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David Lizandra

Quid pro quo

Cómo olvidar la primera vez que Alberto tuvo que utilizar el significado de la expresión latina “quid pro quo”; imposible hacerlo porque ese fue el día en el que vendió su alma al diablo.

Llevaba mucho tiempo deprimido, apático con la vida, sin atreverse a poner nombre a la recurrente idea que llevaba unos días dando vueltas por su cabeza.

—Ya no me queda nada donde agarrarme. Hoy lo haré —susurró nada más despertar.

La determinación con la que se había levantado lo llevó al lugar que tantas veces había visualizado para suicidarse. Apenas dos horas después, con el cansancio por llevar casi quince kilómetros caminados, jadeaba y sudaba de forma copiosa por el esfuerzo invertido para llegar, pero seguía firme con la decisión tomada.

Y allí estaba aquel tipo. Sentado en el mismo lugar desde el que tenía pensado saltar al vacío. Nunca antes, en sus más de diez años practicando la escalada en aquel paraje, vio a nadie allí.

«Joder, tenía que ser precisamente hoy la primera vez» pensaba mientras se resignaba a dar la vuelta para volver sobre sus pasos.

—No te vayas, Alberto, hace rato que te espero.

Solo entonces se fijó más en aquel individuo. Desde luego era extraño. Los dos solos, en mitad de la nada, donde solo se puede llegar a pie, y él vestido con un elegante traje negro y qué decir de sus zapatos…

«Míralos, si ni siquiera tienen una mota de polvo» pensó Alberto antes de dirigirse a él.

—Perdone pero… ¿me conoce?

Si de algo podía estar seguro era de que no recordaba haber visto jamás a ese hombre.

Como única respuesta recibió un movimiento de negación con la cabeza.

—¿Por qué sabe mi nombre? —insistió Alberto.

Tampoco esta vez obtuvo la respuesta que esperaba.

—Vuelve por donde has venido. Conocerás a una mujer que te cambiará la vida —dijo el elegante desconocido.

—Pero…

—Vuelve, Alberto, hazme caso.

No volvieron a cruzar ni una sola palabra. Por alguna extraña razón, quizá porque no estaba convencido de lo que le llevó hasta allí o, tal vez, por aquello de agarrarse a un clavo ardiendo, le hizo caso y regresó.

Durante todo el trayecto de vuelta, todavía impresionado, estuvo pensando en lo inverosímil de aquellos zapatos inmaculados en medio del campo. Hasta que la vio.

Debía de ser unos cinco o seis años más joven que él mismo. Rubia, con el pelo a la altura de los hombros, vestía un traje negro, plagado de encajes, que hacía resaltar aún más, si cabe, a su ya prominente escote. Desde el primer momento supo que debía de ser la mujer a la que se refirió el desconocido.

Tomó asiento en la terraza, a escasos centímetros de ella, pero sin atreverse a dirigirle la palabra… hasta que sus miradas coincidieron.

—Ho… hola —balbuceó Alberto.

La mujer miró nerviosa hacia atrás antes de responder.

—Hola —hizo una pausa para mirar alrededor—. Estoy casada, mi marido está a punto de llegar. No puedo hablar.

Ni siquiera pudo replicar aquella respuesta, que le pareció absurda y fuera de lugar en pleno siglo XXI, porque el marido, que tanto temía la mujer, hizo acto de presencia poco antes de que lo hiciera otro conocido.

Por segunda vez en el día volvió a ver al hombre de los zapatos inmaculados.

—Recuerda, Alberto —el hombre estaba muy serio—, el que algo quiere algo debe aportar a una relación. Piensa en lo que tú puedes aportar. Quid pro quo.

Nunca más se volvieron a ver.

Durante un rato, hasta que el individuo desapareció al doblar una esquina, lo estuvo observando.

—Quid pro quo —dijo.

Fue poco más que un susurro pero sirvió para que la mujer le dirigiera una última mirada antes de marcharse del lugar. El marido la llevaba agarrada con firmeza por el antebrazo.

Nadie tuvo que decirle qué es lo que debía hacer. Los siguió.

Necesitó hacer un enorme esfuerzo para no intervenir cuando, en plena calle, la mujer recibió un fuerte azote. Le sorprendió la postura de sumisión y de total entrega que demostraba tras cada una de las acciones violentas del marido, que tiraba de ella igual que lo haría del collar de un perro rebelde.

Al llegar a su casa nada cambió. Sentado en el alcorque de un árbol, desde la calle, seguía escuchando, a partes iguales, azotes y palabras de sumisión de la mujer.

«Algo debo hacer» estaba pensando Alberto cuando volvió a ver al marido. Una bolsa de basura en su mano hablaba del motivo de la salida.

Su mano se cerró alrededor de un adoquín con el que, hasta ese momento, solo estaba jugando. El resto, ni el mismo Alberto, sería capaz de narrarlo porque lo hizo en un estado próximo a la catatonia.

Cuando dejó de golpear, en el lugar donde debería continuar la cabeza solo había una masa sanguinolenta informe.

El grito desgarrado de la mujer, al verlo manchado con tanta sangre, lo devolvió a la realidad.

—Espera, te desataré —le dijo.

—Nooooo, no me toques —chilló la mujer—. No sé quién eres. ¿Dónde está mi marido? ¿De quién es toda esa sangre?

Alberto lo comprendió todo al dar un vistazo a su alrededor. En el suelo, entre una multitud de juguetes sexuales, estaba la ropa de la mujer. Sus bragas, destrozadas como si su marido se las hubiera arrancado sin ningún miramiento, servían como improvisadas esposas alrededor de las muñecas. La desató.

Cuando la mujer, desnuda como la había encontrado, se perdió en la distancia, a Alberto no le quedó más que sentarse a esperar a la policía.

No demasiado lejos una ambulancia preparada para inmovilizarlo acababa de encontrar al enfermo fugado del psiquiátrico.

—Hola, Alberto —dijo.

No dejaba de sacar brillo a los zapatos con un desgastado cepillo que había sacado del interior de su americana.

—No me llamo Alberto —replicó el médico.

Apenas había terminado de ponerle la camisa de fuerza y el conductor se acercó para abrirles la puerta.

—¿Alberto?

—Algún día encontrarás a alguien que se llame así y le harás un lío… ya verás.

Publicado la semana 41. 08/10/2018
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