46
David Lizandra

La Rotonda

—¡Maldita sea! Seguro que tienen una conexión, pero ¿Cuál?

El único compañero que, como él, había llegado pronto a la comisaría levantó la cabeza y lo miró extrañado.

—¿Decías algo, Cándido? —preguntó en voz alta para salvar los quince metros que los separaban.

Cándido, sorprendido por lo que hasta ese momento creía una reflexión interior, levantó la vista. Cada vez era más consciente de que el asunto comenzaba a afectarle demasiado. Desde que descubrieron el tercer asesinato dejó de tener vida social. Desaparecieron las cervezas con los amigos al salir del trabajo, estaba demacrado porque apenas comía, se volvió taciturno, irascible. Llegó a dejar de lado sus visitas periódicas al burdel; “solo lo hago para mantener limpias las cañerías”, solía bromear antes de que todo cambiara. Desde entonces, su vida se limitó a un peregrinar constante entre su casa, la comisaría, y los escenarios de los crímenes.

—No, nada. Perdona, solo te estaba dando los buenos días —respondió Cándido.

Por enésima vez desde que encontraron el primer cadáver, hacía ya dos meses, volvió a revisar los detalles.

Muchas eran las coincidencias en los tres asesinatos. A todas las víctimas las apuñalaron dentro de sus vehículos, el arma utilizada era siempre igual, un cuchillo de los de cortar carne que siempre dejaban clavado en el damnificado a la altura del corazón y, algo que lo tenía confundido, no los limpiaban, los dejaban llenos de huellas dactilares; pero esas huellas eran todas diferentes, ninguna coincidía con los otros crímenes ni tampoco aparecían en las fichas policiales. Pero lo más desconcertante de todo era la firma que dejaban; la hoja de una libreta de bolsillo con dos círculos concéntricos hechos con bolígrafo, a mano alzada, en el centro del papel.

Agarró el teléfono de sobremesa y marcó un número pulsando las teclas con agresividad.

El teléfono sonó muchas veces y, en cada una de ellas, Cándido miraba angustiado su reloj.

«¡Joder!, es que nadie en el cuerpo es capaz de llegar puntual a su puesto de trabajo», pensó mientras apretaba los dientes hasta hacerlos rechinar.

A punto de colgar el auricular escuchó algo que le hizo devolverlo junto a su oído.

—¿Sí? —preguntó sin tener muy claro si al otro lado de la línea había alguien.

Algo similar a un gruñido le indicó que le habían respondido.

—Buenos días, soy Cándido Blado, de homicidios ¿Es usted el grafólogo? —dijo con rapidez.

—¡Claro! ¿Quién si no? —se detuvo el tiempo suficiente para soltar una risita—. Con lo que paga la policía no da para tener ayudantes.

—¿Tiene resultados de lo mío?

La ansiedad de Cándido era evidente. En otro momento hubiera apreciado la ironía del grafólogo, pero hoy no era el momento.

—Lo tengo, pero ya le anticipo que no le va a gustar lo que tengo que decirle —respiró hondo para darle un puntito de suspense a la conversación—. Cada círculo está hecho por una persona diferente. Así lo dicen los trazos, la forma de coger el bolígrafo e, incluso, la fuerza empleada para dibujarlos.

—¿Está usted seguro?

Incluso a Cándido le sonó de mal gusto la pregunta.

—¿Qué cree usted? Sé hacer bien mi trabajo. Tengo la absoluta certeza de que todos son diferentes —respondió Jaime, el grafólogo, que ya había dejado de lado cualquier ironía.

Tres asesinatos, tres asesinos diferentes, pero un solo “modus operandi”. Cándido estaba perdido, desorientado.

Salió de la comisaría cuando comenzaban a llegar muchos de sus compañeros. Lo hizo con la intención de caminar hasta el escenario de uno de los asesinatos, un parking público cercano, pero al pasar junto a su coche lo pensó mejor.

Condujo sin rumbo fijo por la ciudad. Conducir le servía para abstraerse de todo, pero el centro estaba saturado por padres que, a esa hora, llevaban a sus hijos al colegio; se dirigió a las rondas de circunvalación en busca de más tranquilidad.

Estaba escrito que la tranquilidad le iba a durar muy poco. Miró por el retrovisor. Un Seat León, negro, se acercaba a mucha velocidad. Cándido miró la rotonda a solo unos metros por delante. «Tendrás que frenar, yo llego antes» pensó sin perder de vista al coche y al joven que lo conducía.

No frenó, pero Cándido sí. Tuvo que hacerlo para evitar el accidente dentro de la rotonda porque invadió su carril. Su cara se congestionó por la ira antes de aporrear con violencia el volante para hacer sonar el claxon. El joven no lo pensó. Clavó los frenos delante de su coche para obligarle a detenerse.

Durante unos segundos dos miradas coléricas se cruzaron. El chaval no debía tener más de veinticuatro o veinticinco años, gafas de espejo, brazos tatuados y un desagradable gesto de desprecio dibujado en los labios. Bajó la ventanilla despacio, impasible ante las protestas del resto de los conductores que ya comenzaban a formar una cola de vehículos tras ellos. Desde la corta distancia que los separaba, le vocalizó un clarísimo “gilipollas” y luego sacó la mano por la ventanilla para dedicarle “un dedo” antes de salir de la rotonda haciendo chirriar los neumáticos.

Cándido estaba encendido, pensó en cómo se iba a tragar su gesto cuando le mostrara la placa. Arrancó de inmediato tras él, pero no tardó en darse cuenta de que, por mucho que lo intentara, iba a ser incapaz de acercarse a una distancia razonable.

—Bueno, me he quedado con tu matrícula. Volverás a saber de mí —susurró antes de levantar el pie del acelerador consciente de que el otro no iba a ceder y de que, continuar con la persecución, podría acabar provocando un accidente.

Por un momento apretó el móvil entre sus manos para llamar a la central, pero recapacitó; el psicólogo al que solía ir le animó a que no tomara decisiones en caliente. «Tal vez luego» pensó mientras relajaba las manos sobre el volante.

El objetivo de abstraerse estaba arruinado. Ahora lo único que necesitaba era un buen café.

—¿Me permite sentarme?

Cándido, sorprendido, dejó la taza sobre la mesa y levantó la mirada del periódico. Un hombre poco más o menos de su edad lo miraba de pie frente a él. No recordaba haberlo visto nunca.

—Por favor —le respondió con cortesía. Su mano señalaba una de las sillas frente a él.

—Verá —comenzó a decir el recién llegado nada más sentarse—. He visto lo que le ha ocurrido en la rotonda, con ese coche y ese joven. Ha estado a punto de provocar un accidente con esa chulería que ha demostrado.

Se detuvo un momento, el tiempo justo para pedir un café al camarero que se había acercado, pero continuó en seguida, en cuanto los volvió a dejar solos.

—Pertenezco a un grupo de personas a favor de que esta chusma tan… no sé cómo definirlos… descortés, no vuelva a conducir por nuestras carreteras. Matan a nuestros hijos, a nuestros amigos, o los dejan mutilados, y finalmente, aunque los pille la policía, cumplen unas penas de risa y acaban saliéndose de rositas.

Sacó una tarjeta del bolsillo, la dejó sobre la mesa y la empujó con el dedo índice para acercársela.

—Organizamos reuniones cada quince días. La próxima es mañana. Llámeme si desea asistir.

Apuró el café de un sorbo antes de incorporarse.

—Está invitado al café.

—Gracias por el café, y pensaré en lo de la reunión… mmm… —miró la tarjeta para leer el nombre—. Rafael.

«Un tipo intrigante», pensó Cándido al verlo marchar.

Un sonido estridente hizo que se despertara sobresaltado. La luz del móvil vibraba sobre la mesilla de noche. Miró el reloj incrédulo. Marcaba las cuatro y media de la madrugada. A esa hora solo podía ser una llamada de la comisaría; la aceptó.

Terminó de hablar, colgó el móvil y dejó caer la cabeza sobre la almohada. Volvió a cerrar los ojos. Tuvo intención de seguir durmiendo, pero lo pensó mejor y se levantó. Era su obligación acudir a la llamada.

Esta vez no necesitó anotar la dirección del crimen y, aunque no se lo dijo, el compañero que lo llamó podía haberse evitado explicarle los detalles. Sabía el lugar donde apareció y la posición del cadáver; un joven de unos veinticinco años, tatuado, con un cuchillo clavado en el corazón, igual como los tres anteriores, dentro de un Seat León negro, y con un papel sobre el regazo con los círculos concéntricos dibujados.

—¡Vaya un cabrón este Rafael! ¡Pero un cabrón convincente! —murmuró Cándido sin caer en la cuenta de que, después de mucho tiempo sin hacerlo, volvía a sonreír.

Las luces azules de los coches patrulla rebotaban por todas las fachadas del vecindario.

—Un Pitufo sería feliz en este barrio —dijo en voz muy alta al pasar junto a uno de los policías de servicio, que no entendió la broma y mucho menos que uno de sus superiores le guiñara un ojo al hablarle.

Recordó todas las caras que puso el joven antes de morir; primero de sorpresa al reconocerlo, luego de asombro al ver la placa policial y, por último, de terror cuando sintió hundirse el cuchillo en su corazón; el mismo cuchillo de carne, sucio y lleno de huellas anónimas, que había robado de una mesa abandonada en el restaurante donde comió.

«Ahora me resulta tan obvio el significado de esos círculos; representan rotondas. Rotondas que estos cuatro hijos de puta no respetaron y que, aun después de que alguien se lo recriminara, no fueron capaces de aceptar su culpa. Conociendo al grupo de Rafael, seguro que este no será el último muerto», pensó Cándido mientras se agachaba frente al escenario del crimen.

Por enésima vez en esa madrugada, una sonrisa volvió a dibujarse en su rostro; acababa de fijarse en el papel que aún conservaba el cadáver sobre sus piernas. Reconoció sus trazos en los círculos dibujados y también la hoja, arrancada de la misma libreta que mantenía entre sus manos.

Publicado la semana 46. 12/11/2018
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