Semana
45
David Lizandra

Intríngulis

Género
Relato
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—¡Hoy es el día!

Carlos tuvo que parpadear varias veces seguidas hasta que sus ojos terminaron por acostumbrarse a la penumbra. Unos pocos segundos y las primeras luces del alba le bastaron para reconocer el lugar donde había despertado; el mismo de los últimos años, su habitación.

Jadeaba.

El sueño nocturno había sido intenso. Daba fe de ello un equilibrio imposible; cientos de perlas de sudor agolpadas en su frente. Una sola de ellas se deslizó por la sien hasta caer en la almohada. La miró.

Su corazón continuaba con un descontrolado palpitar, pero solo era consciente de la parte que acababa de gritar en los últimos instantes del sueño; el resto de la pesadilla, permanecía fuera del alcance de su memoria, un borrón en la frontera entre lo onírico y la realidad.

—¡Hora de levantarse! —susurró.

Habían sido muchos los esfuerzos sin recompensa hasta aceptar que allí sentado no iba a recordar nada.

Durante todo el día no volvió a pensar en la pesadilla, si eso es lo que había sido. Bastante tuvo con soportar las exigencias del más antiguo de sus clientes; Manuel, de casi setenta años, llegó a su despacho poco después de que lo hiciera él, y ya no lo dejaría solo hasta que la tarde comenzaba a perder ese nombre.

La noche invitaba a caminar. El coche, una reliquia de los años cincuenta, herencia de su abuelo, no iba a trabajar más por aquel día. Ni siquiera quiso cargar con el maletín. Deambuló sin rumbo fijo por la ciudad. Las manos en los bolsillos avisaban de que la prisa no entraba entre sus prioridades.

—¡Joder!

Fue todo lo que atinó a decir al pasar frente al callejón. Dos pasos atrás lo colocaron en el encuadre perfecto. No albergaba ninguna duda. Era uno de los escenarios del sueño de la pasada noche.

El suelo mojado, salpicado de charcos que reflejaban la insuficiente luz de una única farola, tres sucios contenedores a uno de los lados y la suciedad arraigada en las paredes, invitaban a pasar de largo. Un fogonazo, que le trajo a la memoria parte de la pesadilla, hizo que abandonara cualquier atisbo de cordura.

—Sí, era aquí… ya lo creo que era aquí —susurró antes de decidirse a entrar.

A cada paso que daba le iban llegando más recuerdos. Primero fueron más fogonazos aislados, luego se fueron solapando, uno tras otro, hasta que todo el sueño surgió a borbollones. La pesadilla había vuelto y él, como la pasada noche, estaba dentro.

—¿Qué coño es eso? —susurró.

Todo lo que hasta un momento antes parecía sólido, ahora parecía derretirse. De la mugre de las paredes, de los charcos, de cualquier lugar a su alrededor se desgajaban unos seres como salidos del mismísimo infierno.

Sabía que solo era un sueño, pero aunque lo intentaba, no era capaz de despertar.

«No tengo salida», pensó al verse rodeado.

Apenas le quedaba sitio para moverse. Respiraba las miasmas que desprendían aquellos seres de sus bocas repletas de colmillos largos y sucios.

Cerró los ojos. Casi podía sentir como le herían las afiladas uñas que remataban sus dedos. El hedor era insoportable.

Antes de abrir los ojos ya era consciente de que todo era distinto. Olía a pinos, a romero, a tomillo, a algas y él estaba tumbado sobre una superficie dura que parecía mecerse sobre el agua.

Los seres habían desaparecido. Frente a él una mujer desnuda parecía dormir en el fondo de un pequeño velero. Los dos estaban navegando por un lago rodeado de una vegetación exuberante. Él también estaba desnudo. Acababan de hacer el amor. Reconocía aquel lugar y a aquella mujer, sin duda era otro de sus sueños, uno más antiguo que la última pesadilla. Le invadió una agradable somnolencia.

Despertó en unas trincheras. El barro y la oscuridad lo rodeaban. A sus pies, decenas de cadáveres se amontonaban. Imposible no pisarlos. Los obuses silbaban amenazadores por encima de su cabeza. Un capitán, no demasiado lejos, se desgañitaba tratando de dar órdenes que, entre aquella algarabía atronadora, se perdían antes de llegar a sus destinatarios. Una terrible explosión los lanzó a todos por los aires y solo pudo escuchar un intenso pitido que parecía salir desde dentro de su cerebro. Luego, todo oscuridad.

Entre sueños le pareció escuchar unos pitidos intermitentes y la voz de sus padres cuchicheando entre ellos. No pudo entender nada de lo que decían.

—No parece tener nada. En realidad ni siquiera lo puedo considerar un coma. Es como si estuviese en un intríngulis de sueños del que no es capaz de despertar —dijo el doctor.

Los padres de Carlos asentían desde los pies de la cama sin apartar la vista del cuerpo de su hijo.

El lugar donde acababa de despertar tampoco le era desconocido. Volvía a estar dentro de otro de sus sueños.

Publicado la semana 45. 05/11/2018
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