmen dejara de saltar.

—¡Un hijo! —le escuchó gritar desde el interior.

Antes de que Sebastián terminara de acarrear todo su equipaje hasta el interior, Pedro ya estaba sentado en su sillón de la biblioteca con el libro entre sus manos y la vista entre sus páginas. Leyó las últimas páginas del libro que le quedaron en el tren.

“… Carmen tuvo un precioso hijo seis meses después de la muerte de su padre”.

El sonido que hizo al cerrar el libro retumbó por todas las paredes. No dijo nada, solo pensaba en el final. Mantuvo la mirada perdida en algún punto indeterminado de las amplias estanterías.

El estridente sonido del timbre lo devolvió a la realidad.

Un escalofrío recorrió su espalda.

«Vamos, Pedro, tu fantasía te está jugando una mala pasada. Solo lo has imaginado o tal vez se trate de una casualidad», pensaba todavía sentado en el sillón de la biblioteca sin atreverse a mover un solo músculo.

El timbre sonó de nuevo. Esta vez con más insistencia.

Afuera se escucharon los pasos de Sebastián. Luego la puerta y de nuevo los pasos del lacayo.

—Hay un caballero que pregunta por usted, don Pedro —dijo Sebastián desde la puerta.

—¿Ha dicho quién es? —preguntó Pedro sorprendido por tanta casualidad.

—No, señor, dice que usted lo estaba esperando.

El escalofrío se hizo más intenso en su espalda.

—Bien, entonces no le haga esperar más, dígale que pase, por favor.

Al estrechar su mano sintió el frío que lo acompañaba colarse entre sus dedos.

—Esto debe de ser suyo —dijo Pedro.

Apenas el extraño había aceptado el libro de sus manos, Pedro sintió como su corazón dejaba de bombear. Pronto sus pulmones también dejaron de recibir oxígeno. Al poco rato yacía muerto frente a su sillón favorito.

—Siento lo de su marido. Qué mala suerte, ¿verdad? Ahora que van a tener un hijo —tendió las manos hacia Carmen—. Acepte este libro, pero prométame que no lo leerá antes de que su hijo haya cumplido veinte años.

La mujer, tras aceptarlo sin demostrar ningún interés especial por él, lo dejó en el hueco que quedaba vacío en una de las estanterías. No volvieron a cruzar ni una palabra. Un suave apretón de manos les sirvió a ambos como despedida.

«No parecía que fuera a hacer tanto frío. Este hombre está helado», pensó al cerrar la puerta.

Publicado la semana 47. 19/11/2018
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