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43
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—Eres frío, despiadado. No tienes sentimientos.

En aquella habitación no había nadie más que ellos dos. Aquel reproche, que Ramiro creyó escuchar, eran sus primeras palabras después del tiempo que lo tuvo castigado con su silencio.

—No, tú eres la fría, la despiadada, la que después de tantos años de convivencia, aun con todos los mimos y cuidados que te profesaba cada vez que volvías a casa, me castigabas con tu indiferencia —hizo una pausa para mirarla, tal vez esperando la réplica que no llegó—. No, querida, yo no lo busqué, simplemente ocurrió. Llámalo flechazo, si quieres.

Ramiro estaba conmovido por su actitud; inmóvil en aquella esquina, en silencio, esperando a que fuera él quien ejecutara la decisión, ya tomada, de abandonarla a su suerte.

—Bien, no hay que hacer esperar a lo inevitable. ¡Vamos! —dijo.

Solo tuvo que abrazarla con suavidad para que ella, dócil como un cordero, lo siguiera hasta la calle.

Pasearon abrazados por última vez hasta que detuvieron su marcha frente al escaparate de una tienda. La otra estaba allí, al otro lado del cristal.

—¿Qué dictarán las normas de etiqueta? ¿debo presentarlas? —susurró justo antes de empujar la puerta.

Durante mucho rato ambas estuvieron frente a frente. Ramiro las miraba mientras hablaba con uno de los dependientes. «Una estará llamando vieja a la otra; la otra le dirá que se va conmigo por mi dinero, que la juventud no dura para toda la vida, que se prepare porque soy voluble y las curvas seductoras de la juventud cambian con el tiempo, que dentro de unos años se verá en su misma situación… ¡mujeres!» pensaba sin quitarles la vista de encima.

Un apretón de manos bastó para cerrar el acuerdo y una operación con la tarjeta lo selló.

Ramiro ni siquiera se giró para despedirse de su vieja bici; la nueva, reluciente y con todas las últimas novedades técnicas, le acompañaría en los próximos años.

Publicado la semana 43. 22/10/2018
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