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37
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—Perdone, profesora, ¿podría repetirme el nombre de la asana?

Aunque no dijo nada, una mirada furtiva hacia donde estaba sirvió para confirmar que, con la pregunta, había conseguido crisparla. Luego, tal vez porque recordó que era mi primer día en su clase de yoga, escribió en la pizarra el nombre, para que ni a mí, ni a nadie, le quedara ninguna duda.

—Prasarita pa… do… tta… nasana.

No fue intencionado; el hecho de haberla leído en voz alta fue un eco de mis lejanos días en la escuela de primaria, cuando trataba de hacerme notar para congraciarme con la maestra. Se escucharon unas risitas entre mis compañeros y, de nuevo, me llevé otra mirada furibunda, la segunda en poco rato.

Después de aquel lance, solo me quedaba tratar de pasar inadvertido durante el resto de la clase si no quería que acabara odiándome.

El hecho de que no consiguiera mantener el equilibrio y siguiera provocando las risas, tampoco era para perder la compostura y ponerse como una energúmena. Yo estaba allí, enviado por mis superiores, para aprender a relajarme y a no usar la violencia con los detenidos; menudo ejemplo me estaba dando aquella mujer.

—Mire, si no es usted capaz de mantener el equilibrio, mejor váyase a otra sala a practicar —hizo una pausa para hacer unas cuantas respiraciones profundas—. Que no tenga que repetírselo —dijo con la voz excesivamente alta para el momento y el lugar.

La ira, ese pecado capital del que debía deshacerme en aquellas clases, pugnaba por salir de mi interior, pero la cordura prevaleció.

«Ramiro, tranquilízate. Tienes que relajarte» pensaba mientras, con los ojos cerrados, yo también utilizaba el recurso de las respiraciones profundas.

Era inútil, lo intentaba una y otra vez, pero mi equilibrio no era el óptimo para practicar yoga. Ya solo quedaba terminar la clase con toda la dignidad que fuera capaz y no volver jamás.

De verdad que me esforcé, pero aquella asana era demasiado arriesgada para hacerla en mi primer día. Tampoco ayudaba el poco tiempo transcurrido desde que terminé de comer, ni el gas de la cerveza, ni el menú. Si al menos hubiera sabido que la base del humus son los garbanzos, jamás los hubiera pedido, ¡con lo flatulentos que son!

El pedo resonó en aquel gimnasio como un trueno. Alguno de mis compañeros me miraron indignados, otros rieron. La clase había terminado de la peor manera para la profesora; también para mí.

—Créame, señor juez, lo del disparo fue un acto reflejo. Yo lo llamaría de legítima defensa, aquella mujer iba a agredirme… yo solo me defendí.

Publicado la semana 37. 10/09/2018
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