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38
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Durante mucho tiempo atrás, cuando las cosas aún eran normales, mucho se había hablado sobre la soledad del corredor de fondo, incluso de la soledad del portero frente al lanzamiento de un penalti. Ahora las cosas habían cambiado tanto que el recuerdo de alguien que corriera por puro placer era una quimera y el fútbol un imposible, no quedaba tanta gente, libre del virus, como para formar un equipo en miles de kilómetros a la redonda.

Pedro, subido en aquella loma helada, era uno de los pocos seres humanos capaces de conocer la auténtica soledad.

Quién liberó el germen para tratar de acabar con el otro era lo de menos. Lo único importante era concentrarse en luchar para sobrevivir un día más.

«Vaya, empezaba a pensar que habían muerto todos» pensó Pedro sin quitar la vista de la mirilla telescópica de su fusil.

La siniestra silueta de un nómada se dibujaba contra el manto de nieve que lo cubría todo. Desde esa distancia y con un fusil como el suyo resultaba imposible fallar el tiro; decenas de ellos habían sucumbido bajo sus disparos desde que llegó a ese lugar.

—Joder, no es posible —susurró.

Pero sí que era posible. No era un nómada, era una nómada. A pesar del tiempo transcurrido desde la última vez que la vio, con los primeros síntomas, a pesar del pelo, cubierto con una costra repugnante que cubría parte de su cara, le resultó fácil reconocerla; incluso ahora, su forma de moverse era inconfundible. Entonces huyó de ella sin cumplir con el precepto más básico de supervivencia que dieron en las noticias, matar a quien esté infectado. Ahora hacía meses, tal vez años, que dejaron de emitir las televisiones y las radios.

Si no lo matas por un exceso de compasión hacia la persona que fue, decían, el ser en el que se ha convertido te convertirá en uno de ellos sin dudarlo. Y él no pudo hacerlo, habían compartido tantas cosas juntos en todos los años de convivencia, que prefirió huir antes que mancharse con su sangre nómada.

—Cambia de rumbo, aléjate de mi.

Pero su rumbo, como si Cristina lo tuviera marcado en el GPS de su cerebro, no varió. Si no terminaba con ella, contando su dificultad en moverse por la nieve, tardaría menos de una hora en llegar hasta él.

Un leve movimiento de su pulgar y el seguro del fusil ya no impedía el disparo. Tensó el dedo sobre el gatillo, estaba aguantando la respiración, solo faltaba que su cerebro diera la orden de disparar. No llegó.

Otras dos veces la tuvo en la mira y otras tantas se arrepintió en el último momento.

—No puedo hacerlo —dijo antes de soltar el arma, cerrar los ojos y tumbarse sobre la nieve.

Un instante después la decisión estaba tomada.

Nunca volvería a sentir aquella soledad que lo ahogaba.

Publicado la semana 38. 17/09/2018
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