Semana
40
David Lizandra

Lonchería

Género
Relato
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Llueve. No ha dejado de hacerlo durante los últimos siete días. Estoy empapado. No soy el único. La gente, hambrienta, mojada hasta en el último centímetro de sus cuerpos, se agolpa a mi alrededor en filas que parecen no tener fin. Tiritan por el frío del traidor otoño, demasiado madrugador, que los ha pillado por sorpresa, pero ninguno ceja en su empeño; todos, incluso los que parecen más débiles, permanecen firmes en sus puestos.

Si soy capaz de llegar a la línea que separa los dos bandos estaré salvado, pero está tan lejos que me entran dudas; miro mi reloj, el tiempo se agota, no llegaré.

Una idea ronda mi cabeza desde hace unos instantes; tal vez sea una locura, pero, si no quiero parecer un perdedor, al menos debo intentarlo.

«¿Qué es lo peor que me puede ocurrir?», es el pensamiento que más me preocupa. Da igual, está decidido, la respuesta llegará sola.

Mi decisión tiene un punto de locura. Sea como sea, debo llegar. Aparto de mí a los que hace ya rato que se han resignado a su suerte, los empujo. Algunos caen al suelo, sorprendidos por la irrupción en su propia retaguardia de un loco al que no esperan. Me increpan, pero no cejo en mi empeño. Es solo al principio, tras los primeros compases de mi huida hacia adelante todos se apartan mucho antes de que los alcance. Cobardes, ni siquiera tenéis agallas para intentarlo.

Estoy cerca; cada vez más. Ya he comenzado a sentir en mi rostro el calor del fuego enemigo. Me han visto llegar.

Míralos, con esos uniformes secos, sin pasar frío. Piensan que me van a vencer.

Uno de ellos me mira. Sonríe. Miro hacia donde señala su dedo índice. Es un reloj enorme, colocado, de forma estratégica, sobre él. Marca las doce y unos segundos. Sabe que su jornada laboral ha terminado. Su mano gira con destreza el mando para apagar las planchas. Ya no hay fuego, ni el muchacho es el enemigo. Hoy no cenaremos la comida de la lonchería.

A ver cómo les explico a mis hijos que su padre se ha despistado, que deberán conformarse con un triste vaso de leche para cenar.

Alzo la vista para comprobar que lo de mis hijos no será lo peor que me ocurra en aquel tugurio. Muchos de los que he empujado de malas maneras para llegar a la barra me rodean.

Tal vez ni siquiera haga falta que les explique a mis hijos lo del triste vaso de leche. Alguien, tal vez vestido de uniforme, se lo dirá en un rato.

 

Publicado la semana 40. 01/10/2018
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